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El daño ya está hecho

Estamos cerca de cumplir un año y medio con clases presenciales intermitentes, un lapso en el que la digitalidad tuvo mucho más preeminecia que la posibilidad de encontrarse cara a cara en el aula, un triste récord que tendrá un costo inmenso, de una magnitud que sólo podremos ponderar con el tiempo, cuando ya la pandemia empiece a ser un mal recuerdo.

Estamos cerca de cumplir un año y medio con clases presenciales intermitentes, un lapso en el que la digitalidad tuvo mucho más preeminecia que la posibilidad de encontrarse cara a cara en el aula, un triste récord que tendrá un costo inmenso, de una magnitud que sólo podremos ponderar con el tiempo, cuando ya la pandemia empiece a ser un mal recuerdo. El mismísimo ministro de Educación Nicolás Trotta, afirmó al inicio del coronavirus, que lo que más le preocupaba, además de la vuelta segura a las aulas, era que sabía que íbamos a “sufrir un desgranamiento, un abandono sobre todo en la secundaria”. Tenía razón, la deserción tiene proyecciones alarmantes, sobre todo en las zonas más humildes del país.

La extensa suspensión de la presencialidad traerá efectos colaterales de diversa índole, muchos de los cuáles, inmersos como estamos en el ritmo de contagios y muertes, aun ni siquiera podemos adivinar. Pero es seguro que, a esta algura, atravesamos una tragedia educativa, que implicará pérdida de aprendizajes, profundización de las desigualdades, un gran impacto psicosocial producto de la pérdida de lo vincular y, por supuesto, un nivel de deserción escolar jamás visto. Las primeras proyecciones hablan de una pérdida de 1,5 millones de niñas. niños y jóvenes en los tres niveles obligatorios: inicial, primaria y secundaria, a lo que hay que sumarle los que no se reincorporarán de los superiores: terciarios y universitarios.

El investigador Agustín Claus, docente de Flacso, hizo una estimación a fines del año pasado, para calcular cuántos chicos se desgranarán del sistema educativo. Tomó como base dos factores: el promedio de abandono interanual por nivel y las respuestas que el Ministerio de Educación recabó en la evaluación nacional de continuidad pedagógica. Con ambas variables, arribó a una proyección, que según aclara es mínima y optimista, y señaló que la pérdida será por lo menos de 1,5 millones de estudiantes en la educación común, es decir, un 13% del total de la matrícula.

Según sus cálculos, el foco mayor de la deserción estará en la escuela secundaria, nivel en el que el abandono interanual ha sido mayor, alcanzando un promedio del 9 al 10% en años en los que la pandemia no existía y en los que las crisis eran moneda corriente, pero no de la magnitud que dejará el virus.

Claus estima, basándose en datos oficiales, que un 4% de los chicos perdió por completo el vínculo con sus maestros desde la suspensión de las clases, a lo que hay que sumarle que cada día que pasa sin el vínculo presencial, se multiplican las chances de que no vuelvan. Nunca antes los chicos habían estado tanto tiempo sin ir a la escuela, si consideramos que las vacaciones de verano, que son apenas 3 meses sin ir a clases, suelen dejar un tendal de alumnos vulnerables en el camino, mucho más dramático será lo que deje la pandemia.

No olvidemos que la experiencia pampeana es una excepción en el país, somos una de las pocas provincias que recuperó el vínculo presencial el año pasado, una de las que más sostuvo las clases en las aulas y que el nuestro es un territorio en el que las condiciones de vida son muy buenas comparados con otros distritos, pese a lo cuál es complicado revincular y reincorporar a todos al sistema.

Antes de la pandemia, sabíamos que la nuestra era una sociedad atravesada por desigualdades profundas, ahora sabemos que algunas, como la brecha digital, son realmente gigantes. El Covid ha dejado al desnudo la ausencia de condiciones materiales y herramientas tecnológicas, sobre todo en las familias más vulnerables, en las que las dificultades digitales y de conectividad, han limitado seriamente durante este lapso, el acceso de los niños, niñas y adolescentes a las tareas escolares virtuales y, por ende, al sistema y a la continuidad educativa. El Covid sinceró y agravó las disparidades.

El panorama es desolador, lo que nos está pasando tendrá costos de largo plazo altísimos, muchos de los cuáles aun no podemos vislumbrar. Esto es una tragedia que hoy, aquí y ahora, en medio de la peligrosidad del colapso del sistema sanitario y de la angustia del aumento de contagios no podemos ni ver, ni atender. El daño ya está hecho, lo deseable es que cuando pase la pandemia, en vez de dedicar tiempo y esfuerzo a lamentarnos o echar culpas, nos arremanguemos y nos pongamos a trabajar.

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