Provinciales |

El adiós a la mudez añosa de un ciudadano del tiempo

Por: Raúl Bertone

Resistió durante casi 107 años. Claro al alba, silencioso en el sopor de la tarde, inquieto por la brisa del crepúsculo, oscuro en la noche. Ocultó incontables historias escolares. Miles de chiquilines corretearon a su alrededor en los recreos. Prendidos en tenidas con bolitas debajo de su ropaje verde. El aguaribay que hoy yace derrumbado en un sector del terreno donde se erige la Escuela 26, tras ser víctima de los embates de una tormenta en marzo pasado, fue un testigo del paso del tiempo. Plantado el 11 de septiembre de 1913 en ocasión de la Fiesta del Arbol, presidida por el primer intendente, Pedro Alfredo Bo, fue la referencia verde que miró sigilosamente el crecimiento de la ciudad, otrora aldea cuando su plantación.

“Te dicen que un árbol es solo una combinación de elementos químicos. Prefiero creer que Dios lo creó, y que es habitado por una ninfa”, escribió Auguste Renoir. Voyeur de ramas altas, de troncos, de hojas que caen muchas veces sobre los hombros indiferentes de la gente. A veces no lo tomamos en cuenta, ni nos enteramos de su presencia, del tiempo que tiene compartiéndonos sin mezquindades su sombra. Recorrer las calles con el único objetivo de admirar a quienes nos observan desde sus verdes parsimonias, puede llegar a ser un viaje único. Allí donde uno menos se lo imagina, aparece de pie un testigo verde, un árbol que hace de percha, de basurero, de confesor y guardián de muchos secretos. Besos robados, corazones rotos o piñas son parte de sus historias.

El aguaribay que creció y se hizo fuerte sobre calle 26 fue testigo de tiempos remotos. De esos adonde la memoria no llega por sí sola sin la ayuda de los recuerdos de los otros. El periódico Nuevos Rumbos era dirigido por Luis Argentó. De aparición diaria se transformó luego en bisemanario y el 2 de junio de 1916 volvió a su hoja diaria hasta dejar de publicarse a principios de 1920. Lo ocurrido ese 11 de septiembre de 1913 se reflejó vastamente allí, y luego fue Ludovico Brudaglio quien extrajo la crónica para alimentar su Album Gráfico del año ‘15. La denominada “Primera fiesta del árbol” constituyó una celebración como pocas en ese tiempo. La banda de música recorrió las calles en las primeras horas de la mañana para una previa que incluyó banderas y bombas de estruendo.

Todo el pueblo participó activamente, y fueron los chicos (unos seiscientos alumnos de las escuelas que funcionaban en esa época) quienes ocuparon el protagonismo principal. A la hora de los discursos, Pedro Alfredo Bó, quien además de ser el intendente municipal integraba la Sociedad Forestal Argentina, brindó tributo con sus palabras al acto de plantar un árbol. En esa jornada se colocaron doscientos treinta plantas en diferentes rincones de General Pico y los aplausos se dejaron escuchar también cuando una poesía alusiva recitada por Pastor Lacerca, escolar de la 64, establecimiento dirigido por Juan Garro. Los educandos se dirigieron posteriormente al Bar Centenario, donde fueron obsequiados con chocolate y masas.

El aguaribay de la 26 sobrevivió a ese día de fiesta hasta que pocos meses atrás se derrumbó su mudez añosa y supervivencia batallada. Perteneciente a la familia de las anacardiáceas, del género conocido como molles o árboles de la pimienta, crece con gran velocidad y se adapta con facilidad a suelos muy distintos, aunque no tolera el anegamiento ni la alcalinidad extrema. Es resistente a la sequía y a las heladas. En su Crónica del Perú, escrita entre los años 1540 y 1550, el cronista Pedro de Cieza de León dedica un capítulo sobre este árbol y su utilización entre los antiguos peruanos, como la obtención de un brebaje alcohólico y otros productos: “De una fruta muy menuda que cría este árbol hacen vino o brebaje muy bueno, y vinagre; y miel harto buena, con no más de deshacer la cantidad que quieren de esta fruta con agua en alguna vasija, y puesta al fuego, después de ser gastada la parte perteneciente, queda convertida en vino o en vinagre o en miel, según es el cocimiento” (Cieza de León, 1984, p. 380).

Hoy todos sabemos que la naturaleza tiene vida. También tenemos mayor conciencia de que necesitamos desarrollar una relación de armonía con ella para preservarla. No hay nada tan triste como ver un testigo talado en medio de una ciudad que nunca calla, nunca duerme y siempre busca un cómplice verde para compartir sus vivencias. Sucede aquí, y se produce en distintas partes de la provincia y del país. Obras públicas que eliminan el arbolado, la tala sin concesiones que se repite, plantaciones que languidecen por falta de riego adecuado. Y las podas brutales. Ese macheteo indiscriminado. Ciertamente el drama comienza en el diseño de los urbanismos. El cemento tapándolo todo. En el afán de maximizar el aprovechamiento del terreno, con anuencia de las administraciones municipales y la venia de organismos, eliminan todos los árboles en las áreas a intervenir.

Como seres vivos los árboles merecen respeto y tienen derecho a la vida. Como bien ambiental, tienen derecho a ser protegidos y a no ser dañados. Nuestras ciudades no pueden seguir perdiendo su verdor y nosotros, como habitantes de ellas, no debemos ni podemos permitir la pérdida progresiva de toda posibilidad inmediata de contacto con la naturaleza, condenados a la soledad. Muchos políticos se llenan la boca diciendo que por cada árbol que se despacha siembran diez o cien o mil... ¿Reparamos en los árboles que siembran? O son, como dijo Daniel Gershenson, plantitas tan frágiles y tan inmaduras que están hechas para no sobrevivir en las agrestes circunstancias que padece la ciudad. El aguaribay que ante mis ojos yace desplomado fue un monumento vegetal que, como testigo mudo e incólume, asistió a la historia piquense. La concentró en el tronco y en las ramas. Protegió con su follaje. Símbolo de los años transcurridos, memoria del tiempo.

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