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LAS LLORONAS DEL BARRIO DE LAS RANAS

Especial para LA REFORMA.

Como varios lectores dijeron sentirse interesados por el tema de las plañideras a las que hiciera referencia domingos atrás, voy a agregarles algunos datos.

Recuerden que las así llamadas eran personas, casi siempre mujeres, que en los entierros se dedicaban, por un pago, a llorar a los difuntos.

Pero no es que el negocio de las lloronas fuera un invento argentino del tiempo de Rosas como alguien supuso.

Se hace mención a ellas desde la más remota antigüedad, incluida la Biblia en Lucas 8:52. Están en viejos documentos y en diferentes sociedades se siguen practicando sus usos.

Las plañideras surgieron en la cultura egipcia debido a un tabú que prohibía a los deudos llorar en público.

Para expresar de un modo más enérgico la desolación que debía causar al pueblo judío la devastación de Judea, el profeta Jeremías dice que el Dios de Israel mandó a su pueblo a hacer venir lloronas que él llamó lamentatrices. Este uso del pueblo hebreo pasó a otras naciones y sobre todas, se conservó entre los griegos y romanos.

Su empleo ha sido variable dentro del ritual fúnebre. A veces se intentaba con ellas contagiar o provocar por imitación el llanto de los deudos hasta lograr una catarsis colectiva del duelo y otras veces realzaban la importancia social de un difunto.

En México existió el oficio desde la época prehispánica. Fray Diego Durán escribió que durante los funerales del rey azteca Ahuízotl, se emplearon a numerosas mujeres y hombres que lloraron durante cuatro días, según era la costumbre.

Curiosamente en México sigue habiendo plañideras. Pero sus modos de operar se han modificado hasta derivar poco a poco en el espectáculo.

He leído que cada año se realiza el concurso de plañideras en el Festival del día de muerto de San Juan del Río, Querétaro, en el que se efectúan concursos de llanto. Allí se premian las capacidades teatrales de las mujeres lo que es visto por los asistentes casi como una actuación artística.

Una concursante de nombre Laura Leticia, declaró no hace mucho que para provocarse el llanto prefiere el Vicks Vaporub porque la cebolla, siendo también efectiva, le deja mucho olor y el riesgo de que la echen del velorio.

También confesó que para llorar causas ajenas no hay nada mejor que recordar en el preciso momento antiguos dolores propios.

Cuando yo era pequeño me contaba un vecino del Barrio de las Ranas (ahora barrio Este) que en Pico hubo señoras que intentaron lucrar con aquella ocurrencia. Pero no tuvieron suerte: eran tan malas actrices que cada vez que lloraban la gente se reía.

Pienso que hoy, entre nosotros, todo sería más fácil. Con invitar a algunas jubiladas y recordarles al entrar el precio de la comida y los medicamentos, el éxito de los velatorios estaría asegurado.

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