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La desgracia acecha

Detrás de cada toma de tierra, aunque esté inspirada en motivos absolutamente antagónicos, hay una situación grave que puede terminar en un drama si nadie hace nada. A todas luces, las usurpaciones están creciendo en distintos puntos del país mientras, al parecer, el Estado no interviene, no se está ocupando del problema, o no se está ocupando como debería. Si no hacen nada, esto en cualquier momento termina en una tragedia. La fatalidad está a la vuelta de cualquier esquina, esperando, se puede oler.

Es cierto que las tomas de tierras tienen dos caras contrapuestas y antitéticas: hay tomas producto de la pobreza, del hacinamiento, de la injusticia, de la exclusión, del sufrimiento y la desesperación; pero también hay usurpaciones que son un negocio ilegal impulsado por mafias que se hacen millonarias loteando terrenos que no les pertenecen. De un lado están las víctimas de un sistema que en vez de amparar, excluye; del otro hay delincuentes, narcos y también está, en muchos casos, la política, mirando para otro lado, dejando pasar, dejando hacer.

Este es un drama histórico, es un problema que arrastra décadas y hay que hacer algo, pero para solucionar el tema, no para profundizarlo, no para generar una guerra de pobres contra pobres, no para estigmatizar, tampoco para hacer que hacemos mientras no hacemos. ¿Cómo puede ser que muchas tomas estén atravesadas por la compra-venta de droga, la venta o el alquiler de lotes, con organizaciones perfectamente aceitadas sin que nadie haya hecho nada, todos lo sabemos pero nadie mueve. La cuenta es fácil, la impunidad flagrante, como en este caso, generalmente esconde coparticipación en el “negocio”, sino, no se explica cómo hemos llegado hasta acá.

Hemos ido viendo, en las últimas semanas, como el conflicto ha ido creciendo, cómo va desbordando, lento y sin pausa, cómo se va diseminando por todos lados, sin respuestas, sin que siquiera medie un compromiso de avanzar en el tema, sólo hay atisbos desarticulados y acciones incongruentes. En medio del desajuste general, el Grupo de Curas en la Opción por los Pobres (COPP), emitió una declaración, que al menos intenta ser una respuesta. Aclarando que “de ninguna manera” se puede avalar la toma como alternativa y expresando además su preocupación por el hecho de que algunos alienten esa iniciativa, sostienen que se necesitan “respuestas de fondo que busquen resolver y no dilatar el problema” y resaltan que la solución “tiene que ser más creativa que exponer la carne de los pobres a nuevos sufrimientos”.

Este es un problema que nace de la desigualdad, si todos tuviésemos acceso igualitario a la vivienda, esto no ocurriría, si todos tuviéramos un trabajo digno, si todos tuviéramos la posibilidad de estudiar, acceso a la salud, si todos tuviéramos garantizados nuestros derechos básicos, como es exigible en una sociedad democrática, no estaríamos hablando de este tema. La pregunta, sin respuesta, es para la política, en pasado y en presente. Podríamos y deberíamos preguntarle a la política qué hizo y qué no hizo, pero sobre todo, para no seguir alimentando nuestro hábito de hurgar en el pasado buscando culpables, es necesario que le preguntemos qué va a hacer y cómo, para superar este problema grave que puede terminar muy mal.

Aunque es muy singular que las propuestas provengan de un grupo de religiosos, en vez de donde debería, se entiende la preocupación de los sacerdotes porque trabajan en medios populares, saben de qué hablan, conocen a los que padecen las injusticias que señalan y también saben que hablar, es una manera de conferirles la voz que no tienen. De hecho, proponen una salida consensuada, sentarse “a la misma mesa, comenzando por aquellos y aquellas que no tienen casa ni tierra y compartir miradas que concreten este sueño de multitud de familias”. Aclarando que “abrir esta mesa es una responsabilidad de las autoridades políticas de nuestros distritos”.

Si por un lado hay extensiones inmensas improductivas, ociosas, incluso en manos de propietarios extranjeros, miles de casas y departamentos desocupados, y por el otro, hay miles y miles de familias pobres buscando un pedazo de tierra y una casa digna, hay algo mal que no está bien. La toma de tierras no es una alternativa, es un acto ilícito, pero no es posible desconocer la justicia del reclamo, el drama que viven esas familias, el horror de una vida de hacinamiento, pobreza y estrecheces.

Hay que hacer algo por ellos y hay que hacerlo también para evitar una tragedia. Es urgente, mientras los que tienen que hacer miran hacia otro lado, la desgracia acecha, está a la vuelta de cualquier esquina.

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