DEPORTE | Eleuterio Pisano

Pisano, el cañonero de las "tunas"

Por Raúl Bertone

Regalaba entusiasmo y despliegue físico en dosis iguales. Sin ser un exquisito, demostró tener las variantes para manejarse con suficiencia custodiando el fondo de Ferro de Pico durante más de 15 años. Eleuterio Pisano tenía condiciones para la marca, era guapo y contrariamente a lo que se podía esperar de un hombre con su contextura física, de kilos y buena estatura, tenía agilidad y elasticidad. Un back centro, tal la denominación en esa época al hoy llamado zaguero o marcador central, que poseía un sentido de la ubicuidad en la cancha que le permitía mucha veces suplantar la velocidad para llegar primero al cruce.

Había nacido de forma circunstancial en la vecina localidad de Metileo un 12 de agosto de 1933, atento a que su padre, un inmigrante italiano llamado Celestino, era capataz ferroviario. Alguien que había conocido el horror de la guerra bien de cerca como soldado durante la primera gran contienda bélica mundial en el siglo pasado. Lo que hizo trascender a Pisano en el ámbito de nuestro fútbol fue su formidable remate. Había un tiro libre, lejos o cerca del arco rival, y allí marchaba el “Nene” para colocarse varios metros detrás de la pelota, apuntar, tomar carrera con mucho de elegancia y sacar a relucir la potencia de su pie izquierdo. Cuando le apuntaba a los tres palos de enfrente, se aproximaba a los saltitos, y con un movimiento corto y rápido de su pierna puro músculo y nervio, salía el misil.

Claro que no siempre lograba el éxito buscado. Sucedía que la mira telescópica de su cañón le jugaba una mala pasada, pero aún así, la forma de llegar al balón y ejecutarlo, era casi perfecta. Estaban quienes al verlo tan grandote, pensaban en un disparo “a la que te salga”, pero todo lo contrario, estando la pelota detenida, sabía acariciarla también para colocarla en la cabeza de algún delantero metido en el área. Con el paso de los años, Pisano fue puliendo su técnica, transformándose en la parte final de su carrera en un defensor que paraba la bocha, levantaba la cabeza e intentaba salir jugando con el compañero mejor ubicado. También se animó a manejar de otra manera su pierna derecha, la que otrora utilizaba solo como bastón.

Una de las características destacadas del “Nene” a lo largo de su trayectoria fue la limpieza de recursos a la hora de recuperar la pelota, del quite. Algo poco común para un defensor de ese tiempo, donde la rudeza y la pierna fuerte eran moneda corriente. Y eso que Pisano, insisto, contaba con una estructura física como para “cargarse un piano al hombro y escapar de la policía”. En la temporada 1957 le hizo un golazo al Argentino campeón de todo, interceptando un pase de Derlis Guembe a Papera, para comenzar a escalar terreno, eludiendo gente en el camino y sacar, desde un ángulo cerrado y a 30 metros del arco, un furibundo remate que se metió contra un palo de la valla defendida por el gran Hariel Martínez. Pasó en el minuto 44 del segundo tiempo y con ese tremendo gol, que confirmaba que no solo le pegaba con un fierro en pelota “muerta”, Ferro ganó cuatro a tres para sacarle el invicto que exponía Cultural.

Datos. Números. Nombres. Historia pura. Pisano formó dupla en los inicios con José “Pampa” Luques, después armó bastión defensivo con Policarpo Cavallotti. En el equipo subcampeón de la temporada liguista del ‘53 fue uno de los goleadores con 15 gritos, junto a Lorenzo Giletta. En el choque decisivo de 1960, ese inolvidable año para la familia ferrocarrilera, el de la consagración tan esperada y festejada en la Liga Pampeana, hubo un arquero que le detuvo un penal. Casi una hazaña para los cuidapalos de esa época. Fue “Grafa” Roldán, golero de Deportivo Argentino, en ocasión del cruce en Quemú Quemú. Pisano disputó más de 200 cotejos con Ferro y anotó unos 60 tantos, que lo ubican en el cuadro de honor de nuestros defensores goleadores.

Su primera incursión por nuestras canchas, sin embargo, fue con la camiseta de Costa Brava. Sucedió en 1947, actuando como wing izquierdo en la cuarta división del albirrojo. En ese entonces dejaba trascender la potencia de su remate y sus cualidades físicas para dicha categoría. Eran tiempos en los que Costa contaba con los arcos que mostraban alambre tejido como redes. Y esas mismas retumbaban ante los cañonazos del Nene, para terror de los arqueros de la cuarta. Enseguida trasladó su presencia al club de barrio Talleres, repitiendo la experiencia como delantero por la izquierda en algunos partidos de la Reserva, hasta que la ausencia de un zaguero hizo que se probara con Pisano en su lugar. Así comenzó a gestarse su camino. Hasta tuvo también el privilegio de vestir varias veces la camisola del seleccionado de la Liga Pampeana.

Lo de su entrega y amor propio sin medir consecuencias quedó varias veces registrado en los terrenos de juego. Como la vez que en un extremo intento salvador ante una pelota que tenía destino inexorable de red, jugándose todo frente a ese equipazo armado por Alvear en el primer lustro de los ‘60, su botín se encontró con el poste y tuvo que salir con fractura de tobillo. Pisano capitán, zurdo; ascendencia sobre sus compañeros. Respetaba y lo respetaron. Hombría de bien. Correcto, serio, contemporizador. Pisano futbolista. Nobleza en el esfuerzo. Vigor y potencia en el mensaje. Pisano, torbellino de músculo y carrera que terminaba en el disparo que llevaba gol en la trayectoria. El cañonero de las “tunas” (especie de planta arbustiva que rodeaba el perímetro del reducto ferrocarrilero). Pisano era el gol con dinamita.

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