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Google homenajeó a la poeta pampeana Olga Orozco a 100 años de su nacimiento

Hoy, al abrir el famoso Google, nos encontramos con un homenaje a Olga Orozco, la reconocida poeta nacida en Toay en 1920.

La artista, vinculada al surrealismo, es considerada una de las mayores exponentes de la poesía argentina y latinoamericana de la década de 1940.

El Ministerio de Cultura de la Nación, mediante Twitter, expresó que "a 100 años de su nacimiento recordamos a la poeta y periodista pampeana, Olga Orozco. Integrante del grupo surrealista Tercera Vanguardia, su obra poética está basada en las influencias de Rimbaud, Nerval y Baudelaire".

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Olga Nilda Gugliotta Orozco nació el 17 de marzo de 1920 en Toay. En 1928, junto a su familia se mudó a Bahía Blanca y, ocho años más tarde, a Buenos Aires donde comenzó sus estudios en la UBA. Allí se recibió de docente y luego incursionó en el periodismo, convirtiéndose en una exponente.

En 1946 publicó "Desde Lejos", su primer y reconocido libro. Sus versos estuvieron atravesados por la magia, donde exploró dimensiones desconocidas.

El 15 de agosto de 1999 falleció en una clínica de Buenos Aires, debido a un paro cardíaco.

Aquí uno de sus poemas que perduró en el tiempo:

Para destruir a la enemiga

Mira a la que avanza desde el fondo del agua borrando el día con sus manos,

vaciando en piedra gris lo que tú destinabas a memoria de fuego,

cubriendo de cenizas las más bella estampas prometidas por las dos caras de los sueños.

Lleva sobre su rostro la señal:

ese color de invierno deslumbrante que nace donde mueres,

esas sombras como de grandes alas que barren desde siempre todos los juramentos del amor.

Cada noche, a lo lejos, en esa lejanía donde el amante duerme con los ojos abiertos a otro mundo adonde nunca llegas,

ella cambia tu nombre por el ruido más triste de la arena;

tu voz, por un sollozo sepultado en el fondo de la canción que nadie ya recuerda;

tu amor, por una estéril ceremonia donde se inmola el crimen y el perdón.

Cada noche, en el deshabitado lugar adonde vuelves,

ella pone a secar la cifra de tu edad al bajar la marea,

o cose con el hilo de tus días la noche del adiós,

o prepara con el sabor del tiempo más hermoso ese turbio brebaje que paladeas en la soledad,

ese ardiente veneno que otros llaman nostalgia y que tan lentamente transforma el corazón en un puñado de semillas amargas.

No la dejes pasar.

Apaga su camino con la hoguera del árbol partido por el rayo.

Arroja su reflejo donde corran las aguas para que nunca vuelva.

Sepulta la medida de su sombra debajo de tu casa para que por su boca la tierra la reclame.

Nómbrala con el nombre de lo deshabitado.

Nómbrala con el frío y el ardor,

con la cera fundida como una nieve sucia donde cae la forma de su vida,

con las tijeras y el puñal,

con el rastro de la alimaña herida sobre la piedra negra,

con el humo del ascua,

con la fosa del imposible amor abierta al rojo vivo en su costado,

con la palabra de poder

nómbrala y mátala.

Y no olvides sepultar la moneda.

Hacia arriba la noche bajo el pesado párpado del invierno más largo.

Hacia abajo la efigie y la inscripción:

“Reina de las espadas,

Dama de las desdichas,

Señora de las lágrimas:

en el sitio en que estés con dos ojos te miro,

con tres nudos te ato,

la sangre te bebo

y el corazón te parto”.

Si miras otra vez en el fondo del vaso,

sólo verás ahora una descolorida cicatriz cuyos bordes se cierran donde se unen las aguas,

pero pueden abrirse en otra herida, adonde nadie sabe.

Porque ella te fue anunciada en el séptimo día,

—en el día primero de tu culpa—,

y asumiste su nombre con el tuyo,

con los nombres vacíos, con el amor y con el número,

con el mismo collar de sal amarga que anuda la condena a tu garganta.

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