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Médica piquense en el Ejército Argentino: "Trabajamos hasta el cansancio para darle lo mejor a los pacientes"

Antonella Violo es una joven piquense que trabaja a diario, en el Ejército Argentino, luchando contra el COVID-19.

Antonella Violo es una joven piquense que trabaja a diario en la lucha contra el COVID-19 en nuestro país. Con 28 años, es teniente médico del Ejército Argentino y se desempeña en el Hospital Militar Central de Capital Federal, realizando la residencia en Terapia Intensiva. Para ella, una “simple” médica en formación. Para muchos, una heroína en esta guerra invisible.

Su formación comenzó en la Universidad del Hospital Italiano, donde recibió tras seis años de carrera su título como médica clínica, con un promedio entre los más destacados de la entidad educativa.

“Piojo”, como la apoda toda su familia por ser la más chica de tres hermanas, nació y vivió en General Pico hasta que llegó la hora de abandonar el nido y volar hacia la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Su papá electricista y su mamá docente, le dieron el mejor impulso de vida y amor para que pudiera cumplir sus sueños. Por eso, terminó el secundario en el año 2010, en el Instituto Nuestra Señora de esta ciudad, y viajó hacia la capital argentina con 17 años, “para comenzar a estudiar y después laburar”, dijo Anto a La Reforma, recordando que “el desarraigo fue difícil, el primer año viví con mi hermana y después estuve sola, pero siempre con la fortaleza de saber que mis viejos trabajaron todos los días para que yo pudiera estudiar”, puntualizó.

Consultada luego sobre cómo eligió esta profesión, Anto relató que “fue desde chica, jugaba a internar osos en lo de mi abuela y les ponía guías de suero”, recordó entre risas. “Nunca se me cruzó otra cosa por la cabeza. De grande ya sabía que me gustaba la medicina y que quería hacer esto. Una vez dentro de la carrera vas viendo especialidades y vas cambiando, pero la idea siempre estuvo clara”, reveló.

Anto Violo fue entrevistada por La Reforma en su estadía en General Pico durante el período de fin de año. A continuación, su historia.

- ¿Por qué elegiste el hospital Militar?

Me gusta la Fuerza, las misiones de Paz, las posibilidades de trabajo en el lugar. Hice unos tres o cuatro meses de formación en el Colegio Militar de la Nación como interna. Me encantó, fue divertido. Desde las comodidades fue duro, uno pasa frío, hambre, sueño, porque todo es parte de la formación militar. Nos enseñaron las cuestiones básicas como tirar con FAL (fusil de combate), entre otras.

Me llevo recuerdos hermosos, porque uno se hermana con los compañeros de combate que tiene al lado y lo termina recordando de la mejor manera. Desde mi punto de vista fue una experiencia inolvidable.

Después comenzó la residencia, en un hospital militar, con todo lo que eso conlleva. Pero, por suerte, en el camino me encontré con personas espectaculares que me enseñaron muchísimo. Considero que tengo suerte, desde el esfuerzo de mis viejos, la contención de mi familia, mis amigos, uno tiene suerte.

Terapia intensiva, tu especialidad..

Sí, me gusta toda la medicina. No me pude imaginar realizando algo muy específico como oftalmología u otorrino, quería algo general y creo que terapia intensiva expone el estado más vulnerable de las personas. Es el paciente crítico, y me llamó siempre la atención. Demanda estar bien cerca del paciente, acompañarlo en mejorar su calidad de vida y darle una mano para que su cuerpo pueda sanar, o acompañar a la persona que ya no tiene retorno en sus últimos momentos.

- ¿Cómo es la vida del residente?

- El residente trabaja mucho, mucho tiempo. Es el tipo de formación que se estila hoy y es algo que espero se vaya reformando, porque con el cansancio extremo no se puede aprender bien. Me levanto alrededor de las cinco y media de la mañana, me preparo un desayuno rápido y salgo. Me mudé a seis cuadras del hospital para poder dormir un poco más. Ingresamos y estamos repartidos por años con los deberes. Realizamos las salas y las recorridas donde los residentes sufrimos, es donde nos toman lección y presentamos los pacientes.

Almorzamos ahí, cenamos ahí. La particularidad del hospital militar es que mantenemos algunas formalidades y utilizamos uniformes. Hay guardias más tranquilas y otras más movidas. Las de COVID-19 son muy activas, se te termina nublando la vista del cansancio en más de una oportunidad. Por la mañana se repite el paso y me voy alrededor del mediodía, un poco más de 24 horas de guardia.

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Médica piquense en el Ejército Argentino:

Médica piquense en el Ejército Argentino: "Trabajamos hasta el cansancio para darle lo mejor a los pacientes"

- ¿Te imaginabas una pandemia mundial?

- La verdad, no. Si me hubiesen dicho que iba a trabajar en terapia intensiva y en una pandemia en el tercer año, seguro lo pensaría dos veces. Es una locura, es terrible, nadie se imaginaba esto.

