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Nosotros, los artífices del tránsito

No, no y no. Ni el tránsito es un caos, ni desconocemos las normas viales, ni hay poco espacio para los autos.

Dejemos de justificarnos: el tránsito es lo que hacemos de él, nosotros somos los caóticos, nosotros somos los que sabemos las normas y no las respetamos y nosotros somos los que hacemos un uso abusivo de los vehículos particulares convirtiendo las calles en un enjambre endemoniado, sobre todo en horas clave como el ingreso y egreso escolar y la hora de llegada y salida laboral.

Por ende, las frases que pontifican que “el tránsito es un caos” o que “la gente maneja muy mal”, deberíamos reemplazarlas haciéndonos cargo de la parte que nos toca, es decir “hacemos un tránsito caótico” y “manejamos muy mal”.

Todos somos el tránsito, la “gente”, como sustantivo colectivo es fantástico, pero en este caso no simboliza a nada ni nadie, es indeterminado y el único propósito que persigue es dejarnos afuera de esa “gente”, salvarnos y diferenciarnos del conjunto. Somos parte del conjunto y artífices del tránsito nuestro de cada día.

Las campañas de educación vial son importantes, aguijonean sobre el tema y contribuyen a crear conciencia sobre las consecuencias de irrespetar las normas de tránsito, sobre los desenlaces trágicos posibles y las secuelas de la desaprensión al volante, pero son insuficientes. Y son insuficientes básicamente porque la raíz de este problema no radica en el desconocimiento de la norma, sino en la increíble estupidez de manejar haciendo caso omiso de lo que indican las buenas prácticas.

Al que logre desentrañar por qué insistimos en conducir como si los aspectos normativos fuesen irrelevantes le damos un premio, porque resulta simplemente inexplicable. No nos interesa hacer un tránsito seguro, no lo hacemos porque no queremos, así de simple, así de claro, así de patético.

Difícilmente encontremos alguien al volante que no recuerde los aspectos específicos más destacados de la ley, que no sepa el significado de las señales viales, aún de las menos frecuentes, que no sepa con certeza cuáles son los niveles de alcoholemia permitidos para profesionales y particulares. Eso demuestra que el conocimiento no implica per se un buen comportamiento vial, hay estudios que demuestran que la educación ayuda a mejorar, propicia una actitud más responsable, pero no siempre modifica las conductas todo lo que se supone debería. Es decir que más educación no garantiza mayor responsabilidad al volante.

Vayamos a un ejemplo práctico y cotidiano: es impensado suponer que alguien ignora los efectos peligrosos de consumir alcohol antes de conducir, o que no sabe cuáles son los límites permitidos, sin embargo, no hay control de nocturnidad en el que un porcentaje de los conductores, habitualmente cercano al 30%, no haya excedido lo que establece la ley. Ergo: conocen lo permitido, pero deciden incumplir el límite.

Respecto a quienes sostienen que la ciudad ha crecido y cada vez hay menos espacio para los coches, que es menester ampliar los lugares de estacionamiento y facilitar la circulación de un número mayor de vehículos, vale aclararles que hacerlo sería una solución cortoplacista que sumaría mayores problemas a futuro.

Invertir en más infraestructura implicaría dar cabida a un parque automotor mayor y, por ende, reencontrarse con los mismos problemas de falta de espacio en muy poco tiempo, eso sin contar que propiciaríamos el impacto negativo que los autos tienen sobre el medio ambiente y también sobre la salud. Está claro que las alternativas deberían direccionarse en el sentido contrario, favoreciendo el uso de formas de movilidad colectivas, más seguras, equitativas y por supuesto, sostenibles.

Son muchas las medidas y los controles que se pueden disponer para mejorar la problemática, el abanico incluye desde obras de infraestructura vial a controles permanentes dispuestos en distintos puntos de la ciudad con penalidades severas para aquellos conductores que infrinjan la ley, sin embargo, la mejor de todas las soluciones sigue estando en nosotros, en nuestra cultura vial, en la capacidad que tengamos de tomar conciencia de nuestros errores, distracciones e infracciones, y cuando decimos nosotros, lo hacemos en referencia a todos, tanto automovilistas, como motociclistas y peatones.

Necesitamos empezar a respetar la ley y al prójimo, aprender a transitar por las calles con la plena conciencia que el tránsito sólo es un caos si lo hacemos caótico y que lo que ocurra en las calles y las rutas depende pura y exclusivamente de la responsabilidad de cada uno de los que circulamos.

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