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Evolucionar, capacitarse, crecer

No es cierto que los avances tecnológicos generan desempleo, o si es cierto, pero es sólo la mitad de la verdad. La otra mitad es que la destrucción de fuentes laborales es inferior al surgimiento de nuevas oportunidades.

Eso sí, hay que estar dispuesto a salir de la zona de confort y capacitarse y por supuesto, es más cómodo protestar y victimizarse, que cambiar.

Para los escépticos, los estudios demuestran que, aunque lo que más se ve es la pérdida de trabajo como consecuencia de la tecnología, el nacimiento de nuevas oportunidades es superior.

A modo de ejemplo, vale mencionar una investigación reciente del Banco Mundial “The Jobs Tomorrow”, que demostró que la tecnología sí genera empleo. El informe advierte sobre los costos de accesos para algunas regiones, como América Latina y el Caribe, pero deja claro que son más los beneficios que aportan los avances tecnológicos que los costos.

Está fuera de discusión el impacto que los cambios generan sobre el empleo, pero hay que replantear el debate, porque el aluvión es imparable y la mejor actitud es salir del shock y adaptarse.

Negarse al cambio y la evolución, además de constituir una actitud de negación inconducente, es no haber aprendido nada de la historia. En el siglo XVIII la humanidad atravesó un dilema similar con el nuevo paradigma de la industrialización, la era de la máquina llegó con tal virulencia que la sociedad de aquella época no tuvo posibilidad de readaptarse con la suficiente velocidad y por eso, literalmente colapsó. No deberíamos repetir la historia.

La realidad muestra que se han perdido miles y miles de puestos de trabajo en el mundo y que la tecnología desplaza a muchísimos trabajadores, pero a más velocidad que la obsolescencia de algunos oficios y ocupaciones se generan nuevas necesidades y espacios laborales. En el mundo de hoy hay que reinventarse y probablemente, en el futuro inmediato, haya que hacerlo varias veces más que lo que les toca a nuestras generaciones.

No hay demasiadas opciones, los que entiendan la nueva dinámica estarán adentro del mercado laboral y los que no, habrán perdido el tren. Cada uno tiene derecho a elegir y esa elección incluye la opción de negarse al cambio, eso sí, si la elección es no adaptarse, no hay derecho a la queja.

Todas las proyecciones hacia el futuro son contundentes: el informe del Instituto Global McKinsey publicado por el Foro Económico Mundial, afirma que casi la mitad de todo el trabajo que se realiza en la actualidad podría ser automatizado para el año 2055. Otro tanto indica una investigación de mercados Forrester, estudio que asegura que cerca de 25 millones de los empleos conocidos desaparecerán en los próximos diez años. En el caso de nuestro país las proyecciones dan cuenta que en pocos años dos de cada tres empleos serán reemplazados por la tecnología. No hay que sacar muchas cuentas para concluir que hay que adaptarse y reinventarse y que hay que hacerlo rápido.

Nadie dice que es fácil, todo cambio de paradigma supone un costo cuantitativo y cualitativo, por eso es importante amigarse cuanto antes con la tecnología, no hay que pensar la transformación digital como una amenaza, sino como algo inevitable, pero que ha llegado para complementar, mejorar y crear nuevas necesidades y oportunidades laborales. La tecnología nos obliga a cambiar, pero también mejora nuestra calidad de vida y nos hace las cosas más fáciles.

Volvemos al inicio: hay que replantear el debate, no podemos pensarnos fuera de la transformación digital porque pronto no va a quedar en el mundo nada fuera de este nuevo contexto. La innovación tecnológica será en poco tiempo más omnipresente en cada espacio y esto implicará también la creación de nuevas necesidades laborales, otras oportunidades de empleo y por supuesto, formas de trabajo distintas a las actuales.

Entonces, es cierto que la era tecnológica genera desempleo, que desplaza muchos trabajos tradicionales, que destruye ocupaciones y oficios, pero no es menos verdadero que engendra más cantidad de espacios laborales que los que elimina, además de hacer más sencillos y eficientes miles de procesos. Pero para subir al tren, hay que pagar el boleto y este boleto implica estar dispuestos a evolucionar, capacitarse y crecer. El nuevo debate debería girar en torno a si estamos o no dispuestos a cambiar y reinventarnos.

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