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El enojo chileno

Quienes conocen Chile saben que las diferencias sociales están muy marcadas. No debe sorprender ver a una familia de clase alta vacacionar en algún bello lugar chileno, por caso Pucón en el sur argentino, ubicado a escasos kilómetros de Villarrica y un poco más lejos de Temuco, la ciudad más reconocida en cuanto al aspecto comercial y universitario de la Región de la Araucanía.

Valga como ejemplo: esa familia de padres adultos jóvenes, con hijos pequeños y preadolescentes viaja y se moviliza adonde sea siempre acompañada de una “nana”, empleada doméstica que prácticamente es la sombra de “la señora” y debe atender “a los niños” sin pausa, y hasta puede estar vestida con atuendo acorde a su labor.

Sí, así es Chile, no se sorprenda. Unos pocos tiene mucho, pero mucho de verdad, la clase media trabaja denodadamente para vivir y en ese transitar hay que pagar escuela, universidad, medicina, mucho en transporte en las ciudades más grandes como Santiago o Concepción, poco en impuestos y lógicamente los servicios como luz y gas, que muy pocos tienen porque Chile no cuenta con gas natural, sino que lo exporta y es oro, y el oro cuesta, la leña menos. De la clase baja que decir, sobreviven como sucede en todos los países latinoamericanos, no tienen acceso a casi nada del resto de los estratos y los puede “salvar” un empresario o comerciante poderoso que los saque del pozo. Pero son excepciones, casi milagros.

Con esta introducción le decimos que Chile tiene tres clases muy diferenciadas: alta, media y baja, sumisa del resto. Los ricos son ricos y algunos extremadamente, la clase media es sinónimo de lucha y ha logrado despegar a partir de los años y los gobiernos democráticos, pero su vuelo económico es rasante, peligroso; ¿por qué? Una de las razones es que los sueldos son bajos en virtud de todo lo que se les ofrece.

El chileno medio gasta compulsivamente porque la oferta es enorme y Chile tiene una mentalidad muy capitalista en cuanto a lo material, por lo tanto, las grandes tiendas de ropa, electrónica, artículos del hogar, etcétera, ofrecen a diestra y siniestra planes de pagos, muy largos en el tiempo y con interés. El que tiene mucho ingreso, la clase alta, no tiene problemas. Pero aquel que gana el equivalente a unos treinta mil pesos argentinos, comienza a endeudarse y esa deuda crece mes a mes. Siguen las ofertas, el consumo excesivo y la deuda crece.

Hasta que alguien sentado en un escritorio, con una vida acomodada, ideas liberales al extremo, decide que es tiempo de aumentar el metro de Santiago (una red subterránea envidiable) que conecta a prácticamente toda la capital trasandina. Allí se mueven millones de chilenos y extranjeros que visitan a diario el país, es uno de los pocos lugares donde no se distingue el rico del pobre. O mejor dicho, si se diferencia, pero van juntos, cosa que no sucede en otros sitios. Porque en Santiago la clase alta va a un restaurante en Las Condes donde los precios son altos, mientras que la media elige el centro santiaguino para un lujo gastronómico o los patios de comidas de los enormes malls (shoppings) presentes en todo el país. La baja está ahí y son muchos, millones.

Esa decisión fue la mecha que encendió la bomba que explotó en Chile días atrás. Un reclamo de estudiantes secundarios que cansados de pagar una tarifa superior a un dólar para ir a una escuela y otro para volver a su hogar se plantó, levantó los molinetes en diferentes estaciones de metro y así multiplicó la protesta por miles; claro que aparecieron los oportunistas y lo que comenzó como un reclamó culminó en una barbarie. Los adolescentes no imaginaron eso, ni siquiera se lo plantearon, pero sucedió. Fue algo así como lo hice, pero no tuve la intención que terminara tan mal.

Después de unos días, con muertos en las calles, una militarización impensada que además exacerba al chileno que recuerda una dictadura brutal ocurrida no tan lejos en el tiempo, daños por doquier de lo público y privado, el presidente Piñera no sólo retrotrajo las medidas, sino que además reconoció que no se dieron cuenta que la gente estaba tan enojada y molesta, que es cierto que las diferencias en los ingresos son enormes entre unos y otros que se cruzan a diario. Reconoció que aprendió la lección tanto él como sus ministros y colaboradores.

El presidente de Chile hociqueó públicamente, pidió perdón, agachó las orejas como un perro asustado. ¿Es real ese sentimiento? No lo sabemos, pero sí fue real que el viernes 25 de octubre, millones de personas llenaron las calles de cada una de las ciudades y pueblos de Chile para decir basta. Dejaron entrever que en el capitalismo las diferencias existen, pero si las hay que no sean tan evidentes por parte de la clase gobernante a la que la mayoría tilda que “les falta calle”.

Tal vez hayan molestado las formas, la violencia, el aprovechamiento de algunos para delinquir, pero el chileno trabajador, los estudiantes, los ancianos que viven sus últimos años gracias a la ayuda de sus hijos o familiares, le marcaron el terreno al presidente-empresario. Y si no se dio cuenta y sus palabras no son genuinas, es probable que sólo sin que nadie diga demasiado porque ya le “vomitaron” todo, agarre sus cosas y se vaya de La Moneda. Muchos lo esperan, otros apelan a que el gobierno despierte y resigne tantos privilegios para unos pocos y al menos los comparta con el resto. Es un llamado de atención también para los argentinos porque lo que sucede en la casa de mi vecino, puede pasar en mi hogar.

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