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Renovar, revisar, revertir

Es innegable que, en las últimas décadas, todas las instituciones han sufrido un desgranamiento en los niveles de participación. La importancia en la vida social de iglesias, asociaciones, sindicatos, clubes y demás entidades cívicas, ha perdido terreno. Lo mismo se avizora en el seno de los partidos políticos, que también han ido perdiendo poder de representación. La disminución del número de afiliados y la declinación en la participación electoral, así como la merma en el involucramiento de los ciudadanos en los procesos partidarios, son una muestra perfecta de cómo ha disminuido el interés y la confianza en los partidos, en paralelo con una disminución social de la confianza en los políticos.

Es un fenómeno general, pero mucho más preocupante cuando hablamos de los partidos, porque éstos cumplen una función clave en la democracia. El poder de representación de los intereses y las convicciones de las distintas posturas, y la transformación de esos intereses y convicciones en propuestas colectivas, su rol de traducir la voluntad popular en voluntad política, los convierte en espacios fundamentales para la salud de la democracia. No es un tema menor, es un tema mayor, y es una obligación cívica y política analizar las causas y consecuencias de este fenómeno que es imperioso revertir.

Hoy, la competencia electoral y las propuestas públicas, giran alrededor de personas, los nombres propios, las coaliciones y las cuestiones particulares han ganado la escena política y mediática. Eso acompañado por la atención de los medios, que se concentra con más frecuencia en las personas y las constelaciones de poder, que en las posturas políticas que estos tengan sobre los grandes temas. La órbita pública está limitada a lo que impone la agenda de unos pocos, hablando de unos pocos temas, con unas pocas variantes y el planteo de unas pocas soluciones. Eso sin contar que a menudo, los temas que ponen al calor de la discusión y que no deberían eclipsar lo que verdaderamente habría que discutir, lo hacen.

Necesitamos que los partidos se renueven, que propicien una reflexión acerca de las prácticas y los mecanismos que implementan, de los modos de funcionamiento que instituyen, de las causas del distanciamiento y la deslegitimación que sufren. Necesitamos que los partidos reviertan el alejamiento de la ciudadanía de sus espacios, que reviertan la indiferencia, la crítica y hasta la apatía, que se reinventen, que vuelvan a ser la caja de resonancia de la sociedad, que vuelvan a ser el lugar en el se debaten las ideas, en el que reverberan las problemáticas de la sociedad.

La calidad de la vida democrática depende del buen funcionamiento de los partidos políticos. Aunque hoy, como consecuencia de ese enojo y de ese desgranamiento en la participación no lo podamos ver en su real dimensión, el mapa de la representatividad necesita de los partidos políticos, porque sólo los partidos políticos pueden garantizar el equilibrio del interés general. Son el vaso comunicante entre la sociedad y el Poder Legislativo, el lugar en el que deben transcurrir las discusiones de fondo sobre las distintas interpretaciones del bien común, para luego impulsar los procesos legislativos.

El diálogo y la discusión, el intercambio y la exposición básica de las distintas opiniones sobre temas importantes para todos, tienen que gestarse en el seno de los partidos políticos, ahí es donde los legisladores abrevan en sus bases, donde escuchan las voces de quienes les confirieron sus mandatos. Seguramente no sea sólo ese el punto de quiebre, ha de haber muchísimos más, pero esa disociación cada vez más pronunciada, tiene ahí un punto neurálgico.

Conocer los intereses que permean en la sociedad, escuchar a los votantes no sólo de cara a las elecciones y representar a los representados, es una de las tareas que los legisladores han ido dejando en el camino en el fragor del día a día en las Cámaras. Sólo reaparecen caminando las calles y las barriadas antes de las urnas. Los ciudadanos ya nos son permeables a los cantos de sirenas de los políticos, porque antes ellos no fueron permeables a escuchar a los ciudadanos.

Los partidos políticos tienen que renovarse y revisarse, esa es la única manera en que podrán frenar que los ciudadanos los revisen con ojo crítico y los señalen. Por la buena salud de la democracia, tienen que reconstruir la permeabilidad social y el poder de representación cívico que alguna vez tuvieron.

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