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Que no nos mate el miedo a morir

Nos estamos muriendo por miedo a morirnos. La epidemia desplazó o postergó todas las otras enfermedades, todos los síntomas no relacionados al Covid-19 se convirtieron en despreciables, las afecciones crónicas quedaron relegadas, se pospusieron las vacunaciones, creció la automedicación. De dónde sacamos que el aislamiento social es incompatible con los controles y tratamientos médicos regulares y preventivos, es un enigma, pero se impuso como una certeza y estamos pagando las consecuencias.

Los profesionales de distintas ramas de la medicina están advirtiendo públicamente que es necesario corregir el rumbo de manera urgente para evitar que aumenten las muertes por causas evitables, como consecuencia del temor al contagio del coronavirus. Las causas de morbilidad y mortalidad que existían antes de la pandemia siguen existiendo y van a seguir ahí cuando esto haya terminado. La ausencia de diagnósticos, los tratamientos tardíos o incompletos, no completar el esquema de vacunación o tomar por motus propio medicamentos no recetados a diestra y siniestra, también mata y mata más que el virus.

Los números no mienten: desde que se impuso el aislamiento social obligatorio, las consultas pediátricas disminuyeron en todo el país un 40%, mientras que el 22% de los padres decidió demorar la vacunación del esquema obligatorio de sus hijos. La Sociedad Argentina de Pediatría está alarmada por la disminución de controles y vacunas,y es lógico, considerando que los niños son los más vulnerables respecto a enfermedades prevenibles, que la pediatría se basa en la prevención y que la prevención sólo es posible en consultas presenciales.

Algo similar ocurre con los pacientes cardiológicos. La Sociedad Argentina de Cardiología (SAC), la Federación Argentina de Cardiología (FAC) y el Colegio Argentino de Cardioangiólogos Intervencionistas (CACI) expresaron su preocupación mediante un comunicado conjunto en el que alertan por el riesgo de un aumento en la mortalidad cardiovascular por la falta de consulta ante el temor al contagio por coronavirus. Según sus números, la atención por infartos cayó un 28% desde el inicio de la cuarentena, mientras que las consultas disminuyeron un 60%. Muchas personas atraviesan un infarto sin ninguna asistencia, sin ir a una guardia, y después del episodio, tampoco concurren al médico, ni se realizan estudios, ni tienen un diagnóstico.

Lo absurdo y también incoherente en todo esto, es que la falta de control va a producir un aumento en la mortalidad y en las secuelas propias del infarto. Los especialistas estiman que entre abril y octubre de este año podrían producirse unos 10.500 nuevos casos prevenibles de enfermedad cardiovascular, con un incremento de la mortalidad del 10 al 15% como consecuencia del menor control y prevención, lo que implicaría entre 6 mil y 9 mil muertes evitables. Ergo: el miedo a morirnos nos está matando.

No termina ahí, también el Sindicato de Farmacéuticos y Bioquímicos de la Argentina (SAFYB) salió a la palestra para advertir un incremento del 25% de la automedicación. Un informe realizado por la entidad revela que en el período de aislamiento, 8 de cada 10 argentinos se automedicaron y el 50% lo hico de forma incorrecta y abusiva. Detectaron un aumento abrumador del consumo de medicamentos para mitigar el insomnio, los dolores articulares y musculares, la ansiedad y hasta los cuadros depresivos. Creció un 30% el consumo de psicofármacos, analgésicos y antiinflamatorios.

Obviamente las precauciones y el distanciamiento social para disminuir el riesgo de contagio por coronavirus pueden y deben coexistir con la asistencia médica y el control a tiempo del resto de las enfermedades. La epidemia no elimina ni posterga otras afecciones. No puede ser que el coronavirus nos empuje a caer en la desatención, es imperativo, por la salud de los argentinos, que este rumbo se corrija rápidamente, porque si no, vamos a terminar teniendo más muertes y complicaciones de salud o diagnósticos tardíos, por miedo al contagio.

Sería un disparate, del que ojalá no seamos capaces, que nuestras cifras de mortalidad y morbilidad aumenten como consecuencia de todas las medidas que tomamos para evitar que crezcan. Sería una incoherencia y una contradicción imperdonable que el miedo a morir, finalmente nos mate.

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