Hugo Ferrari

La luna de los lunados

La influencia de la luna en los fenómenos físicos del planeta es cosa cierta. Científicamente se sabe que ella, aun siendo mucho más pequeña que el sol, tiene mayor poder para mover las aguas del mar y provocar las mareas.

Ella es determinante porque todos los días nos demuestra su fuerza de atracción sobre los océanos. Ella solita, colgada del cielo como un candil, nos fascina desde niños y por eso será que le atribuimos poderes misteriosos, como convertir a un hombre en lobo en sus noches de plenitud, hacer que el pelo nos crezca más rápido, apurar pariciones o provocar idilios.

Recursos como la luna de miel, el claro de luna, la luneta trasera, la luna tucumana y la media luna de las panaderías se inspiran en la mística del astro que recibiera a dos astronautas, que embellece los paisajes nocturnos y que enamora a los poetas.

Pero lo que no parece tener ninguna explicación es nuestro antojo de llamarle alunado o lunático al tipo chinchudo, cascarrabias, irritable, enojadizo, iracundo, malhumorado o enloquecido. La idea de que la luna tenga también la capacidad de afectar nuestro comportamiento es muy atractiva.

Leí que algunos policías, médicos y enfermeros ocupados en salas de emergencia de los hospitales, aseguran que hay más accidentes, incidentes violentos y admisiones psiquiátricas cuando la Luna está llena. En 2007, la policía de la localidad costera británica de Brighton llegó a poner más oficiales en las calles las noches de luna llena.

Entre nosotros y especialmente en los pueblos chicos “alunarse” es ponerse de un humor que oscila entre el enojo y la tristeza. Es lo que los chilenos llaman ‘andar con los monos”, de lo que se deduce que la luna y los monos causarían parecido efecto sobre algunas personas.

A algunos se les pasa enseguida el enfado que se desvanece con un simple paseo, una buena compañía o un vaso de vino, pero a otros les dura todo el día o toda una semana. Existen también los que se levantan inexplicablemente alunados y los que permanecen agriados durante todo un año.

Al escritor Shalom Auslander, norteamericano de origen judío, autor entre otros libros de “Lamentaciones de un prepucio” no le extrañaba encontrar este tipo de gente malhumorada desde que según él “Dios está siempre cabreado”. Tengo un amigo que está chinchudo desde hace sesenta años. Creo que se alunó justo en medio de un eclipse.

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