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Llovido sobre mojado

Sobre llovido, mojado. Como si no tuviéramos suficientes problemas para resolver, como si a la agenda de nuestras perentoriedades le faltara algo, los últimos días suman una urgencia a la urgencia. La renuncia de la ministra de Justicia Marcela Losardo, sumada al desmanejo del tema, son el espejo que refleja la salud política que transitamos.

Como si la renuncia per se no constituyera una cuestión de grave calibre institucional y no ameritara un manejo sumamente cuidadoso, el Presidente eligió un estudio de televisión para anunciar que le aceptaba la renuncia al cargo y no tuvo reparos en comentar en ese espacio quiénes podrían ser los posibles reemplazantes. Una impericia imperdonable para un político de trayectoria como es Alberto Fernández, e inaceptable, dado que es nada menos que el Presidente, abordando un tema de Estado, como es el alejamiento del cargo de una ministra.

Intentó la amabilidad y apeló a la cercanía que lo une desde la juventud con Marcela Losardo. “Marcela está agobiada”, indicó para explicar por qué había decidido alejarse del cargo. Omitió decir por qué está agobiada, qué es lo que la llevó a ese estado de ánimo, por qué una persona de tanta experiencia se siente abatida e imposibilitada de seguir adelante con su función, qué situaciones provocaron semejante grado de tensión y desgaste para que finalmente, tomara la grave decisión de alejarse del ministerio.

Esgrimió una pseudo explicación relacionada con Stornelli, dijo que el fiscal “la llamó para solidarizarse y ella no lo conoce a Stornelli, no tiene ni el teléfono de Stornelli”. Según el presidente, “verse envuelta en semejantes cosas es algo que para alguien que no viene de la política, es desgastante”. Es evidente que lo que haya dicho el fiscal a cargo de la causa conocida como “los Cuadernos de las Coimas” solo pudo haber aportado una mancha más a este tigre que viene muy manchado.

Los cortocircuitos son de larga data, no olvidemos que desde que asumió al frente de la cartera de Justicia, siempre dijo que lo hacía “con el picaporte en la mano”, y que el número dos de su ministerio, Juan Martín Mena, funcionario cercano al kirchnerismo, ha sido señalado en incontables oportunidades como uno de los responsables de marcarle la cancha a la ministra y gestar muchos de los malos tragos que ha tenido que beber Losardo en el transcurso de su gestión.

La gota que rebalsó el vaso llegó sin dudas el 1° de marzo, en el discurso que el Presidente pronunciara en el marco de la apertura de sesiones ordinarias del Congreso, cuando el primer mandatario pidió la conformación de una “comisión bicameral de control cruzado” del Parlamento sobre el Poder Judicial. Un día después, Losardo explicó que sería “inconstitucional” si la comisión sirviera para sancionar o echar jueces. Explicó que estas funciones corresponden al Consejo de la Magistratura para los jueces y al Congreso para los miembros de la Corte, dejando claro sus límites y vaciando de contenido el anuncio del Presidente, 24 horas después que el primer mandatario expresara su decisión. La suerte estaba echada.

Las discrepancias de Losardo con el kirchnerismo duro son de larga, larga, larga data. Ya se fue una vez, en 2009, del Ministerio de Justicia, cuando era secretaria de Justicia mientras su amigo de toda la vida, Alberto Fernández, ejercía la jefatura de gabinete. Como recordarán, luego de dejar su cargo Alberto Fernández se transformó en un crítico agudo de su ex jefa política, no perdía ocasión de decir y denunciar a diestra y siniestra al gobierno al que había pertenecido, dejando muy claro que su alejamiento obedecía a que él no estaba dispuesto a tolerar lo que estaba ocurriendo. En ese contexto Cristina Kirchner ordenó que le pidieran la renuncia a Marcela Losardo, porque si Alberto era ahora su enemigo, por propiedad transitiva, ella también lo era.

Hace horas se develó que el hasta ahora diputado nacional por la provincia de Río Negro por el Frente de Todos, Martín Soria, será el sucesor de Losardo. Un hombre reconocido por sus pronunciamientos sobre la necesidad de una reforma del Poder Judicial y su confrontación con los “medios hegemónicos”. La única certeza en este cambio es que, en un país acorralado por la pobreza, la inflación y el desempleo, no necesitamos ningún llovido sobre mojado.

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