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No queremos, no podemos querer

No queremos, si lo pensamos bien no queremos, no, no podemos querer volver a la normalidad, porque nuestra “normalidad” era desastrosa, porque nuestra “normalidad” no era normal. Está claro que extrañamos nuestra vida antes de la pandemia, que llevamos meses inmersos en una situación excepcional que ha cambiado todo. Somos la primera y única generación en toda la historia de la humanidad que ha atravesado algo así, por primera vez literalmente hemos parado el mundo y nos hemos encerrado en nuestras casas. Es muy angustiante, pero no tanto como para que no podamos ver que no queremos volver a la misma situación de la que venimos.

Si simplemente quisiéramos recuperar nuestro anterior status, estaríamos perdiendo la oportunidad histórica de haber aprendido algo. Porque tanto esfuerzo, tanto sacrificio y tanto encierro, por lo menos tiene que servir para que podamos reflexionar. Como mínimo tendrá que reordenar nuestras prioridades.

Sabemos que a la salida nos espera una crisis que será la madre de todas las que hayamos vivido, que nuestro sistema productivo está despedazado, que se suman pobres a la lista escandalosa que ya teníamos, que habrá más gente desempleada, más jubilados desesperados, una educación peleando por recuperar los meses sin presencialidad y un sistema de salud que no sabemos ni de cerca en qué condiciones quedará. Sabemos que nos espera un futuro muy incierto y delicado, pero nadie puede quitarnos el derecho a aspirar a algo distinto.

¿Alguien en sano juicio puede querer volver a una normalidad en la que tantos sufren, en la que tantos son vulnerables, pobres, indigentes, en la que tantos no tienen ni para comer todos los días? ¿Alguien en su sano juicio puede querer volver a una normalidad signada por miles de desempleados, crisis sucesivas, injusticias, asimetrías, amigos de poderosos enriquecidos en un santiamén? ¿Alguien en su sano juicio puede aspirar a seguir mirando para otro lado cuando tantas personas están sufriendo? Seguramente no queremos. No queremos volver a esa “normalidad”, porque no era una “normalidad” normal. Seguramente queremos algo diferente.

No podremos ahorrar ninguna herida, muchos habrán perdido a sus seres queridos, otros sus empleos y otros sufrirán más precariedad, pero sí podremos dejar muy claro que no estamos dispuestos a seguir como hasta ahora, que “lo de antes” no es lo que queremos de ahora en más. Seguramente queremos una vida distinta, una en la que nadie sea descartable, invisible, vulnerable, en la que todos tengan garantizados sus derechos y su bienestar, seguramente queremos una normalidad que sea normal, no una insolidaria e injusta.

Seguramente no queremos seguir escuchando excusas grandilocuentes que oculten lo importante. Seguramente no queremos discursos lindos sobre lo que probablemente harán, seguramente preferiremos que hagan más y verbalicen menos, que no tenga más posibilidades el “más vivo”, o el “más amigo” o el “más acomodado”, seguramente preferiremos que no prime el sálvese quien pueda, que no nos resbalen la injusticia, la indigencia, la precariedad, el hambre, la corrupción ni los abusos.

Si lo pensamos bien no podemos querer que nos sigan diciendo que ya pronto, que la próxima, que lo que pasa es culpa de los que estuvieron antes, de las herencias, de las herencias de las herencias de las herencias, de la pesada mochila, que después, que pronto, que ya casi, que alguna vez, que quizás sí, que por ahí, que sí…entonces.

Para nosotros, el verdadero desafío no está en vencer al coronavirus, ni siquiera en cómo vamos a sobrevivir al coronavirus, sino en cuestionar lo que teníamos antes de la pandemia y aspirar a una mejor realidad, a un mejor país, a una sociedad más justa y más sana y sana no solo en el sentido sanitario, sino en todo el espectro de la palabra. Para nosotros, el verdadero desafío va mucho más allá de un virus.

Tarde o temprano el coronavirus pasará, antes o después esta pandemia será solo pasado, y cuando eso suceda, volveremos, pero nosotros no podemos querer volver a la normalidad, no era lo que queríamos ni para nosotros, ni para nuestros viejos, ni para nuestros hijos. Por eso, no queremos, no podemos querer.

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