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Lo que está en juego es la salud pública

No puede ser tan complicado, se trata de un deber cívico, de una responsabilidad individual, de cuidar al prójimo. La gran incógnita es ¿por qué nos cuesta tanto cumplir la ley, por qué lo primero que nos nace es la desobediencia de las normas? ¿Por qué tendemos a discutir hasta lo indiscutible y, hecha la ley, tratamos de encontrar la trampa? ¿Es tan difícil entender que cumplir con el aislamiento obligatorio es una cuestión de salud `pública, que no cumplir con la cuarentena es un delito grave?

El caso del hombre captado por las cámaras de seguridad de un edificio en Vicente López es el ejemplo perfecto de lo que no deberíamos ser. El sujeto en cuestión violó la obligación de cumplir cuarentena tras volver de un viaje a Estados unidos y atacó a golpes al vigilador del edificio que le advirtió por su actitud irresponsable. La increíble escena fue repudiada hasta por el propio presidente Alberto Fernández quien advirtió que “este señor va a pagar las consecuencias de lo que ha hecho, más allá de las lesiones, ese señor es un verdadero irresponsable”.

Tiene razón el Presidente, sólo que ahora, además de un “verdadero irresponsable” es un señor que enfrenta una causa por lesiones y amenazas y enfrentará otra por infracción de los artículos 205 y 239. El primero es la figura que protege la salud general y el segundo al delito de desobediencia del Código Penal, ambos vinculados con la propagación de la pandemia. El señor, que paradójicamente se apellida Paz, además de irresponsable, es un estúpido.

Incumplir la cuarentena es un delito contra la salud pública y es un delito doloso, es decir que se considera que quien lo comete tenía voluntad deliberada, lo hace a sabiendas de su carácter delictivo y del daño que puede causar. Vale aclarar que es un delito formal, que se consuma por la simple acción con independencia total del efecto o daño y de la intención, es lo opuesto al delito material. No requiere que el virus efectivamente se contagie a alguien ni que la propia persona esté contagiada, el delito en sí es no cumplir las normas de profilaxis y prevención establecidas por la autoridad nacional, provincial o municipal.

Si bien el caso de Paz se viralizó y fue el de mayor repercusión mediática, no fue el único, hubo varios más, como el de la mujer detenida en la provincia de Córdoba tras violar el protocolo luego de regresar al país desde India con síntomas compatibles con la enfermedad. Tenía fiebre, tos y dolor de garganta, pero aún así decidió trasladarse en ónmibus hacia su ciudad sin solicitar atención sanitaria. Fue necesaria la intervención de la justicia y montar un operativo policial para detenerla y trasladarla a un hospital donde finalmente se inició el protocolo correspondiente. Otra estúpida, tan indolente como Paz.

Y tampoco son los únicos, hay varios más, aunque sus historias no se hayan viralizado ni hecho públicas, están los que cumplen la cuarentena a medias, los que no van a trabajar pero van al super o al gimnasio o no se pierden el asadito del domingo con amigos, los que van a un cumpleaños, o salen a tomar algo a un pub. Creen que con no ir a trabajar es suficiente, o peor, aprovechan para no ir a trabajar y usan la cuarentena de vacaciones. No les importa la ley, no les importan las penas, no les importa. No son negligentes, son estúpidos y desidiosos.

Para que esto funcione tiene que mediar la responsabilidad social e individual. Sin terror, sin psicosis, sin exageraciones, pero cumpliendo a rajatabla las indicaciones de las autoridades sanitarias. Esa es la única manera de que esto funcione.

Si fúeramos una sociedad responsable otra sería la historia. Pero lamentalblemente tenemos grabado a fuego en nuestro ADN la “viveza criolla”, que puede ser muy criolla, pero de viveza tiene poco y nada. Es nuestra anomia moral y cultural, nuestra marca en el orillo hundida en las raíces de nuestras prácticas; la indiferencia por el bien común y la falta de respeto de las normas es parte de nuestra idiosincrasia. Lamentablemente la anomia es constitutiva de nuestro comportamiento, somos proclives a omitir, alterar, reemplazar o simplemente, desobedecer.

No puede ser tan complicado entender que lo que está en juego es la salud pública y que hay cosas, como dice el querido Joan Manuel Serrat en Algo Personal, “que no tienen repuesto” y precisamente por eso, con esas cosas, no se jode.

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