DEPORTE | Aconcagua | Mendoza

Lorenzo y un regreso con gloria

Lorenzo Re tuvo un recibimiento muy emotivo en la terminal de ómnibus de nuestra ciudad, cuando bajó del micro que lo trasladó de la capital mendocina a Pico.

No era para menos semejante festejo, ya que este piquense de sólo 26 años logró el fin de semana pasado llegar a la cima del Aconcagua (6.960,8 metros), el pico más alto de Sudamérica.

“Lo vivido fue inolvidable, uno no puede parar de recordar momentos de lo que fue ese ascenso, pero volver a casa, estar acá recibiendo tanto reconocimiento es muy lindo”, aseguró este joven montañista, farmacéutico de profesión, pero fanático de de este tipo de aventuras.

“Desde que tengo uso de razón, siempre me gustó estar en contacto con la naturaleza. Andar por lugares diferentes, y siempre me gustó mucho más la montaña que la playa, por comparar lugares que uno elige para recrearse o vacacionar”, recordó Lorenzo sobre sus inicios.

“La montaña siempre me gustó desde la inmensidad que tienen este tipo de picos, donde uno parece más chiquito aún ante semejante presencia, por eso, poder llegar a concretar una escalada de esta magnitud, para mí es lo máximo”, insistió.

“De todos modos la decisión de hacer montañismo se dio este año -aclaró- y fue clave contactarme con Pablo García, con el que he entrenado y fue el que me ofreció hacer el Aconcagua. Fue así que primero hice fue escalar el Adolfo Cayo, que es un pico de 4000 metros en Vallecito, algo que concreté en marzo. Y ahí no paré más. Pensé en hacer el Lanín, pero esa idea quedó postergada. Así que surgió lo de la cumbre del Aconcagua y dije, ¿por qué no?, si lo hicieron otros”.

“Obviamente que viví todo eso como un sueño que de a poco fui viendo más cercano en cada paso de la preparación que hice con el guía Sebastián García, con el que terminamos escalando al ‘Titán’ o ‘Techo de América’, como se lo apoda”, narró Lorenzo.

Sobre cómo terminó de tomar la decisión de escalar este gran pico de la cordillera de Los Andes, el relato fue el siguiente: “Programamos un plan distinto a lo que muchos hacen, que es encarar directamente la escalada. Seba ordenó una aclimatación que consistió en volver a hacer el Adolfo Cayo el primer día. Después subimos a un campamento algo más alto, de 4.200 metros de altura. Tuvimos un día de descanso y al siguiente hicimos cumbre en el Plata, que se dio después de 10 horas de caminata y llegar a casi seis mil metros de altura”.

“Con esa escala dimos por terminada la aclimatación donde evaluamos cómo estaba. Seba me dijo que me veía bien, yo me sentía física y mentalmente bien -recordó-, pero igual estaba la duda de cómo iba a responder mi cuerpo en la altura, que es algo endógeno en cada uno. Porque puede pasar que el cuerpo reaccione bien, pero también se puede dar que los pulmones te digan no y no podés subir, ya que el riesgo de edemas pulmonares o cerebrales es muy alto”, acotó.

Mano a mano con el guía

Siguiendo con el relato de cada paso dado en este gran logro, Lorenzo recordó que luego de esa aclimatación se tomaron dos días en la ciudad de Mendoza “para acomodar las cosas, lavar la ropa del equipo y ahí nos despedimos de una parte del grupo que había hecho la cumbre en el Plata y se volvió a Córdoba, sin encarar el Aconcagua”.

“Fue así que quedamos mano a mano el guía y yo -siguió-. Sebastián programó el denominado Aconcagua-express, porque dijo que me vio capaz, me vio fuerte para hacerlo en cinco días. Eso implicaba un ritmo importante, saltar campamentos e intentar la cumbre”.

En el recorrido la primer frenada fue en Penitentes, que es un lugar turístico muy conocido por las pistas de esquí. En ese refugio pasamos la noche y al otro día encaramos la mayor distancia que tiene la escalada, que fue desde la base de Horcones hasta plaza de Mulas, que son 27 kilómetros”.

“Esa distancia se debe recorrer porque uno puede encarar la montaña por la ladera sur, pero están los glaciares y todo se complica, de ahí que tuvimos que rodearla por la cara oeste, la parte de atrás, que es más fácil de transitar pero muy desgastante igual”, puntualizó.

“Recuerdo que en el tramo final de ese recorrido nos agarró nieve, llegamos de noche al campamento, donde armamos la carpa, pasmos la noche y tipo 8 o 9 del día siguiente nos levantamos, desayunamos y aprovechamos para hacer el cerro el Bonete, que es otra cumbre que tiene algo más de cinco mil metros y nos sirvió para seguir estirando las piernas, pero especialmente para tener unas vistas del Aconcagua increíbles”.

En este relato detallado, Lorenzo comentó que “a la vuelta del Bonete tuvimos un día de descanso, donde aproveché para matear con los guardaparques, que lo conocen muy bien a Seba y cada charla, cada anécdota sumó una enormidad a la experiencia que abarcó este desafío”.

