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No es necesario estar de acuerdo para ponerse de acuerdo

Si pudiéramos sacar una panorámica simbólica de la Argentina de hoy, veríamos un país con una montaña de problemas, la mayoría arrastrados por décadas y agravados por el contexto de pandemia. También veríamos que, en lo inmediato, muy pocos están en camino de ser resueltos, no por falta de intención, sino porque son tantos y tan abrumadores, que no es tan simple encauzarlos. La postal también mostraría otro de nuestros problemas endémicos: por alguna razón, históricamente el que gobierna lo hace sin incluir la oposición, casi dando la espalda a la representatividad de los que representan las voces disidentes.

No es fácil gobernar, mucho menos en tiempos de crisis, menos aún hacerlo solo. Tampoco es sano, la democracia implica un juego de equilibrios que necesariamente requiere al otro, no lo excluye, lo contiene, es parte del ejercicio natural del sistema, o, mejor dicho, debería serlo. La robustez de la democracia radica precisamente en contener todas las voces, escuchar a los que piensan distinto, a los disconformes, a los que manifiestan disidencias.

Entender por qué tenemos tantas dificultades para administrar la convivencia entre mayorías y minorías, es clave para revertir este problema estructural que, a esta altura, resulta invalidante, porque realmente implica un gran estorbo a la hora de proyectar el camino para que Argentina pueda salir de la situación de crisis en la que se encuentra.

Cambiar la lógica que hemos practicado hasta acá, debería constituir uno de los temas de agenda. Está claro que haciendo lo mismo no vamos a obtener resultados diferentes, insistir con el mismo esquema nos va a llevar al mismo lugar, al mismo escenario en el que hemos estado empantanados una y otra vez. La tolerancia política con el que piensa diferente, con el que representa lo opuesto, lo distinto, es fundamental. Los que encarnan la oposición, los que están descontentos y lo expresan en las calles, los que no votaron al gobierno de turno, son argentinos y deben ser escuchados.

No es necesario estar de acuerdo para ponerse de acuerdo y no es un juego de palabras. Se puede discrepar, se puede disentir enérgicamente, pero sin romper el consenso, sin perder de vista que hay un objetivo superior a la posición personal o grupal, un propósito colectivo que obliga a ceder en pos del bien común. Acordar no implica unanimidad, sino la decisión de una convivencia política sana.

Se puede debatir sin ninguneos, sin ignorar al otro, sin excluir y sin prescindir de la opinión del otro. El desprecio, el insulto, las chicanas y los rencores no nos han llevado lejos, los resultados están a la vista y las consecuencias, también. Se puede dialogar desde la disidencia y el respeto si se parte de la honesta aspiración de contemporizar y acordar y no desde la intención de imponer la mayoría. Las hegemonías, como lo demuestra la historia, no son buenas consejeras.

Superar la grieta y dejar atrás los desencuentros, supone reconocer errores y aciertos, estar dispuestos a la autocrítica y dejar de arrojar culpas para el otro lado. Ningún espacio está en condiciones de tirar la primera piedra, hemos tenido gobiernos de uno y otro signo y en cada uno, con más o con menos sufrimientos, hemos padecido grandes problemas que aún esperan una solución.

Una panorámica simbólica de la Argentina de hoy mostraría un país con una montaña de problemas, estábamos en crisis, pero la pandemia nos ha llevado a una crisis sin precedentes y una crisis sin precedentes requiere soluciones sin precedentes. Aunque no lo parezca, estamos entrando en una nueva etapa y en esta “nueva normalidad” necesitamos, más que nunca, generar un clima de tolerancia y diálogo para poder lidiar con lo que vendrá. No ha existido ni existe en el mundo una sola experiencia democrática en la que un gobierno contenga la totalidad de las voces, por eso tienen que escucharse, tenemos que escucharnos, dialogar y pensar en conjunto hacia dónde vamos y cómo vamos.

No es necesario estar de acuerdo para ponerse de acuerdo, pero si es fundamental llegar a acuerdos que incluyan todos los sectores, todos los argentinos. Dialogar y consensuar no puede ser una opción, debe ser un imperativo ético, por y para los millones de argentinos que la están pasando muy mal.

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