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Están jugando con fuego

No se juega con fuego, mucho menos en un país arrasado, plagado de problemas gravísimos. No se hace porque puede tener consecuencias peligrosas que nos coloquen en una situación mucho más comprometida que la actual. Alberto Fernández es un presidente que sufre día tras día una erosión pública que lo está llevando a un nivel de debilidad amenazador. Intentar dilucidar cuál es el límite y qué puede ocurrir, es hacer futurología, pero no lo es señalar que lo que está ocurriendo puertas adentro del gobierno nacional es, a todas luces, contraindicado y muy nocivo para la Argentina y los argentinos.

Comenzó siendo un murmullo, luego fue un secreto a voces que quisieron adjudicar a los culpables de siempre: los medios hegemónicos, la malicia de la oposición, los grupos concentrados desestabilizadores. Hoy no hay secreto ni murmullo, el vaciamiento de poder que sufre el Presidente por parte de su propio espacio es innegable. Alberto Fernández es hoy un primer mandatario muy vulnerable, es imposible comparar su imagen y su liderazgo con el que concentró hace apenas un año atrás, al inicio de la pandemia. Lo están socavando y día a día se ve cómo su poder se va desdibujando.

No hay coalición política en el mundo que no tenga pujas internas, es de manual. Pero lo que ocurre en nuestro país no es lo mismo, no se trata del desgaste cotidiano y natural de un debate interno normal en el interior de cualquier fuerza política. Esto es otra cosa, acá asistimos a una desautorización pública constante, a esta altura inocultable y, sobre todo, innegable.

Sobran los ejemplos, hay a puñados, aunque tal vez los más cruentos, por la simetría temporal y la asimetría verbal, fueron los de los últimos días, cuando el Presidente le aseguraba al Banco Mundial que Argentina iba a honrar su deuda y el mismo día en Las Flores, la vicepresidenta aseguraba que “no podemos pagar porque no tenemos la plata para pagar”, provocando una reacción de los mercados, que optaron por creerle a Cristina y no a Alberto.

El socavamiento, que en un principio pudo ser puesto en duda o parecer más sutil, hoy ya no conoce de delicadezas, es explícito, es público, sin miramientos. Le están limando la autoridad, lo están vulnerando y está claro que el Presidente no está encontrando el modo de repeler los embates, parece acorralado y eso no pude ser más que una pésima señal.

A Argentina no le hacía falta un solo problema más, con la pobreza, la inflación, el desempleo, la crisis económica y la inminente llegada de la segunda ola con su amenaza sanitaria, no necesitábamos más. Pero eso no parece importarle a quienes tienen la máxima responsabilidad política del país, siguen jugando con fuego.

Parece increíble que puedan soslayar lo que está en juego, que no estén poniendo en la balanza todas las consecuencias, que no tengan en cuenta los efectos, las secuelas y sobre todo el descenlace que puede tener lo que están perpetrando. Para que quede claro, es un juego que además de los dos protagonistas principales y sus espacios, tiene un amplio reparto secundario, hay varios espacios que aportan leña a esta hoguera de la política.

Algunos sectores de la oposición que están haciendo su aporte nocivo sin miramientos y sobre todo sin miras, y también hay un sector de la coalición, como el massismo, que fogonea, hace que no, pero es visible que sí. Esta claro que el famoso “a río revuelto, ganancia de pescadores” con el que actúan todos, no está contemplando los pescados.

Nadie parece estar interesado por las consecuencias, nadie parece estar pensando en lo que puede pasar. Cuánto tiempo podrá el Presidente soportar semejante presión, cuánta desautorización pública podrá tolerar. Alberto Fernández llegará el 10 de abril a un tercio de su mandato, pero realmente, con este contexto y frente al proceso sistemático de socavamiento al que está sometida su gestión, cabe preguntarse si será posible que resista, que aguante, que deje de debilitarse y pueda hacer pie y consolidar su poder.

No se juega con fuego, mucho menos en un país arrasado, plagado de problemas gravísimos. La erosión de la autoridad del Presidente ya no es un murmullo ni un secreto a voces, por el contrario, es a la vista de todos y sin ninguna sutileza. No es bueno lo que está pasando, no es bueno para el país ni para los argentinos. Están jugando con fuego, pero los quemados vamos a ser nosotros.

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