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La violencia simbólica es nociva y daña

Como es casi imperceptible, es fácil de camuflar y resulta simple de ignorar, por eso casi siempre, casi todos, dejan hacer, dejan pasar, actúan velando, encubriendo, haciendo como si no pasara nada. La violencia simbólica, es tan sutil y está tan normalizada en nuestros usos y costumbres, que lo habitual, es ignorarla, hasta que estalla, hasta que por algún lado revienta, y cuando eso sucede, para muchas personas es demasiado tarde, para esa altura sufrieron y aguantaron más de lo tolerable.

Es invisible porque no es tan explícita, es invisible pero igualmente dañina, social y colectivamente. Es nociva, perjudica, lastima, afecta y damnifica como cualquier otra violencia, solo que no se ve, como sí se ve la violencia física, o como sí se ven, en el caso de las mujeres, los femicidios. Lo que hay que entender es que el femicidio y las demás violencias extremas, son el eslabón final de una espiral violenta que comienza de manera mucho menos perceptible. Seguramente antes del extremo hubo agresión física, verbal, psicológica, antes hubo violencia simbólica, montañas de violencia simbólica.

¿Qué hacemos cuando no hay un ojo morado, que hacemos cuando no se puede denunciar pero hay víctimas que han sido violentadas, que han sido maltratadas, que sufren el menosprecio moral o estético, la descalificación intelectual y profesional? Habitualmente, los organismos e instituciones atravesados por múltiples casos de violencia simbólica miran para otro lado, dejan el camino libre a los violentos, justifican, amparan, defienden y por ende, apoyan y protegen al violento.

“Es que es así, es vehemente, pero no es una mala persona. Lo que pasa es que es una persona apasionada, pero porque ama lo que hace. El problema es que malinterpretan, no entienden. Claro, claro, comprendemos, déjelo en nuestras manos, en algún momento lo vamos a conversar”. Las adjetivaciones con las que las organizaciones cobijan y naturalizan lo que ocurre a ojos vistas son similares en casi todos los casos, tan afines como las interpretaciones y las explicaciones, como si las víctimas necesitaran que les “expliquen” qué actos perpetrados contra ellas son agresiones. Está tan arraigada la violencia simbólica, nos atraviesa de tal manera, que lo habitual es empatizar con los violentos, banalizando y minimizando lo que la víctima sufrió.

La violencia simbólica es una violencia normalizada, mucho más que las otras violencias, porque, como señala el sociólogo francés Pierre Bourdieu, autor del término, esta es una “violencia amortiguada, insensible e invisible”, que se ejerce esencialmente a través de caminos puramente simbólicos de la comunicación y se basa en relaciones desiguales entre hombres y mujeres.

La antropóloga, escritora y activista feminista Rita Segato, lo explica con una claridad magistral cuando señala que la violencia simbólica es difícilmente codificable y es más efectiva cuanto más sutil; no se manifiesta físicamente, sin embargo, es la que sostiene y da sentido a la estructura jerárquica de la sociedad. Le llama violencia moral y es un eficiente mecanismo de control social y de reproducción de desigualdades, que tiene tres características: diseminación masiva, arraigo en la sociedad y las familias, y falta de definiciones o formas de nombrarla.

Erradicar la violencia simbólica es vital para terminar con la violencia en todas sus modalidades, las instituciones y los organismos no pueden ignorar el problema, que está, que atraviesa, que permea y, sobre todo, que daña. Tienen que actuar, es necesario un compromiso institucional y político para lidiar contra las violencias, contra todas las violencias. Nos debemos un debate social sobre lo que es aceptable y sobre lo que no debe seguir siendo aceptable, sobre el patrón que no debemos seguir repitiendo.

La violencia simbólica es nociva, perjudica, lastima, afecta y damnifica, como cualquier otra violencia. La obligación social y moral es desnaturalizar, hacer algo y hacerlo a tiempo, no dejar pasar, no ignorar, actuar antes que el daño esté hecho, porque a esa altura, es tarde.

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