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El hastío empieza a inundarnos la paciencia

Se termina julio y acá estamos, seguimos en esta especie de limbo o sala de espera interminable, esperando algo, que a esta altura ni siquiera sabemos muy bien qué es, algo que llamamos la post pandemia, la nueva normalidad, algo que nos deje parados en una realidad en la que tengamos una sensación de mayor estabilidad y, sobre todo, alguna previsibilidad. Esperamos tal vez que nos devuelvan la sensación de que podemos planificar nuestra cotidianeidad y nuestro futuro, algo tan simple y, por estos días, tan extraño.

Llevamos cuatro meses suspendidos en la incertidumbre, esperando día a día el número de contagios y víctimas, controlando el estatus sanitario de nuestra provincia y nuestra ciudad, atentos a cada anuncio que nos indique, como una brújula, el oráculo de lo que podremos y lo que no podremos hacer a la mañana siguiente. Es angustiante y el hastío empieza a inundarnos la paciencia.

Estamos llegando a un punto límite, a simple vista es observable cómo disminuye la tolerancia social a las medidas, cómo el temple y la resignación de aceptar que simplemente hay que hacer lo que nos indican, disminuye. Y eso constituye un gran problema para cualquier autoridad, es una frontera que se acerca y tendrán que ponderar a la hora de tomar las decisiones a riesgo de lo que pueda suceder.

Parados en las puertas del mes de agosto las estadísticas muestran con una claridad incontrastable que el pico todavía no llegó, que el virus no afloja, que los casos siguen aumentando y el número de fallecidos también. Estamos en las puertas del mes de agosto y a esta altura, los datos económicos pasaron de desastrosos a alarmantes, la situación social es insostenible y la angustia de los que ya no saben qué más hacer para subsistir empieza a tomar un lugar preponderante en la escena argentina.

El Presidente habla de medidas para la post pandemia, les dice a los medios extranjeros que no cree en los planes económicos y a los argentinos, que aguantemos un poco más, que estamos haciendo las cosas bien, pero no nos habla del futuro, no tenemos un horizonte claro de cuándo llegará finalmente la tan mentada post pandemia, la nueva normalidad, cómo proyecta poner el país en marcha, hasta cuándo podremos aguantar sin una economía en pie dándole sólo a la maquinita de fabricar billetes. Ignoramos qué va a ser de nosotros.

Las declaraciones de “tengan paciencia”, estamos trabajando en el “fortalecimiento del sistema sanitario” y las de estamos preparando “medidas para un futuro más definido” ya las escuchamos, son una estrategia con certificado de defunción, como todo lo que entre en la calificación de indefinición, cuyo único propósito es amortiguar las tensiones sociales en aumento. Están tratando de ganar tiempo y suavizar las incertidumbres, pero es una táctica perimida y sería conveniente, por el bien de los argentinos, que tengan una lectura correcta de esa situación.

Es una pregunta sin respuesta cuánto tiempo más podremos tolerar la incertidumbre, cuánto le queda a esta tensa calma. Pasamos todas las etapas, el miedo, la obediencia, la resistencia, la adaptación, la exasperación y tal vez, estemos entrando en la de la incredulidad y ese es un límite que no deberíamos atravesar. Los costos económicos y políticos son, a esta altura, altísimos, pero los costos sociales son aún peores, porque ya no queda argentino que no esté ávido de alguna certidumbre sobre el futuro.

Al Presidente se le agota el tiempo para tomar decisiones fundamentales porque los argentinos estamos agotando nuestra capacidad de estar suspendidos en la nada. Llevamos más de cuatro meses en esta situación y necesitamos planificar nuestras vidas, poder pensar en algo más que el presente, estar pendientes de algo diferente al número de contagios y víctimas, a la evolución del estatus sanitario de nuestros territorios.

Por eso, lo que sea que vaya a venir, llámese post pandemia, nueva normalidad o futuro flexibilizado, tiene que venir muy pronto. La previsibilidad es necesaria para vivir, el hastío empieza a inundarnos la paciencia y ese es un síntoma tanto o más preocupante que el coronavirus.

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