“Después de plaza de Mulas llegaron los campamentos de altura, que son tres en total. El primero está a cinco mil metros y es plaza Canadá. Quinientos metros más arriba esta Nido de Cóndores y el tres y cuatro es Colera y Berlín, ambos a seis mil metros. Nosotros -aclaró- decidimos hacer hasta Nido de Cóndores, que es uno de los campamentos más lindos, por las vistas del atardecer que uno tiene, aunque recuerdo que llegué a ese lugar algo complicado con el mal de alturas, porque cada vez se hacía más pesada la mochila, donde había unos 18 kilos entre ropa y comida para los dos días que íbamos a estar escalando”.

“La cumbre es la mitad del camino”

“Una vez en Nido de Cóndores, la decisión fue tirar directamente desde ahí la cumbre al Aconcagua. Por eso dejamos en ese lugar la carpa y otros elementos que no íbamos a necesitar y lo encaramos, también aprovechando la ventana climática que teníamos, donde se indicaba que íbamos a tener buen clima el domingo y el lunes. Ya el martes y el resto de la semana se venían los vientos, que después nos enteramos que fueron ráfagas de 80 kilómetros que nos nos hubieran dejado llegar”.

“Fue así que el domingo fuimos por la cumbre, sabiendo que si algo fallaba también teníamos el lunes de chance de lograrlo. Recuerdo que cenamos tipo ocho y media y nos acostamos a dormir hasta las dos de la madrugada que sonó el despertador”.

Lorenzo reconoció que pudo dormir bien. “Estaba muy concentrado en todo lo que Sebastián me indicaba y eso me daba seguridad y tranquilidad para aprovechar las horas de descanso”, acotó.

“La noche estaba bárbara, sin mucho frío, con viento calmo, todo listo para que lo logremos. Así que fuimos por el gran objetivo a las 4 y 10, en el momento en que la luna se iba poniendo sobre el horizonte con un color rojo intenso que no me olvidaré jamás”.

“Y en el campamento en Cólera empecé a sentir mucho frío y Seba me aclaró que eso iba a ser hasta que el sol subiera por sobre la montaña. Fue así que se me congeló la barba -recordó- pero después los rayitos de sol hicieron todo más agradabe, hasta llegar al campamento Plaza Independencia, que está muy abandonado, ya no se usa, pero en su momento el General Perón lo había hecho construir. Ahí estuvimos un rato tomando un té, comiendo frutos secos, turrones, garrapiñadas, para tener más energía o recuperar las perdidas”.

“Y de ahí nos quedaban los dos tramos más difíciles de la montaña: la travesía y la canaleta. En el medio está la cueva como último lugar de descanso donde estuvimos unos 45 minutos. La travesía fue la parte que más me costó -recordó- porque la altura se hace sentir, las piernas pesan mucho y fue el momento en que pensé ‘hasta acá llegué’”.

“Ahí las palabras de Sebastián fueron claves, ya que me pidió que descansara lo que pueda, pensara en todo lo que ya había hecho y lo poco que faltaba. Fue en ese instante que miré hacia atrás y me dije: ‘mirá todo lo que hiciste, ¿cómo te vas a quedar acá?’. Y con lo que me quedaba llegué hasta la cueva, donde el guía me recomienda dejar la mochila y se ofreció llevarme las banderas para la foto arriba, algo que me tocó el orgullo y le respondí que no. Yo llegaría hasta donde pueda pero con mis cosas, así que descansamos en al cueva pero cargué todo y me propuse disfrutar lo que faltaba, como había disfrutado todo lo anterior, algo que me permitió llegar finalmente”.

Al pedirle que recree lo que ocupó su cabeza en el momento que hizo cumbre, Re no dudó en mencionar a “su familia, que sufre un montón por mis ocurrencias, pero que sabía que iba a estar muy orgullosa cuando le contara. Y de todos los que me habían ayudado a lograr estar en el lugar más alto de la cordillera. Así que me senté, porque estaba muy cansado, pero disfrutando como nunca, porque no sé cuándo volveré a sentir una cosa igual”, confesó.

“Está bueno decir que ahí también fue importante recordar que la cima es la mitad del camino. Por lo tanto empezamos a planificar el descenso, que lo hicimos junto a dos estadounidenses y su guía que habían llegado un momento antes, y a un francés que llegó después y muy mal, algo que obligó a la patrulla para hacerlo bajar”.

“Por eso no nos relajamos ni nos desconcentramos, al menos hasta llegar a plaza de Mulas, donde hubo tiempo para todo, ya sea para postear fotos y festejar algo increíble”, resaltó.

Ahora qué... Lorenzo aseguró que “quiere disfrutar lo conseguido, descansar, pero ya tratando de volver a entrenar”.

Pensando en qué, le preguntamos, “en el Ojo del Salado, que es el volcán más alto de Sudamérica. Está en Catamarca y lo intentaremos, nuevamente con Sebastián García, en el mes de marzo aproximadamente”, finalizó.

Dejá tu comentario