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No podemos ni debemos

Nuestra lista de "Lucas" es larga, este no es un fenómeno nuevo en Argentina. 

No hubo ningún tiroteo, no hubo ningún enfrentamiento, no eran delincuentes, no hubo ningún confuso episodio, lo mataron. A Lucas González, de 17 años, lo asesinaron de dos tiros en la cabeza, la policía lo mató, los que nos cuidan y nos protegen, los que tenían que cuidarlo y protegerlo, esos, lo mataron. Lo mataron y después inventaron un relato, trataron de disfrazar lo que ocurrió mintiendo, pero tan burdamente, que no pudieron.

No es el único, no es el primero y es muy probable que no sea el último. ¿Cómo permitimos que pase esto, cuánto nos importa que la policía mate a pibes jóvenes, por qué lo permitimos, por qué? Un estudio del CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales) indica que el 68% de las personas muertas por las fuerzas de seguridad tenía entre 17 y 27 años. Cumplían con la imagen estigmatizada del varón joven, morocho y pobre, cumplían todos los requisitos para que la violencia institucional apuntara y disparara.

Nuestra lista de “Lucas” es larga, este no es un fenómeno nuevo en Argentina. Suena cruel, pero está claro que el lugar en el que naciste, la familia en la que llegaste al mundo, marca en parte tu destino, sella tu suerte y precinta tu futuro. Es tan perverso como cierto que la violencia institucional descarga su rabia y criminaliza en virtud de elementos que están más allá de la previsión legal. Sobran los ejemplos que demuestran que las fuerzas policiales tienen criterios y pautas de interpretación que no se ajustan a la ley, sobran ejemplos que demuestran lo lejos estamos de haber dejado atrás episodios como los que magistralmente narran en Rati Horror Show Enrique Piñeyro y Pablo Tesoriere, en el documental que registra la manipulación posterior a la masare de Pompeya.

Repasemos cuántos “confusos episodios” tenemos en nuestro haber, cuántos “enfrentamientos” irreales, cuántos Lucas llevamos en nuestra lista luctuosa. Cómo olvidarse de Luciano Arruga que “desapareció” a los 16 y encontraron su cuerpo enterrado como NN en un cementerio de la capital. Cómo no recordar a Luis Espinoza, de 31, que recibió un balazo en la espalda en Tucumán y apareció en un barranco. O de Florencia Magalí Morales, de 39, que no sabemos cómo fue encontrada ahorcada en una comisaría de San Luis. O de Alan Maidana, de 19, asesinado por la espalda en provincia de Buenos Aires. O de Lucas Barrios, de 18, que recibió la misma cantidad de balas que sus años porque supuestamente quiso robarle a un policía federal. O de Facundo Astudillo Castro, de 23, que desapareció después de ser retenido por la Bonaerense y fue encontrado misteriosamente ahogado 107 días después.

Ellos y cuántos más, cuántos Lucas, Luciano, Luis, Florencia, Alan y Facundo más que no conocemos, cuántos más hay y cuántos más vamos a permitir. Cuántos “confusos episodios”, cuántos supuestos “enfrentamientos” más vamos a tolerar. Lucas González tenía sólo 17 años, volvía del entrenamiento junto a 3 amigos que habían ido a probarse en las inferiores de Barracas Central, los persiguió un vehículo sin placas, nadie se identificó, eran policías de civil, los chicos nunca lo supieron porque jamás se identificaron, simplemente les dispararon y asesinaron a Lucas de dos tiros en la cabeza, no uno, dos. La policía, las fuerzas de seguridad, los que tenían que cuidarlo, esos, lo mataron.

¿Qué habían hecho estos chicos, cuál fue el crimen, vivir en un barrio humilde, ser morochos, llevar gorras, portación de cara? ¿Qué medió entre “tratar de identificarlos” y disparar, entre “tratar de identificarlos” y apretar el dedo en el gatillo? ¿Qué hubo después, cuando armaron una mentira, cuando empezaron a construir un relato para simular que pasó lo que no pasó? ¿Están acostumbrados a hacerlo, es una práctica normal?

No podemos ni debemos aceptar convivir con un aparato policial que estigmatice, no podemos ni debemos convalidar la criminalización, no podemos ni debemos tolerar la violencia policial, no podemos ni debemos consentir acciones ilegales por parte de las fuerzas de seguridad que son las que deberían cuidar las vidas y los bienes de todos los ciudadanos, las que deberían estar al servicio de la sociedad. No podemos ni debemos, no podemos ni debemos, no podemos ni debemos.

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