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¿Para qué detenerlo?

Uno puede definir al Coronavirus de varias maneras y tal vez muy diferentes. Pero si se nos pide un sinónimo en una sola palabra, diríamos: Coronavirus es “muerte”.

Dicen que los índices de mortalidad no son altos, que abarca una franja etaria mucho más que a otra y tantas cosas dentro de un mayúsculo desconocimiento que es lo que preocupa o decididamente aterra.

Pero en síntesis el miedo al Coronavirus, en el mundo, es porque mata, y mucho. Así de simple y de tremendo.

Como enfrentar semejante pandemia o cómo aconsejar para enfrentarla, es tarea de especialistas de todo tipo, que se encargan muy bien de explicarlo y sólo tenemos que escucharlos.

Pero si un ser común y mortal como vos o como yo nos pide un consejo sobre este tema, ¿Qué le dirías?. Está claro que algo se nos va a ocurrir con tal de llevar un poco de paz, esperanza y en lo posible una solución.

Desde mi experiencia de vida se me ocurriría relatarle lo siguiente:

Soy de los que en algún momento del camino hecho, la muerte pareció haberme elegido. El diagnóstico apuntaba a una enfermedad que se ha cobrado en el mundo infinidad de muertes que, con mucha más antigüedad que el Corona, sigue dejado el “tendal” sin respetar fronteras, sexos y edades.

Fue así que mientras estaba en pleno tratamiento, no fueron muchos pero tampoco faltaron los momentos en que llegue a pensar de todo: de lo que se imaginan y de lo que nadie, sólo uno sabe los que fueron. Y en ese pensar muy para adentro recurrí al deseo y a la promesas, todo –obviamente- si me curaba o al menos si la enfermedad no me vencía.

Sentía más que nunca que quería seguir abrazándome a la vida. Esa vida que, en más de cinco décadas transitadas la había tratado de diferentes maneras: desde ser agradecido, abusar de la bonanza hasta maldecirla.

Sí, maldecirla ante la adversidad producto de una pérdida irreparable, temas graves de familia o de amistades, que llevaban a no aceptarlo, exclamando frases tales como: “¿por qué a mi?!!!”.

Tampoco niego que la putié por tener que enfrentarme a problemas económicos, laborales, por caprichos, peleas sin sentido con alguien que se cruzó mal ese día en nuestro camino. Y, así tantas cosas más que nos llevaban a decir o hacer cualquier cosa.

Recuerdo entonces que en ese lógico deseo de seguir vivo, hubo un momento en que se instaló en mi cabeza un gran dilema: “quiero seguir viviendo, está claro. Pero: ¿¡para qué quiero seguir siendo? ¿qué quiero hacer de aquí en adelante que justifique se me conceda el pedido?”.¿¡Se entiende..?

Entiendo a aquellos que respondan con otra pregunta: ¡¿Qué estás diciendo?!

Pero igual insisto con el interrogante, ubicándome en este presente singular donde noto que el sentido de supervivencia aflora con mucha fuerza, sacando de nosotros todo lo bueno pero también lo malo, producto de un enemigo invisible que nos está buscando para quedarse con lo que más queremos, que es quitarnos nuestra salud, que decididamente es todo.

En esa pesada insistencia, hecha pregunta, las rápidas respuestas serían: ¡Para disfrutar la vida!. Arriesgándonos a prometer ser más comprensivo con uno mismo, con los demás. Ser solidario o menos egoísta, leal, agradecido y tantas frases hechas, como para zafar de este “pesado” interrogatorio.

En mi caso, lo que pedí fue entre otras cosas esto que hago: ser testimonio de que con actitud y responsabilidad se puede superar. Como también me tracé otros objetivos que intento día a día y, si de confesiones se trata, me quedan poner en práctica valorando esta nueva vida.

Entonces, por qué no aferrarse a frases vulgares como: “No hay mal que por bien no venga. Y a la vez preguntarnos el por qué queremos vencer el Coronavirus y que esa búsqueda pase por mucho más que vivir por vivir no más, desperdiciando en parte semejante privilegio.

Entendamos y asumamos los que nos pasa como lo que es: un gran aprendizaje. Donde no vale copiarse, usar machetes, ratearse o término que se le parezca.

Tomémoslo como un desafío único e incomparable, donde lo que prometamos, a diferencia de lo que cuento de mi caso, lo hagamos ahora para prevenirlo.

No va echarle la culpa al otro. Ejemplo: atribuirlo a malos gobiernos, la grieta, el “sálvese quien pueda”, la corrupción, la discriminación y tantas “epidemias” que están instaladas en nuestra sociedad desde hace mucho tiempo y también nos enferman.

Cabe el convencimiento de que queremos superarlo por algo que vale la pena, por algo más “groso” que el virus mismo.

En esa imaginación válida cabe -de una vez por todas- tomar la puerta que tiene escrito en su acceso la frase: Responsabilidad y Solidaridad.

Es muy probable que cuando la crucemos nos conducirá por un camino largo, difícil y apasionante. Que en realidad siempre estuvo delante nuestro y parece que no lo vimos o no nos dejaron verlo. Fue así que optamos por tomar atajos, que son más cortos, pero que -recurrentemente- nos han llevado a sitios equivocados o a ninguna parte.

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