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La fuerte historia de una venezolana radicada en Pico

En el 2018 se produjo una gran migración de venezolanos a distintas partes del mundo, entre ellos está Elizabeth Varela, que eligió Pico para seguir adelante.

En el año 2018 se produjo una gran migración de ciudadanos venezolanos a distintas partes del mundo. Muchos vinieron a nuestro país, en busca de una estabilidad económica y una mejor calidad de vida. En General Pico, ya son varios los que residen y han elegido esta comunidad para seguir adelante. Tal es el caso de Elizabeth Varela, una mujer de 40 años, que debió dejar Venezuela debido a los problemas socioeconómicos y políticos que vive la región.

“Llegué a Argentina en el segundo semestre de 2018, estuve un tiempo muy breve en Buenos Aires, y vine a esta ciudad porque tenía un amigo que ya estaba viviendo acá, en el momento que yo decido emigrar, él me recibió hasta que pude asentarme”, contó.

El resto de la familia de “Eli”, como la llama la gran mayoría, está dividida en varios países, como en España, el norte de Estados Unidos y un resto todavía en Venezuela. En el año 2019, pudo traer a su hijo, de 20 años, que se había quedado con su papá hasta que ella pudiera establecerse. La idea era que “él terminara de cursar la carrera de ingeniería en sistemas, en una reconocida universidad venezolana, pero tuvo que interrumpir sus estudios porque la institución cerró debido a la falta de energía y agua”, afirmó, y agregó que “las universidades de mi país no tienen la infraestructura adecuada, mucho menos en estos momentos, a pesar de que están repletas de obras de arte de artistas europeos, y así y todo se caen a pedazos”.

Su hijo, Alan, es empleado de comercio y gracias a que pudieron homologar el título del secundario, cursa la carrera de Ingeniería informática en la Universidad de La pampa.

Al principio no tuvo muy buenos trabajos, limpió casas, cuidó abuelos, atendió una panadería, una fábrica de sándwiches de miga y un local nocturno, como cualquier inmigrante que llega y hace lo que puede. Hoy tiene un excelente trabajo en una droguería local, en la coordinación de recursos humanos y una parte de operaciones, en el armado de cronogramas, planificación y temas puntuales operativos, y junto a su pareja y su hijo se acaban de mudar a una casa muy linda. Al respecto contó que “me gusta bastante mi trabajo, de las experiencias que he tenido, rescato que esta es muy positiva”.

Con una historia de vida muy intensa, destacó: “Estoy tranquila, he tenido experiencias en lo social y en lo humano maravillosas, no tengo palabras para explicar todo lo que personas que no me conocían prácticamente nada, han hecho por mí, han sido muy solidarios y cálidos”.

En una de sus anécdotas recuerda que, “en algún momento me tocó vivir en el depósito de otra droguería, yo trabajaba en una estación de servicio, y mis compañeras organizaron un grupo en donde, tanto ellas como los playeros y algunos clientes, me buscaron un departamento, dieron el mes de depósito, lo amueblaron y me llevaron. Estoy tan agradecida, he conocido gente tan buena, que mis experiencias aquí son todas lindas, soy muy feliz a pesar de haber dejado mi país”.

El viaje a Argentina

El viaje que tuvo que realizar fue extremadamente largo, ya que salió con mucho tiempo de anticipación para no perder el vuelo que tenía reservado, porque amenazaban con cerrar las fronteras, ya habían hecho antes cierres intermitentes y era muy riesgoso salir con el tiempo justo.

“No pude volar directamente de Caracas , mi ciudad, tuve que salir por tierra por la frontera con Brasil, crucé el Amazonas y llegué a Pacaraimas, que es la primera ciudad fronteriza, una población bien pobre, de características indígenas en su mayoría. Ya había estado antes en alguna oportunidad, pero me sorprendió mucho ver a la gente tirada en la calle durmiendo, muchos de ellos alcoholizados. Todo el trayecto restante lo hice, básicamente y aunque suene feo, sobornando gente para que me ayude, pagando. El boleto del bus lo aboné con alimentos, fue un viaje de 29 horas en un colectivo sin baño, como si fuera un autobús escolar antiguo. Luego compré un boleto a Boa Vista, donde me quedé tres días en el aeropuerto, y de ahí volé a Foz do Iguazú, el vuelo más largo, 21 horas con muchas escalas, algunas de hasta ocho horas. Fue un viaje terrible, pero fue el vuelo que mi amigo de acá, de Pico, que todavía no estaba en las mejores condiciones, me pudo pagar. Ya en el lugar, cruzo la frontera de Brasil y entro a Argentina y de allí un colectivo hasta Buenos Aires, donde me recibe otro amigo, con el que hice el secundario, y su esposa, pasé unos días con ellos y luego a General Pico en colectivo nuevamente”, relató.

Fue muy difícil llegar a una ciudad desconocida, sin nada más que una valija con las pertenencias más indispensables y “arrancar totalmente una nueva vida desde cero”, afirmó.

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Elizabeth junto a su hijo, Alan.

Elizabeth junto a su hijo, Alan.

La situación en su país al momento de partir

La primera gran oleada migratoria fueron los grandes capitales, “cuando comenzaron con las expropiaciones, cuando no te garantizaban la propiedad privada, se fueron las grandes empresas y las transnacionales hacia Colombia o Brasil. Luego la segunda oleada le correspondió a aquellos que tenían algún negocio propio, algo de capital acumulado, el profesional de clase media que estaba bien ubicado y tenía medios para emigrar, aunque no pudiera invertir en otro país, podía llegar y establecerse con calma, buscar un empleo y empezar de nuevo”, contó.

Todo esto afectó muchísimo al país, porque se quedó sin los médicos mejor calificados, sin los mejores docentes y comenzaron a ocupar esos puestos personas que no tenían la mejor cualificación o calificación para desempeñar esos puestos. “Nos quedamos los que tal vez podíamos emigrar, pero decidimos apostar, pensamos que la crisis iba a pasar, yo decido quedarme también porque tenía un gran trabajo, soy licenciada en historia, me especialicé en diseño y planificación de centros de información. También a nivel gerencial, de unidades y redes de información, en bibliotecas y hemerotecas. Con treinta años, ya tenía una jefatura de departamentos de la biblioteca más grande de la Universidad Central de Venezuela, con muy buenas perspectivas profesionales dentro de la institución”, y agregó “pensé que la crisis no era tan grave porque todavía no había afectado la capa media del tejido social”.

Luego del año 2012, ese sector medio se descapitalizó totalmente, pasó a ser muy pobre, “yo cobraba 800.000 bolívares cuando un empleado de comercio ganaba 200.000, pero un kilo de carne costaba 450.000 bolívares. El año 2017 y 2018 fueron muy duros, empecé a perder todo, a vender mis electrodomésticos, las pocas joyas que tenía. La comida era muy costosa, era el bien más codiciado junto con los dólares, que te daban acceso a medicamentos y algunos rubros que ya en ese momento no se conseguían, pero los bienes materiales se devaluaron tremendamente”, lamentó. Fue el éxodo más triste y el más difícil, la gente lo perdió todo, y el que nunca tuvo nada, directamente no podía sobrevivir.

Con respecto a la política propiamente dicha, contó que “el problema económico de Venezuela y político no se puede ver como un gobernante, se tiene que ver como un proceso, tienes que ver todas las variables de ese proceso para poder entender cómo un país se viene abajo en tan poco tiempo, la degradación de las instituciones, la falta de las mismas a nivel jurídico, el descalabro de la parte política, fue un proceso que comienza con Chávez y continúa con Maduro”.

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