Provinciales |

Recuerdos de ayer, postales de hoy

Tal vez me pase por ser de la generación que está superando el medio siglo de vida. Tal vez sea que en ese camino recorrido me tocó enfrentarse a momentos muy distintos. O tal vez no sea nada de eso y todo tenga que ver con la cuarentena…

Lo cierto es que el mismo que a lo largo de esos años se maravilló siendo testigo presencial de acontecimientos únicos: como un Ferro-Boca en el ‘Coloso’, la inauguración de Butterfly, las noches de la Fiesta del Pueblo y mucho más en los tres llamados a la sala de parto para acompañar el nacimiento de mis tres hijos, hoy se detiene y se maravilla ante otros acontecimientos.

La vida me permitió sensibilizarme en experiencias fuertes, trascendentes, que me hicieron ser un agradecido total a la ciudad que me adoptó como un piquense más: primero en mi etapa final de estudiante y, luego, volviendo para concretar la acertada idea de formar aquí una familia.

Y, desde la profesión o de un simple fanático del lugar donde vivo, siempre me encantó resaltar lo que Pico ha generado y seguirá generando.

Por eso no comprendo cuando escucho alguna voz adolescente -o no tanto- enfatizar que “Pico me aburre”, o “acá no pasa nada…”, referenciando a hechos o cosas que resulten atrayentes. Uno, que no paró en estas más de cinco décadas vividas (la mayoría en este lugar) de pasar por distintas emociones, se siente un “bicho raro”, cuando le sigue pasando cosas fuertes, movilizantes.

Y ya no necesito de eventos multitudinarios, como mencioné en el primer tramo de este informal comentario. Tampoco pretendo volver a emociones máximas que quedan en el baúl del recuerdo familiar…

Hoy, confieso, me alcanza y me sobra para sentirme pleno, con lo que este lugar del mundo, “mi lugar en el mundo”, presenta -a diario- ante mis ojos.

Tal vez solo lo pueda dar esta linda estación del año que vamos dejando atrás, la del otoño. Pero celebro, y a la vez reniego ante la negación de otros, de lo que uno puede disfrutar con solo tener el privilegio de poder abrir cada mañana sus ojos y en el transitar diario encontrarse con un amanecer detrás de una joven plantación que creció en un extenso predio, ahora “verdeamarillo”. O quedarse con el ángulo visual de una rápida toma fotográfica ensayada al pasar por el frente de una de las bellas construcciones sobre la Avenida. Y así, vivir la misma sensación en otras experiencias, como la de una programada bicicleteada donde le tocó pasar por el túnel que armaron un puñado de árboles, de un lado y del otro, del reasfaltado camino al aeródromo.

Unas imágenes maravillosas, que si usted no cree en lo que lee o ve, le invito a que se apure a vivenciarlo, como lo hizo recientemente el que escribe ese puñado de frases. Y que está seguro que es sólo una mínima muestra de las tantas vistas que se pueden inmortalizar en cientos de fotos o, simplemente, guardar para siempre en nuestras retinas.

Ya sé que más de uno de los que están leyendo estas líneas, y observando las tomas fotográficas bien piquenses, se preguntará qué le está pasando a este atrevido redactor al que era imposible sacarlo de crónicas deportivas y, en menor medida, policiales o políticas, para arribar a esto…

Tal vez serán los años, la sensibilidad que aflora o simplemente la cuarentena… Pero, si tengo que decirlo, apostaría a que lo genera una ciudad que también es capaz de dejar estas postales de un otoño, que está a punto de marcharse.

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