Editoriales | inflación | palabras | Alberto Fernández

No nos ofrenden más palabras

Inflación y pandemia, son los dos temas que acorralan al gobierno nacional y ninguno de los dos le está dando respiro. De los dos dilemas, la inflación es la dificultad histórica, ancestral, es nuestra espada de Damocles atávica. La inflación es nuestra gran batalla, porque la pandemia, más tarde o más temprano, va a pasar, con consecuencias graves, pero va a pasar, mientras que con la inflación no hay caso, la arrastramos desde hace décadas, desde tiempo inmemorial cada nueva gestión, promete en campaña que llega con la fórmula mágica y volvemos a depositar nuestras esperanzas en que esta vez sí, hasta la nueva decepción. La inflación fue y es la gran encrucijada argentina.

En el amplio repertorio de promesas inclumplidas que tenemos en nuestro haber, mayoritariamente hemos escuchado algunas palabras claves como: acuerdos, respuestas definitivas y medidas sostenibles. Todas expresiones en potencial, a modo de compromiso, que siempre expiraron antes de ver la luz. Nunca hemos sido testigos de un acuerdo real de mediano y largo plazo, un acuerdo engendrado y nacido desde el consenso de todas las fuerzas políticas, un compromiso desde la responsabilidad que a todos les cabe para sacar adelante el país. La única verdad es la realidad, como decía el general, y esa realidad es que, a la hora de los hechos, no hay más que palabras.

“La inflación es un problema multicausal. Debemos abordarlo de modo integral, con políticas macroeconómicas consistentes y sostenibles. Y con diálogo social que permita estructurar acuerdos de mayor alcance”. Estas fueron las palabras del presidente Alberto Fernández, durante su discurso el lunes 1 de marzo, en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso. Lo dijo porque le pesa, porque sabe que la inflación no es un tema más sino uno de los grandes temas que sí o sí debe abordar, pero, del dicho al hecho…

Es más, esta semana regresó al país y dijo que volvía “decidido a atacar el tema precios “, porque “esto tiene que parar “. Es su manera de indicar que está realmente procupado por resolverlo, el punto aquí es cómo piensa ponerle el cascabel al gato, porque estamos librando una batalla que perdemos por goleada y perdemos desde hace demasiado tiempo.

Hay un libro muy interesante de la economista argentina Victoria Giarrizzo: “Atrápame si puedes: el secreto de la inflación argentina “, en el que la profesional muestra que, desde mediados del siglo XX hasta acá, ningún gobierno logró resolver el problema de manera más o menos persistente. Giarrizzo expone en números cómo, entre 1945 y 2020, el país registró inflaciones superiores al 20% en 50 de esos años e hiperinflaciones, con guarismos superiories al 90% anual, en 18 oportunidades, y sólo hubo 13 años en los que logramos tener aumentos de precios de un solo dígito.

Más inflación siginifca más pobreza y nuestros niveles de pobreza son escalofriantes. Según las estadísticas oficiales publicadas por el INDEC, ascendió al 42% en el segundo semestre del 2020, con un incremento de casi 7 puntos porcentuales respecto al mismo período del 2019, mientras que la indigencia se ubicó en el 10,5%, frente al 8% del mismo período del año anterior. Las cifras se dispararon en el contexto del mix provocado por la pandemia y la inflación.

Ese combo, el de pobreza más inflación, nos está desgarrando, somos un país partido porque la pobreza, junto con sus carencias materiales, despoja de una existencia real, aliena, transforma la vida en una gran angustia, en un dolor extremo y permanente. El 42% de los argentinos, además del sufrimiento que provoca el hecho de ser pobres, están sufriendo limitaciones en sus posibilidades de desarrollo, en la construcción de su dignidad. No hablamos de no satisfacer las necesidades básicas, hablamos de su calidad de seres humanos, como tales y de sus derechos, hablamos de una vida digna.

La inflación fue y es la gran encrucijada argentina, fue y es la gran deuda de la política con los argentinos que, a esta altura, somos avezados conocedores de promesas inclumplidas, vaqueanos en las lides de escuchar compromisos de ocasión, pero principantes en los consensos. No conocemos otra cosa que rodar de crisis en crisis, de colapso económico a colapso económico y sabemos de memoria que cada vez que emergemos, el número de personas pobres, es mayor.

Por eso mismo, por ese hartazgo tran ancestral como la inflación, es que no queremos más promesas en el altar de las urnas, no queremos que nos ofrenden más palabras, queremos hechos, necesitamos hechos, anhelamos hechos, porque sólo los hechos concretos y tangibles, producto del consenso y el compromiso real de todos, podrá empezar a repatriar argentinos de la pobreza, podrá empezar a devolverles una vida digna.

Dejá tu comentario