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No importa quién tiene razón, importa el futuro

¿Cómo quieren que haga? Es simplemente imposible, no hay manera de cerrar la grieta con el nivel de aversión que se profesan. Si dice porque dice, si no dice porque no dice; si dice es un gesto engañoso, simbólico, con el que sólo intenta cosechar adhesiones, si no dice es porque no le importa y propicia el enfrentamiento. ¿Cómo quieren que haga?, de verdad, cómo, no hay manera.

Fue en el Día de la Independencia, fue en el discurso oficial para el que el Presidente eligió, a través de una reunión virtual en Olivos, una imagen de unidad, con la presencia de todos los gobernadores y representantes de distintos sectores, industriales, empresariales, sindicales. Quiso mostrar unidad en la contingencia, consenso en el intrincado camino que estamos atravesando, y además reforzó esa imagen simbólica de todos unidos en pos de un objetivo común más allá de las diferencias, con un discurso en el que en todo momento destacó y puso el valor el acuerdo en la disidencia.

“Vine acá a terminar con los odiadores seriales. No vengo a instalar un discurso único. Sé que hay diversidad, y la celebro y la propicio, lo que necesito es que sea llevada con responsabilidad”, dijo Alberto Fernández casi concluyendo el acto. Tuvo más gestos, cuando nombró uno por uno a los gobernadores, se refirió al jefe de gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta como “mi amigo”. También habló de unidad, de solidaridad y sostuvo que “el odio y la división nos posterga y paraliza”. “Todos unidos tenemos que construir la Argentina que se viene”, concluyó.

Convocó a todos los sectores, fue amplio, propició la unidad en el disenso, la tolerancia, puso por encima de cualquier diferencia el destino común al que debemos aspirar por el hecho de ser lo que somos, argentinos. Pero fue insuficiente, porque más tardó el Presidente en pronunciar su discurso, que los representantes más acérrimos de uno y otro sector en salir al cruce a taladrar sus palabras. La andanada de críticas llego de ambos lados de la grieta, propios y ajenos, pero se profundizó y trepó a lo más alto más tarde, luego del banderazo y las marchas en distintos puntos del país.

También hubo periodistas patrocinando las diferencias, de un lado y del otro: “señor Presidente, usted nos dice que va a terminar con los odiadores seriales y los odiadores están en su gobierno”, expresó Nelson Castro en una de sus columnas editoriales. “Piden libertad y ellos pueden romper la cuarentena” indicó respecto al banderazo Gustavo Sylvestre parado del otro lado. Era “la marcha de este grupo de odiadores seriales, rompiendo la cuarentena, mandando al contagio y a la muerte a muchas personas” y terminó con el dedo acusador en la frente de los que se manifestaron asegurando que “son los que instan a esta violencia en la Argentina”.

Son solo dos ejemplos entre miles, de todo lo que se escuchó. Solo dos ejemplos para graficar por qué todavía estamos lejos de cerrar las heridas del pasado. El intento del Presidente es valioso y muy significativo, pero mientras no se atemperen los ánimos de uno y otro lado, mientras no prime la autocrítica y unos y otros puedan aceptar que también son parte del problema, todos los esfuerzos de Alberto Fernández caerán en saco roto.

Aún algunos de sus funcionarios más cercanos piensan, a la hora de circunscribir los “odiadores seriales”, que son los otros, todos ajenos, que los propios no cuentan, que los propios no están equivocados ni propician el odio, a lo sumo los propios lo único que hacen es responder a la violencia que reciben, no dejarse insultar ni atacar gratuitamente. Son los otros. El calco de esa situación ocurre del otro lado. A la hora de decir quiénes son los odiadores, la mirada se dirige hacia los que no piensan como ellos.

La pregunta que se desprende es ¿cómo quieren que haga, o qué quieren que haga? Así es imposible, no hay manera de propiciar la unidad, de iniciar un camino conjunto, de trabajar en la búsqueda de consensos básicos. Si cada cosa que diga y cada gesto que tenga le van a saltar a la yugular, no hay forma. Estamos entrampados y vamos a seguir entrampados si no nos disponemos a dialogar y a ceder, hay que ceder para acordar, para arribar a un pacto, para empezar, para dar el primer paso. Hay que estar dispuesto a ceder. A esta altura ya no importa quién tiene más o menos razón, importa el futuro. Pero al futuro hay que construirlo y así no hay manera.

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