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Otra vez vamos a pagar los platos rotos

A veces aclarar oscurece. Quedó demostrado esta semana con el inesperado anuncio de intervención o expropiación o nacionalización de Vicentín. No sabemos en qué va a quedar o qué va a terminar siendo, pero casi no quedan convencidos, propios y ajenos, de que fue un error de cálculos que está obligando a dar más explicaciones de las recomendables para cualquier asunto del orden nacional y a apilar aclaraciones, cada una de las cuales va oscureciendo más el mapa de las intenciones y los objetivos. Conclusión, a esta altura, lo que hayan querido hacer, quedó sepultado.

Lo único claro en todo el tema Vicentín, es que potenció un debate que cada vez resulta más incómodo para el Presidente, una discusión con la que lima, innecesariamente, su poder real, a tal punto, que se sintió obligado a expresar que es él y solo él, quien fija los grandes lineamientos de la política nacional. "Tenemos que terminar de aventar esa historia negra de que Cristina me reta, me pega dos gritos y me hace hacer lo que no quiero hacer", aclaró, en un gesto más de debilidad que de fortaleza.

Sin entrar en las discusiones extremas sobre si vamos a ser Venezuela o no, si la Cámpora metió la cola o no y otras disquisiciones por el estilo que no contribuyen más que a profundizar las antinomias inconducentes, lo cierto es que resulta inexplicable que el estado argentino, que está en la lona y le dice a los acreedores externos que no puede pagar, diga que sí tiene 1.500 millones de dólares para avanzar sobre una empresa, para la que además hay interesados del sector privado que expresaron su intención de adquirirla. Cómo explicar que no podemos pagar ni un peso durante los próximos 3 años y sí podemos estatizar una empresa privada, indescifrable.

Más incomprensible si consideramos además que Argentina emitió el mes pasado, como consecuencia de la necesidad de sostener los distintos sectores afectados por la pandemia, aproximadamente el 50% del gasto público total, una cifra que seguramente aumentará durante junio, considerando que la recaudación impositiva sigue cayendo y aun así es insuficiente. El número de familias y empresas que la están pasando realmente mal es sideral, en ese contexto, distraer dinero para expropiar, confiscar o lo que finalmente decidan hacer, es como mínimo, inoportuno.

¿Alguien duda quién va a terminar pagando los platos rotos de esta infeliz decisión? ¿En el contexto que atravesamos, con un estado fundido que no llega a auxiliar y ayudar a todos los que debería, vamos a destinar 1.500 millones de dólares para hacernos de una empresa agroexportadora mientras seguimos teniendo a miles y miles y miles con las necesidades básicas insatisfechas? ¿Vamos a hacerlo además sabiendo que a esos miles y miles se van a sumar muchos más como consecuencia de la pandemia? Es un error, la lógica, la sensibilidad social y el sentido común, señalan que esto es una equivocación y no una menor, es escandalosa.

La dilapidación de recursos en nuestro país es histórica, las cantidades que hemos perdido producto de las malas decisiones o de las aventuras políticas que sólo sirven a los intereses o representan el pensamiento de unos pocos, han signado nuestro destino, y lamentablemente también lo han sellado, porque padecemos con creces las consecuencias de una saga de estupideces. El presente se las cobra en hambre, indigencia, infraestructura deficiente, pobreza, necesidades básicas insatisfechas, jubilaciones y pensiones de miseria.

Tan mala es la decisión que están pegando el volantazo, a medida que las manifestaciones que, dicho sea de paso, no imaginaban, se multiplican, van modificando los anuncios y hasta las intenciones. Pasamos por la expropiación, la nacionalización, la intervención, la “intervención virtuosa” según el ministro de Producción Matías Kuflas, hasta llegar a las “diferentes alternativas público-privadas superadoras a la expropiación”, que el Gobierno estaría dispuesto a analizar.

A veces aclarar oscurece, oscurece tanto que es mejor no aclarar. Vicentín es un error de cálculos que está obligando a más explicaciones de las recomendables, que debilitó innecesariamente la figura presidencial, que atenta contra la lógica, contra la sensibilidad social y contra el sentido común y que tendrá la peor consecuencia de todas: los argentinos vamos a volver a pagar los platos rotos.

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