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Enojarse no es una opción

Como nos enseñaron nuestros abuelos, "la necesidad tiene cara de hereje". Claro que cuando escuchábamos esa frase de chicos no comprendíamos la real magnitud de la sentencia, sin embargo, ahora, en este entorno, cobra vida la esencia del añejo refrán acuñado en la antigua Roma cuando existía la figura legal "neccesitas caret lege", a la que podía acogerse alguien que hubiese cometido una falta por cuestiones de desesperación.

Como nos enseñaron nuestros abuelos, “la necesidad tiene cara de hereje”. Claro que cuando escuchábamos esa frase de chicos no comprendíamos la real magnitud de la sentencia, sin embargo, ahora, en este entorno, cobra vida la esencia del añejo refrán acuñado en la antigua Roma cuando existía la figura legal “neccesitas caret lege”, a la que podía acogerse alguien que hubiese cometido una falta por cuestiones de desesperación. La antigua máxima es aplicable a nuestra realidad, estamos en una situación en la que la necesidad, producto de la desesperación por salvar lo poco que queda, desafía las normas y desoye las restricciones.

El ejemplo perfecto son las manifestaciones de los comerciantes y gastronómicos en distintos momentos de la pandemia, en diferentes ciudades de la provincia. Como dijeron en la aplaudida que se desarrolló en las calles céntricas de General Pico hace unos días atrás, marchan “para no cerrar”, reclaman extensión del horario y que las medidas dejen de ser intermitentes, exigen que los dejen trabajar, que los dejen abrir las puertas de sus comercios, de sus bares, de sus restaurantes para no fundirse, para tratar de evitar la última rodada en la cuesta abajo, es el manotazo de ahogado antes de terminar de fundirse. Porque claramente, ya están al límite del límite.

Enojarse con ellos no debería ser una opción, no puede ser una opción. Enojarse es equivocado y también indolente. Quieren trabajar, tra-ba-jar, y como han expresado una y otra vez, no quieren ni subsidios, ni créditos, ni ninguna otra “ayuda” que, lamentablemente, muchas veces contribuye a incrementar sus deudas en el largo plazo. No quieren más deudas, quieren más ganancias y para eso, necesitan trabajar, abrir sus puertas. Están desesperados, no quieren fundirse y siguen dando pelea, como pueden y con lo que tienen, y eso siempre es digno y respetable, por eso enojarse no debería, no puede ser una opción.

Las nuevas restricciones, los horarios acotados y las intermitencias contribuyen a acentuar el precario momento que atraviesa todo el comercio, especialmente el sector gastronómico, fuertemente golpeado por la pandemia, junto a rubros que jamás pudieron volver a trabajar. Los que todavía aguantan, ya casi no pueden más, entre los alquileres, los créditos, los sueldos y los gastos fijos, están al tope de lo que es posible soportar. Los bolsillos no le dan más, ya no tienen resto, apenas están subsistiendo y junto con ellos lo hacen los miles de trabajadores que dependen de sus empleadores para seguir laburando. Por eso salen a la calle, no porque quieran causar malestar, o propiciar la desobediencia civil, están desesperados.

Claro que saben que el sistema de salud está al borde del colapso, claro que saben que estamos en el peor momento de la pandemia, pero no son culpables, son víctimas de la asfixia económica que provoca esta situación. Por eso eligen el riesgo de manifestarse, por eso optan por una aplaudida, por exponerse, a pesar de la situación y el contexto.

Lo que no hay que perder de vista, nunca, es el por qué, el por qué hacen lo que hacen. Lo que no hay que perder de vista es que no son los culpables, ni de la situación sanitaria, ni de la situación de asfixia de sus comercios. Al revés, son víctimas que han hecho todo lo posible por seguir adelante, por seguir produciendo, vendiendo, trabajando, que siguen haciendo todo lo posible por mantener sus emprendimientos a flote. Son damnificados y quieren, necesitan, trabajar porque sino tienen que cerrar.

Por eso no hay que enojarse con ellos, porque ni son culpables de la pandemia, ni decidieron las medidas de confinamiento, desconfinamiento y restricciones, no colapsaron el sistema de salud, ni son los responsables de tomar los recaudos para evitar que la segunda ola provocara los estragos que está provocando. No son culpables de que las restricciones intermitentes estén liquidando sus empresas o comercios, no tienen la culpa ni de la caída abrupta de sus ingresos ni de no poder ajustar sus estructuras de costos por acatar la prohibición de despedir y suspender. Están al borde de la quiebra, al borde de tener que bajar las personas, están desesperados.

“La necesidad tiene cara de hereje”, la necesidad los impulsa a tratar de salvar lo poco que queda, aunque eso implique desafiar las normas y desoir las restricciones. Enojarse con ellos no puede ser una opción. Enojarse es equivocado e indolente, no son culpables, son víctimas.

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