Hugo Ferrari

Los dolores que no sufrimos

En medio de la pandemia mucha gente se escandaliza diciendo que jamás vivió algo parecido.

Es verdad que las actuales generaciones no tuvieron que soportar flagelos de magnitud, pero es bueno saber que en la historia de la humanidad se dieron cantidades de ellos y aún peores, aunque ya no estén nuestros antepasados para contarnos.

Ni las novelas de ciencia ficción más ingeniosas se comparan con episodios como los que la realidad o la naturaleza vinieron deparando y que muchos de nuestros congéneres no registran.

No les voy a hablar del diluvio universal porque después de tanto tiempo la proeza acuática sigue flotando entre la fe y el descreimiento de la gente.

Pero les puedo referir calamidades como la viruela, el sarampión y la gripe española, recordadas como el trío de la muerte. Y nunca mejor dicho, porque estas tres enfermedades acabaron con más de 300, 200 y 100 millones de vidas humanas respectivamente. La viruela, probablemente la enfermedad más terrible y virulenta que jamás hayamos sufrido, nos estuvo diezmando desde el 10.000 a. C. hasta el siglo pasado.

Algo más modestas aunque con casi 140 millones de muertes, están la peste negra, el VIH que ha matado en el mundo a más de 25 millones de personas y la plaga de Justiniano. Y un poco más leves el tifus, el cólera y la gripe de Hong Kong se han llevado por delante a unos veinte millones de almas.

Sin ir más lejos recordemos la fiebre amarilla cuyas epidemias a partir de la presidencia de Sarmiento llegaron a provocar la muerte del 8 % de los porteños y una mortandad diaria de 500 personas.

Y me salgo de las enfermedades para hablarles de otros cataclismos: La Gran Depresión originada en la bolsa de valores de Nueva York, fue una enorme crisis financiera mundial iniciada en 1929 y extendida a toda la década de los años 30 y principios de los cuarenta.

La depresión tuvo efectos devastadores en casi todos los países, ricos y pobres, donde la inseguridad y la pobreza se transmitieron como una pandemia. Y produjo graves efectos además en la salud y las vidas humanas, como que ocasionó una avalancha de infartos y suicidios.

Pero también se dieron las guerras mundiales que a las actuales generaciones no les tocaron sufrir. Se estima que la primera de estas conflagraciones se llevó la vida de cuarenta millones de personas y la segunda de otras sesenta más una enorme cantidad de heridos y mutilados.

A lo dicho agrego para una mejor conciencia de los dolores históricos, la enorme cantidad de otras guerras, de otras pestes y de otras calamidades como hambrunas, conquistas violentas, terremotos, erupciones volcánicas y tsunamis.

No comento todo esto para horrorizar a mis vecinos, sino todo lo contrario: para hacerles ver que lo que hoy estamos padeciendo es muy pequeño, por lo menos hasta ahora, comparado con las grandes hecatombes que debieron soportar nuestros ancestros.

Y ya que estamos también les digo que no creo que pueda darse en el futuro un segundo diluvio universal. Dios debe haber advertido la absoluta inutilidad del primero…

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