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Nuestro futuro depende de la educación

Tenemos que volver a las aulas, tenemos que volver, tenemos que volver. A esta altura nuestros chicos llevan más de 4 meses sin pisar la escuela. Tuvieron clases, el esfuerzo de los docentes, alumnos y familias está fuera de discusión, todos hicieron lo que había que hacer para que resultara, pero no es suficiente, necesitamos las aulas, porque sólo ahí se produce la magia de la educación. La escuela es irremplazable.

La metáfora que empleó el docente de la UBA y presidente de Educar 2050, Martín Trongé grafica las consecuencias de la pandemia: “es como si la educación fuera un barco que ya venía averiado y choca con un iceberg, que sería el Covid-19, y los tripulantes deben salir en botes salvavidas”, en referencia a las medidas que adoptaron las autoridades educativas para tratar de salvar el ciclo a través de la digitalidad.

La modalidad virtual ha revalorizado el rol docente y familiar, pero también profundizó la brecha preexistente entre los alumnos de diferentes estratos socioeconómicos y la brecha entre las instituciones de gestión pública y de gestión privada. Y aún no nos hemos encontrado cara a cara con las verdaderas secuelas, que quedarán al descubierto cuando podamos volver a clases y ver realmente qué dejó esta pandemia. Lamentablemente todo indica que la pérdida del vínculo con las escuelas, provocará un incremento de la deserción escolar.

No solo estamos en emergencia social, también estamos en emergencia educativa. Reconocerlo es básico, no hay solución posible sin un diagnóstico acertado. Somos muchas las naciones en la misma situación, eso explica el documento que publicó días atrás la Comisión Internacional sobre los futuros de la Educación de la UNESCO, con una serie de recomendaciones para orientar a los países y sus sistemas educativos respecto al compromiso global post Covid-19, para garantizar el acceso a una educación de calidad.

El mundo crujió con la pandemia, estamos todos atravesando los mismos problemas, sólo que hay países, como el nuestro, en los que la exclusión educativa es preexistente, por lo que superar la crisis, atravesada por las profundas desigualdades que estaban ahí mucho antes de la pandemia, será más complicado que para aquellos no sufren ese obstáculo.

El Covid-19 puede ser una oportunidad para repensar nuestro sistema educativo. Claro que para hacer las cosas distintas hay que estar dispuesto a asumir las dificultades y los costos, que generalmente son muchos y políticamente muy caros. Tal vez la pandemia nos permita asumir que son demasiados los que quedan afuera, que hablamos mucho de inclusión, pero refiriendo a una inclusión que solo incluye a los que ya estaban incluidos, que casi no hablamos de los que quedan atrás, que casi no tenemos datos, que no los nombramos, que son invisibles. Tal vez podemos asumir que la escuela tiene que ser para todos y plantarnos desde ese nuevo principio.

No en vano la recomendación que encabeza el documento de la UNESCO, es “fortalecer el compromiso público de la educación como bien común”. Aconsejan un nuevo pacto socio educativo, y nosotros lo necesitamos a gritos. Para Argentina es fundamental hacer carne que el éxito o fracaso del sistema educativo impacta en toda la sociedad y tiene consecuencias sociales y económicas. El desarrollo de nuestro país depende de la educación.

Después de haber entendido claramente que nuestro futuro está atado a la educación, viene todo lo demás: democratizar el acceso a las tecnologías y los contenidos digitales, con tecnologías libres, gratuitas y abiertas para todos los docentes y alumnos. Revalorizar la profesión y el rol docente ofreciendo mayores oportunidades de formación y perfeccionamiento y mejoras salariales, además de propiciar un proceso de evaluación continua.

También tendremos que repensar el aula tradicional, después de todo lo que pasamos y todo lo que hicimos, no deberíamos regresar y hacer lo mismo que supuestamente podíamos hacer desde casa. La pandemia demostró que el aprendizaje ocurre todo el tiempo en todos lados, incorporar esa diversidad y reflejarla en lo curricular, indicaría que pudimos capitalizar parte de lo que nos pasó.

Necesitamos imperiosamente volver a las aulas, pero tenemos que volver distintos. La educación y el sistema educativo tienen que tener la centralidad que no han tenido en décadas. Hablemos de educación, discutamos de educación, hablemos de políticas públicas, polemicemos, debatamos, analicemos, pongamos la educación en el corazón de la agenda, porque en la educación nos jugamos el futuro.

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