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Honrar la vida

Por Pablo Rodriguez desde Madrid

Mirar a la cara de nuestros seres queridos, de eso se trata. Y pensar cuánto queremos arriesgar su salud. Toca defenderla vida con la intensidad que nunca pensamos fuera necesario. En comunidad, ante todo, mal que le pese al capitalismo salvaje. Demostrar y demostrarnos que somos más que una suma de individualidades. Cuidarnos y cuidar, sobre todo a nuestras personas mayores y grupos de riesgo por diversas patologías. No nos equivoquemos, el cómo actuamos está influyendo de manera definitiva en la vida de todas.

La pandemia del coronavirus no es una guerra. Para seguir latiendo serán necesarias muchas más batas blancas que uniformes verde oliva. Camas de urgencias, respiradores, barbijos, guantes, test y uniformes que aíslen al personal sanitario de posibles contagios. Sanidad pública y universal, defenderla hoy y siempre, contra todo gobierno para el que la salud no sea una prioridad. Quizá sea la gran lección que nos deje esta historia.

La llegada del Covid-19 representa la experiencia vital más fuerte que haya tocado afrontar. No son días para perder el tiempo en acusaciones políticas, quien toma ese atajo, se equivoca. Hay un dato objetivo incuestionable: el Gobierno ha actuado con la rapidez que la pandemia exigía para proteger al pueblo argentino. A partir de allí todas las medidas son discutibles, pero el virus tiene una velocidad de contagio demasiado rápida para perder el tiempo en caceroladas y chicanas políticas.

Escribo desde la Comunidad de Madrid (el símil administrativo a nuestras provincias),en España. No encendimos las alarmas con las primeras muertes en China o en Italia, ni siquiera en el propio país, a mediados de febrero. Un goteo lento de muertes -como el actual en Argentina -y siempre nos parecía que no era para tanto.

El 9 de marzo, con 1200 personas contagiadas y 30 muertes confirmadas, se suspendieron las clases en las comunidades de Madrid y La Rioja. Y nos quejamos. El fin de semana un millón de personas fueron al cine, otro medio millar asistimos al fútbol y miles a las manifestaciones del día de la mujer.

En los días previos a la cuarentena decretada el 13 de marzo, el wasap se llenó de comentarios. ‘Estos del gobierno son unos cagaos‘, ‘es para meternos miedo y hacer más ajustes‘, ‘manga de inútiles, mandar los chicos a la casa con los padres trabajando‘, ‘tanto escándalo si van 30 muertos y la gripe normal mató en 2019 a 6.300‘, decíamos. La vida fluía en las calles y en los parques y nos resistimos a renunciar a ella… Hasta que nos vimos cercados por la muerte.

Han pasado solo 19 días de aquellas primeras medidas y hoy que me siento a escribir, son 9.053 las personas fallecidas y más de cien mil las contagiadas. Cuando lean estas líneas posiblemente ya sean más de10.000. Créanme que es muy difícil vivir así el encierro. Porque uno tiende a ponerle cara a los números, a pensar que detrás de cada dígito hay una historia que se cortó, y las historias cada vez son más cercanas.

En un mes podría desaparecer una población como mi querido Trenel, más Metileo, Arata y Caleufú. Da escalofríos de solo imaginarlo. Cada 2 minutos cientos de personas se contagian en España y una se muere de la forma más cruel, en soledad, sin poder ser visitada en su internamiento ni tampoco velada.También centenares se curan, son más de veinte mil las que ya recibieron el alta, y esa es la gran noticia. Según uno de los institutos más importantes del mundo, con 15 premios Nobel entre sus científicos, el Imperial College de Londres, el encierro ha evitado en España que otras 16.000 se vidas se hubieran truncado. ¿Ven la importancia?

Nuestros pueblos tienen una ventaja para sobrellevar la cuarentena: todo el mundo se conoce. Para una Intendencia eso implica saber qué persona mayor vive sola y necesita ayuda, quienes padecen trastornos del espectro autista (TEA), situaciones de alcoholismo, drogodependencia, problemas psicológicos o psíquicos que el encierro puede potenciar.

Contemplar esas circunstancias es parte de ese cuidarse en forma colectiva. Entender que respetando las normas fijadas hay gente que necesita tomar aire del confinamiento en una casa que, en sus circunstancias, puede convertirse en un infierno. Más aún, cuando se trate de posibles casos de violencia de género, infantil o cualquiera de las muchas violencias. Pensar en ello antes de culpabilizar desde las ventanas, es también parte de los cuidados.

La baja densidad demográfica, una franja etaria predominantemente joven y las distancias entre nuestros pueblos seguramente ayude a achatar la curva de contagios. Pero debemos ser conscientes de que más allá dela efectividad de nuestro sistema de salud el virus llegará a demasiados rincones y con todo lo bien que lo hayamos hecho, las víctimas fatales se contarán por miles. Depende de cada persona, de cada vecina o vecino, que cuando esto termine volvamos a abrazarnos sin tener que reprocharnos no haberlo entendido a tiempo. Honrar la vida es tarea de todas.

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