A nivel mundial fue inimaginable. Estar metidos en el foco, en la primera línea, es áspero. Al principio empezamos con mucha incertidumbre, con los primeros pacientes. Pensás en tu familia y en el hecho de decir ‘qué me va a pasar’. No conocíamos los riesgos de vida. Trabajamos con patógenos multirresistentes y contagiosas, pero esto era nuevo. No sabíamos si íbamos a contagiarnos o no.

Una vez que te acostumbrás, pensás en no caer en los malos usos y dejar de cuidarte, porque cuando dejas el trabajo tenés que volver a tu casa. Aprendimos todo sobre la marcha y la gente nos acompaña mucho, nos tiene mucha paciencia, a todo el equipo de salud.

- ¿Cómo ves al sistema de salud?

- Mi opinión personal es que ningún sistema de salud está preparado para una pandemia, ninguno. Todo sistema iba camino al colapso. Podemos estar preparados para una pequeña catástrofe pero no para que toda la población del país se enferme al mismo tiempo.

Dentro de todo, en mi situación particular, en mi trabajo, tuvimos insumos la gran mayoría del tiempo. Y cuando no hubo, cuando teníamos todas las salas con pacientes en coma inducido, nos la fuimos arreglando, porque todos trabajamos hasta el cansancio para darle lo mejor a los pacientes, a todos.

La protección personal debo decir que nunca faltó, tuvimos mucha suerte. Llevé todo el año sin contagiarme, no sé si fue suerte también, porque después de tantas horas de trabajos y guardias te puede pasar, que te confundis de habitación y entrás a una de un paciente con COVID-19 positivo sin vestirte.

También ha pasado que se descompensa un paciente crítico con COVID-19 y no tenés tiempo de ponerte todo el equipamiento, así que manipulás la vía aérea o haces RCP sin protección por la inmediatez del cuadro. Todos los hisopados y test de anticuerpos me han dado negativo, así que sí, creo que es un poco de suerte.

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Médica piquense en el Ejército Argentino:

Médica piquense en el Ejército Argentino: "Trabajamos hasta el cansancio para darle lo mejor a los pacientes"

- ¿Cómo era la terapia antes y después del COVID-19?

- Normalmente, en nuestra terapia intensiva los pacientes solían tener desde 60 o 70 años en adelante. El paciente joven que ingresaba es el que sufrió algún politrauma (por accidente de tránsito, por ejemplo), o un oncológico. Después es poco normal que alguien joven llegue ‘pelando papas’.

Pero en este caso, la particularidad del COVID-19 es que tenemos muchos pacientes jóvenes. Antes de la pandemia, el paciente entraba a terapia en estado crítico. Con COVID-19 trabajamos diferente.

El paciente contagiado llega bien, pero sabemos que se va a complicar por los estudios previos y las tomografías que le practicamos. Entonces, lo ingresamos a terapia, y ya se complica adentro, a diferencia de los pacientes habituales de terapia que ya llegan críticos.

Esto nos llevó a tener relación con ellos, porque como dije están bien cuando llegan. Pero luego ver cómo se deterioran, explicarles que los tenemos que dormir, darles para que realicen la última videollamada con las familias, contarles la verdad y mencionarles que la mortalidad de las personas entubadas es muy alta, con chances de no despertarse nunca más, es muy duro.

El que más me acuerdo, es un paciente que era músico. Mientras prendíamos el respirador para hacerle todo el procedimiento, nos decía corchea, semicorchea, al ritmo de las alarmas. Eso te parte a la mitad, no te lo olvidás más.

Otra noche, de guardia, pasé a hacer mi recorrida como siempre y todos los pacientes estaban dormidos, todos estaban en coma vinculados al respirador. Es ver una sala llena de gente dormida, es terrible.

- ¿Una expectativa, un sueño?

- Me encantaría volverme a Pico, extraño un montón. Me fui a los 17 años y desde el primer año de la facultad nunca dejé de extrañar. Cada vez que vuelvo me encuentro con que mis sobrinos están cada vez más grandes, y mis papás también lo están. Eso hace que cuando termine de formarme de la mejor manera quiera volverme lo más rápido posible.

Por otro lado, la Antártida, Haití, son misiones que desde el lado militar me encantaría concretar.

Después, me gustaría poder tener una vida en paralelo a la profesión. Si bien la medicina es lo que me apasiona y me gusta, quiero poder mantener una vida familiar, social, mis actividades deportivas y ser feliz. Hacer montaña con mi papá y no pensar en otra cosa. Este es en resumen, mi objetivo.

La vida es muy corta como para estudiar algo que no te gusta, ir a trabajar a un laburo que no querés. Cuesta no salir, no juntarse con amigos o estar lejos de la familia, ni hablar. Pero si está la pasión, hay que hacerlo.

Hoy aprendí sobre la fragilidad de las personas, veo que la gente aguanta el golpe y se vuelve a levantar, eso es lo mejor de todo esto. La familia del paciente me espera todo el día para recibir un informe, me escucha, me entiende pese a las malas noticias también. En esta circunstancia empecé a valorar lo que a veces no veía. El aguante de toda la gente hacia el personal de salud es lo más lindo que rescato de este momento.

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