Hugo Ferrari

Pico y nuestros viejos encantos

Pasó el aniversario. Y entre los recuerdos que despertara estuvo el de los viejos encantos.

Cuando yo era chico disfrutaba del cocoliche, aquella mezcla de español con sus propios idiomas y dialectos que intentaban hablar los inmigrantes.

Ellos emitían trabalenguas que desconcertaban oídos y alegraban corazones. Y los escuchábamos por las calles, en los comercios y en las fiestas populares.

Recuerdo a multitud de personajes entrañables venidos de Italia, Alemania o de las naciones árabes procurando hablar como los criollos y cayendo en sonidos simpáticos y divertidos que imitábamos a placer.

Aquí en Pico reconocimos sobre todo un idioma “argentano” porque desde Italia vino la mayoría, pero también celebramos otros, mientras concebíamos un barrio "de los turcos" y atendíamos a las colonias nutridas por las variadas especies. Pero además estaban los vascos, los gallegos y los de tantas otras regiones de la península.

Claro que lo nuestro era solo un reflejo: La variedad lingüística era frecuente en el teatro popular rioplatense, en el sainete, en el circo criollo y en los conventillos de Buenos Aires.

Y nos dejó su impronta ya que el pueblo agranda su idioma y los inmigrantes eran pueblo. Muchas expresiones cotidianas traídas por ellos se incorporaron al habla de los nativos. Palabras de otros lugares, transformadas o adaptadas, se volvieron tan argentinas como el dulce de leche y engordaron la jerga popular que llamamos lunfardo.

De no ser por aquellos, no emplearíamos hoy los criollos palabras tan usuales como laburar, fiaca, mufa, gamba, gambetear, minga, yeta, yira, atenti, salute, cuore, facha, camorrear, tano, nonno, bochar (por reprobar), pelandrún y birra por ejemplo, que en sus idiomas o dialectos originales tienen clara significación.

Entre los pregones comerciales de los sirios o libaneses recordamos el "beine, beineta, jabón, jaboneta..." y de los rusos o alemanes que incursionaron por el teatro criollo de las colonias, el "stá rodeado rancho Juan. Salí de los matorales..."

El cocoliche se perdió entre la niebla del tiempo y ya no lo escuchamos en las calles de Pico, aunque aún podríamos ir a buscarlo a las chacras donde hijos y nietos de inmigrantes supieron conservarlo como herencia natural. En cambio nos invaden los acentos provincianos y el giro porteño que nos llegan por movilidad endógena.

Pero ese es otro cantar y mientras el idioma crece, algunos echamos de menos al gringo Bonasera que cantaba tangos, a don Amado Guerra que se empeñaba en repetir los dichos argentinos que no interpretaba, a los Scaglia, los Reucci, los Gianechini, los Samarich, los Bettros, los Woychejosky y al universo de viejos extranjeros que se esforzaban por hablar como nosotros.

¡Y cómo laburaban aquellos gringos…! Porque al parecer, el trabajo no sabía de idiomas.

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