Hugo Ferrari

Sobre los remedios caseros

Uno de mis amigos es adicto a los remedios caseros. Ha elaborado un vademécum con las especies naturales y las propiedades de tratamiento o curación que se les asigna. Pero sobre todo es fanático del ajo. Él cree que el ajo lo cura todo. Olvida que también ha roto con muchas relaciones de parejas cuando uno de sus miembros no soporta el fuerte aroma exhalado por el que lo consume. Esta sería la contraindicación o el efecto secundario del ajo.

Por mi parte tengo la capacidad de descubrirle nuevas propiedades a sustancias que fueron elaboradas o reconocidas para otros fines.

Por ejemplo, me regalaron una crema de enebro para los dolores musculares y descubrí que me descongestiona las fosas nasales y que al inhalarla me produce una clara sensación de bienestar. Esta noche voy a probar con la pomada color negro de lustrar calzado que ya una vez, al confundirla, tiñó sin querer mis zapatos marrones.

Ya se sabe que el vodka al tener alcohol es antiséptico y secante por lo que destruye hongos y bacterias. Se lo serví a una tía que sentía picazón en los pies y se agarró un pedo bárbaro. Los pies le siguieron picando.

Tenemos asumido que para combatir el hipo no hay nada mejor que un buen susto o beber siete sorbos continuos de agua. Para el último de los tratamientos se requiere llevar bien la cuenta de los sorbos porque si uno la pierde corre el riesgo de morir ahogado.

La cinta pato -esa gruesa que utilizamos para tantas cosas- puede ayudar a eliminar verrugas. Hay que aplicar un trocito de esa cinta sobre el abultamiento y dejarlo por una semana. Esto se debe hacer tantas veces como sea necesario hasta que desaparezca, cuidando de no colocarla por confusión sobre el ombligo.

Una curandera de mi barrio aseguraba que el dolor de cintura se alivia acostando al paciente y colocándole un huevo sobre la frente. Los propios familiares del doliente provocaron su deceso al interpretar mal las instrucciones de la mano santa. El pobre no pudo soportar el estirón…

Nuestra madre nos hacía medir el empacho por una viejecita que además trataba recalcaduras. Debíamos sujetar un extremo de la cinta métrica de costurera a la altura del estómago mientras ella, situada en el extremo opuesto, medía tres veces la distancia a su codo, al tiempo que se persignaba y rezaba una oración en voz baja.

Como desconfiábamos de su sabiduría porque cualquiera fuera el resultado de la medición nos hacía tomar después yerba del pollo o aceite de ricino, cierta vez aguzamos el oído y así nos enteramos que en lugar de la oración canturreaba la marcha peronista. Se ve que era mayor su fue política que su fe divina.

Y por si me pidieran definiciones, las daré: Sobre la magia y la eficacia de los ritos curativos pienso que son como los fantasmas que no existen pero los hay. En cambio creo en la bondad de los yuyos y en los remedios caseros. No olvido que la farmacología temprana se centró en el herbalismo y en las sustancias ofrecidas por la naturaleza, hasta que llegaron los laboratorios que también son como los fantasmas: los hay pero más caros.

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