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Necesitamos que tarde un poco más

¿Qué se hace cuando el mundo se cae a pedazos? Wall Street se desploma, reabre y vuelve a desplomarse. Las aerolíneas pronostican su quiebra para dentro de un par de meses como máximo. Al riesgo país, que mide nuestras perspectivas económicas, no le alcanzan los numeritos para reflejar nuestra dimensión negativa. El turismo está al borde del colapso o ya colapsó. Parece ser que la diosa fortuna está perdiendo la batalla ante este monarca viral que detenta la corona, al menos momentáneamente.

¿Donde se guardará el petróleo que será imposible consumir? ¿Los trabajadores del mundo, en que trabajaran? ¿Para qué consumidores? ¿Los magnates y ricos del planeta, en qué lugar disfrutarán sus fortunas? ¿A puertas cerradas, como el laburante mas humilde? ¡Caramba lo que puede un virus!!! Evidentemente, no sólo la muerte nos iguala.

Corren días aciagos, vivimos envueltos en noticias de contagios y defunciones, mareados por números que marcan minuto a minuto el avance de un enemigo invisible contra el que no tenemos armas. Vivimos aferrados a la medicina, que hemos despreciado, desinvertido y minimizado por estar entretenidos en necesidades pasatistas, distraídos por ostentaciones y suntuosidades en las que creíamos que nos iba la vida. Aislados y aterrados sólo esperamos: esperamos que esto pase, esperamos no contagiarnos, esperamos que acá no llegue, esperamos que el brote nos perdone y perdone a los nuestros, que no se los lleve, que no nos roce, esperamos la salvación, esperamos una cura, esperamos una vacuna que nos ampare, que nos proteja, que nos salve.

Una vacuna es lo que más deseamos en el mundo, estamos expectantes de los chinos y los alemanes, que son los que parece que la tienen ahí, que casi pueden, que un poco más y listo, nos salvamos todos y el mundo se calma y vuelve a sus carriles normales, vuelve a las asimetrías cotidianas, vuelve a poner a cada uno en su lugar, vuelve a los magnates a sus lujos, a los mercados a sus negocios, a los pobres a su hambre y a los del medio a sus rutinas y aquí, aquí señores, no ha pasado nada.

¿Y si mejor no deseamos la bendita vacuna? ¿Y si mejor no aparece? Al menos no hasta que no hayamos aprendido la lección, hasta que no hayamos hecho carne la conciencia de clase, pero no la de los sistemas políticos, que son en definitiva los sistemas económicos, sino la conciencia de clase humana, la básica, la primaria y primordial, la que nos regresa a la esencia misma de lo que somos como especie, la de la solidaridad, la empatía y el altruismo, la de la filantropía, la bondad y el civismo.

Mejor que no llegue la bendita vacuna hasta que no nos duela el prójimo, hasta que no nos miremos como iguales, hasta que no reventemos de benevolencia y generosidad, hasta que no hayamos hecho carne que la equidad entre humanos es tan necesaria como el oxígeno y claro, como la bendita vacuna contra este virus.

Comprenderá que nos falta, entenderá que ese que viola la cuarentena en tiempo de cuidarnos todavía no entendió de qué va, que ese es el mismo al que en tiempos de calma le da por coimear, sacar ventaja, practicar la “viveza criolla”. Ese, ese mismo que si por desgracia le llega a tocar ser víctima de este flagelo, es el que va a gritar a los cuatro vientos que paga una obra social y merece ser atendido ya, antes que otro, antes que nadie, el que va a denunciar que las autoridades, los médicos, el sistema de salud y todos los que le están poniendo el pecho a la enfermedad no estuvieron a la altura de las circunstancias. Ese, ese mismo que si le llega a tocar, se va a morir de miedo, que va a temblar de susto, es mismo que mientras tanto, literalmente, se “cagó” en sus semejantes, en todos y cada uno de sus semejantes.

Necesitamos que tarde un poco más, para que los que se creen superiores bajen de sus pedestales, para que los fachos convencidos que los distintos son desechables, se curen de soberbia y arrogancia. Necesitamos que los cuatros de copa endiosados por su propia vanidad, esos que olvidaron de donde vienen, esos que señalan y califican al prójimo de sudaca, paki, moro, bolita, se rompan la nariz contra la realidad, que se den cuenta hasta qué punto de iguales somos los iguales.

Por todos esos, necesitamos que llegue, pero que cuando lo haga, la pandemia haya lavado el mundo de soberbios, estúpidos racistas e imbéciles consuetudinarios.

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