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Los grandes temas

Otra vez lo que recibimos, otra vez con la vista clavada en el espejo retrovisor, otra vez ciegos de autocrítica, siempre con el dedo apuntando hacia atrás. La “herencia recibida” o “lo que nos dejaron”, es el paraguas que justifica todo. Es el eterno círculo vicioso en el que nos enredan gestión tras gestión, incluso antes de llegar al cargo. De hecho, muchos llegan con la promesa de superar la situación de emergencia en la que nos dejó su antecesor y así seguimos mandato tras mandato sin discutir los grandes temas: qué vamos a hacer para que nuestro país funcione, cómo vamos a poner a andar la economía, cuándo vamos a dejar de estar en crisis, cuándo vamos a ver que disminuye el número de pobres, que aumentan las fuentes laborales, se recupera la economía, a los jubilados les alcanza, los docentes cobran bien, la justicia es justa, y a la política llegan los mejores. Cuando, cuando, cuando.

¿Escarmentaremos? ¿En algún momento nos decidiremos a poner en marcha esta Nación, nos pondremos de pie o seguiremos navegando en medio de un clima enrarecido por los que siempre parecen más interesados en alguna de sus disputas por las migas del poder, que en trabajar por el país? No tienen apuro por aportar soluciones, total, sus bolsillos no sufren las consecuencias que padece el resto, ganan muy bien. No tienen apuro, ni en este contexto de gran ahogo y sufrimiento asumen la responsabilidad impostergable de trabajar desesperadamente para ayudar a los miles y miles que necesitan la puesta en marcha de la economía porque ya no pueden substir. No tienen apuro, no tienen gestos solidarios ni públicos ni silenciosos, ni en este escenario de agobio son capaces de asomar la cabeza de sus enclaustrados intereses para dignarse a dialogar sin confrontar, para buscar respuestas y soluciones.

Nuestro panorama es inquietante e impostergable, pero ni así escarmentamos. Siguen cuidando la quintita, la pyme personal, trenzando, dividiendo y subdividiendo, con los de adentro y los de afuera, pasando cada gesto por la calculadora electoral, no vaya a ser que algo ponga en peligro su minúsculo universo de poder. Primero lo primero: cuidar el reino, los privilegios, el espacio ganado y, en lo posible, expandir los dominios. Después todo lo demás.

Cómo no van a estar enojados, enfurecidos, los que no pertenecen a ese círculo de elite en el que no hay necesidad de esfuerzo para tener una vida más fácil, poque alcanza con pertenecer para recibir, como maná del cielo, una lluvia de beneficios, rentabilidades y ayudas sólo por el hecho de integrar determinado círculo. Cómo no van a estar contrariados los que se quemaron las pestañas, tienen un título y apenas consiguen arañar fin de mes con salarios magros. Cómo no van a tener los ojos puestos en Ezeiza y un lugar que aunque los aleje de sus afectos y su tierra, les permita pensar en un mejor horizonte.

Necesitamos restaurar la economía, pero también es imperiosa una reconstrucción ética y cultural de nuestros preceptos, no tenemos futuro si no entendemos como esencial un cambio de paradigma. No podemos pensar en mañana con una sociedad fragmentada, seducida por planes irracionales o expectativas de crecimiento sin esfuerzo. Tenemos que cambiar nosotros y exigir un cambio sustancial a la dirigencia de todo el arco político, tenemos que reclamar que discutan sin confrontaciones personales, los grandes temas, que hablen de nosotros y no de ellos, que hablen de nuestros problemas y no de cómo se posicionarán de cara a las elecciones de medio término del año próximo.

Y también necesitamos a los mejores, que no son ni los hijos de, ni los amigos de, ni los militantes de, ni los, ni los, ni los. Los mejores son los que se prepararon, los que ocupan un lugar luego de un concurso de oposición y antecedentes, los que tienen pergaminos suficientes para aportar nuevas soluciones a viejos problemas. Esos son los mejores.

Entonces, lo que necesitamos: ni mirar para atrás culpando la “herencia recibida”, ni mirar para adelante viendo cómo asegurar el carguito en las elecciones que siguen, y escarmentar, sobre todo escarmentar. Espantarnos de dónde y cómo estamos, ser autocríticos, exigir y convocar a los mejores, a los más capaces, a los idóneos en cada tema en cada una de las estructuras de decisión y ejecución del Estado. Y por supuesto, discutir de verdad los grandes temas de Argentina, para poner en marcha la Nación.

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