Hugo Ferrari

Nuestros caprichos flotando

Aunque sean etéreas por sutiles e intangibles, a veces las nubes se parecen a la realidad de cada día: uno ve en ellas lo que quiere ver o lo que su imaginación busca entre tantas formas difusas y cambiantes.

Y así como algunos descubrimos en los nimbos castillos o montañas, otros vislumbran rostros humanos, figuras de animales o fantasmas.

Con los hechos y circunstancias de la realidad nos suele pasar algo parecido y por eso nos sorprende que algunos semejantes vean cosas tan distintas a las que nosotros vemos. Esto lo había advertido Ramón de Campoamor cuando en su famoso poema escribió: “Y es que en el mundo traidor / nada hay verdad ni mentira /todo es según el color / del cristal con que se mira”.

Pero volvamos a las nubes. Tengo un amigo médico que escribe sobre ellas con un sentido místico. Y lo hace para su pequeña hija, como relatándole un cuento de blancos y de grises.

Él alienta mi propia imaginación: Pudieran ser las nubes el telón de fondo de una maravillosa puesta de sol. Pudiera ser que Dios llorara en lluvia sobre un pañuelo de nubes. Pudieran ser un hermoso regalo de la naturaleza, una metáfora o una analogía para que los hombres reflexionemos sobre la vida.

Por comparación quizás todos nosotros seamos nubes deambulando sin atrevernos a luchar contra los vientos.

Y como digo, vemos en los celajes celestiales lo que el corazón anhela. La ocurrencia es entonces del corazón. Los cúmulos permanecen o se van según los vientos. Nuestros latidos pudieran ser ráfagas caprichosas.

Si somos bien mayores podríamos suponer que las nubes llegan flotando a nuestras vidas, no para alejar las lluvias o para desencadenar tormentas, sino para darle color a nuestro atardecer.

Y tenemos suerte: Como creía Garland “detrás de cada nube hay otra nube…”. Y qué hermoso es imaginarse flotando en sueños de algodón.

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