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Duele, pero tienen razón

Se quieren ir, duele, quema la idea de saber que son miles los que están esperando que termine la pandemia para partir. Trabajar es cada día más complejo, mucho más si sos joven.

Trabajar es cada día más complejo, mucho más si sos joven. Lo que para cualquier argentino es una odisea, para nuestra juventud es directamente una tragedia: los que estudian no pueden trabajar de lo que estudiaron y si lo logran, no ganan lo que deberían; si abandonaron los estudios, ingresan en el mercado laboral en negro, están condenados a trabajar en la informalidad, con ingresos magros. Si sos joven, estás marginado del mundo laboral, o precarizado, o desocupado, es decir que la mayoría de las opciones que te ofrece tu terruño son una porquería.

Sumemos un aspecto más: la revolución de las nuevas profesiones, de las áreas del conocimiento relacionadas con lo que el mercado necesita y necesitará, sobre todo las carreras relacionadas con las comunicaciones y la informática, hace que un gran sector de la comunidad considere que los jóvenes están obligados a tomar estas opciones de estudio. Con lo cuál, a todo el contexto negativo, se suma la expectativa social que entiende que los jóvenes tendrían que orientar sus intereses hacia una carrera que responda a lo que la industria en desarrollo y la oferta laboral señale como necesario, con independencia de si es o no su vocación.

Generalmente, el señalamiento es edulcorado: “los jóvenes deberían considerar estudiar una carrera afín a sus intereses, pero que también responda a la demanda laboral del mercado”. No alcanza con que estudien, les pedimos más, mucho más, queremos que a los 18 años decidan su futuro, la carrera que es su vocación, sin perder de vista las necesidades de mundo laboral. Queremos que estudien, que opten por las carreras con mayor demanda, las que integran la lista de “adecuadas”, y en lo posible, que anticipen qué exigirá el mercado más adelante. No basta con estudiar, también tienen que ser atractivos para el mercado.

El fenómeno es mundial, ya hace unos años que la Organización Internacional del Trabajo publicó estudios que indican que el número de jóvenes desempleados en el mundo es altísimo y que la tendencia es a empeorar. No se equivocaron, pero en Argentina, a esa situación le sumamos nuestra propia crisis, nuestra descomunal tasa de desempleo general, cifra que cuando dividimos por grupos etàreos, en el caso de los jóvenes, se duplica. De la paleta de causas, las de mayor incidencia, las que agravan lo grave, son: la falta de demanda laboral, la falta experiencia laboral, la falta de calificación (muchos no tienen el secundario y otros tantos no lo terminaron), o la sobrecalificación.

Ergo, ni unos ni otros tienen perspectivas acordes. A los que no tienen estudios, les esperan condiciones laborales precarias, inestables, intermitentes, con pocas oportunidades de progreso. A los que tienen estudios, les esperan pocas posibilidades de desarrollarse profesionalmente en lo que se han formado y, como consecuencia de las pocas oportunidades laborales que hay, si logran trabajar en el área que eligieron, seguramente tendrán que reforzar con algún extra para poder llegar a fin de mes, porque los empleos de calidad, no son la norma.

Con lo cuál, en la edad en la que deberían ser personas emancipadas, son jóvenes que, con un título bajo el brazo tienen que aceptar ayuda familiar para subsistir y que además están condenados a trabajar jornadas extensísimas, rodando de un trabajo a otro, para más o menos equilibrar las cuentas. ¿Para qué estudiaron, para qué se quemaron las pestañas, para qué seguir perfeccionándose?

La falta sistemática de oportunidades para obtener un trabajo es directamente proporcional al aumento del desaliento y la frustración. Nuestros jóvenes no pueden aspirar a un trabajo, no pueden aspirar a condiciones laborales dignas y estables, no pueden aspirar a un genuino desarrollo laboral o profesional, según sea el nivel de estudios alcanzado. La insatisfacción y la desilusión inundan sus vidas, se sienten fracasados.

¿Cómo no van a querer irse, cómo no van a querer vivir en un ambiente menos hostil, cómo no van a querer oportunidades, cómo no van a aspirar a una vida mejor, con menos sobresaltos, con más estabilidad, con trabajo digno? ¿De qué podríamos culparlos si acá están marginados, precarizados o desocupados? Se quieren ir, duele, quema la idea de saber que son miles los que están esperando que termine la pandemia para partir. Duele, duelo muchísimo, pero lo que más duele es saber que tienen razón.

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