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Palabras que queman

El periodista y escritor argentino Martín Caparrós, está lanzando su última ficción, Sinfín, una novela sobre un futuro hipotético en el que los humanos han logrado vencer a la muerte y en la que, según sus propias palabras, lo único que quiso es “construir una crónica en la que nada es cierto”. Sin embargo, no le salió, porque su planteo quimérico se asemeja tanto a la realidad que aun antes de aterrizar en las librerías, ya había desencadenado la reflexión.

El autor, que inaugura además un nuevo género al que denomina “ficción sin novela”, construyó tal vez sin quererlo, una obra de una temeraria actualidad, no sólo por la manera atrevida y honesta en la que aborda los grandes temas de nuestra época, sino también por la forma en la que se vale de la ficción para tratar de entender el modo en que concebimos el mundo y sobre todo, el futuro.

Caparrós dice que no quiere hacerse cargo “de lo que cuenta la novela como si fuera una verdad histórica”, que sólo inventó una versión posible del futuro y que en todo caso, lo interesante de leerla puede ser precisamente discutir su versión del 2070, pensar y aportar versiones propias. Tal vez no se lo haya propuesto deliberadamente, pero lo interesante de su “ficción sin novela”, es precisamente que inventa y ofrece una versión del futuro, un futuro en el que los humanos no estamos pensando ni proyectando demasiado.

Cuando pensamos en el porvenir lo hacemos en un solo sentido, porque, y lo invito a corroborarlo, cuando hablamos de futuro lo atamos irremediablemente a los avances tecnológicos, a cómo será nuestra vida rodeada de lo que la madre ciencia proveerá, pero no decimos ni pensamos una sola palabra sobre cómo será nuestra organización social y política, no imaginamos ni nos planteamos otros sistemas posibles, ni siquiera pensamos cómo vamos a relacionarnos humanamente, en medio de toda esa parafernalia tecnológica de la que nos imaginamos rodeados.

Sinfin habla de un mundo en el que la muerte se ha extinguido y en el que las religiones han perdido el monopolio que durante años ejercieron sobre la vida eterna. Los Estados modernos han colapsado, el trabajo ha desaparecido, Europa vive una Nueva Edad Media y las grandes corporaciones tecnológicas han logrado dominar el mundo. Una historia de dudosa veracidad, o no.

En una nota previa al lanzamiento de la “ficción sin novela”, el periodista considera que el alboroto que ha causado su última obra, obedece a que “le tenemos miedo” al futuro, porque “vivimos una de esas épocas que hay de vez en cuando en la historia, en las que no hay un proyecto de futuro que nos guste, digamos, y en las que no tenemos una idea clara de la sociedad que queremos construir. El futuro es miedo, es la amenaza ecológica, la amenaza poblacional, la amenaza política. Y esto ocurre, básicamente, porque no hay una idea de futuro que nos interese o que queramos producir o poner en marcha. No hay promesa”.

Y agrega algo más interesante aún: “sí hay una idea de cambio, aunque ya no sea un cambio político, como fue en los últimos siglos, sino un técnico. La técnica ha ocupado el lugar de la política como promesa de cambio. Cuando piensas en el futuro, piensas en la inteligencia artificial, en las máquinas, en las nanotecnologías y en todo esto”.

Caparrós mete el dedo en la llaga, es cierto que pensamos nuestras vidas en función del desarrollo de la inteligencia artificial, de la robótica, de las posibilidades siniestras de que algún día las máquinas nos dominen, que sobrepasen nuestra inteligencia y se apropien del planeta, pero no reflexionamos sobre el porvenir de nuestras sociedades como tales, tampoco hemos sido capaces de imaginar nuevos sistemas políticos que perfeccionen los actuales y, mucho menos, cómo mutarán las maneras de relacionarnos a la vista de los cambios que ya hoy son tangibles.

Seguramente la “ficción sin novela” de Caparrós sea sólo “una crónica en la que nada es cierto”, y no haya que tomar lo que dice demasiado en serio, sin embargo, algo es seguro, estamos viviendo como si el orden mundial no fuera a cambiar nunca más, como si esto fuera para siempre, y la historia demuestra que nunca jamás hubo ningún sistema que durara para siempre, indefectiblemente todo tiene un final, irremediablemente las cosas cambian, y no nos estamos preparando para lo que va a venir, ni estamos proyectando el futuro. Caparrós juega con las palabras, pero sus palabras queman.

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