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No importa lo que decimos, importa lo que hacemos

La discriminación estructural, está naturalizada, circula en nuestra conversación pública, en nuestras redes sociales, en nuestros vínculos, es parte constitutiva de nuestra identidad.

Somos lo que somos, no lo que decimos que somos. Somos lo que somos, aunque no nos guste lo que somos, aunque no reconozcamos lo que somos. Aunque nos neguemos a mirarnos al espejo, seguimos siendo eso que somos. El límite entre lo que debe ser y lo que es, o entre lo que nos gustaría ser y lo que somos, es puramente ficticio, una cosa es lo que pensamos y reproducimos sobre nosotros a nivel discursivo y otra, muy diferente, son nuestras prácticas sociales, nuestra manera de ser y actuar. Nos guste o no, somos intolerantes, prejuiciosos y discriminadores.

La consultora Zuban Córdoba y Asociados, dedicada a la consultoría en comunicación estratégica, a la investigación de la opinión pública y el monitoreo de redes sociales, realizó un estudio muy interesante, aún en proceso, cuyos resultados preliminares son imperdibles. Concretaron la investigación mediante un rastreo de conversaciones sociales, tomando muestras principalmente en las redes y en los discursos que circulan en torno a la argentinidad y nuestra identidad, y encontraron que, pese a nuestra idealización nacionalista que dice que somos muy buena gente, somos todo lo contrario. Las expresiones racistas, xenófobas, misóginas y discriminatorias, son moneda corriente.

El estudio, denominado “Intolerancias argentinas: un informe sobre los prejuicios y la discriminación”, confirma que somos una sociedad atravesada por prácticas que no percibimos o no queremos ver. La discriminación estructural, aquella que refiere a patrones y contextos en los que los grupos vulnerados son históricamente marginados, excluidos o discriminados, está naturalizada, circula en nuestra conversación pública, en nuestras redes sociales, en nuestros vínculos, es parte constitutiva de nuestra identidad.

Somos racistas, somos xenófobos y somos misóginos. La intolerancia y la discriminación son tan comunes como las murallas que discursivamente construimos para no ver lo que no queremos ver. Nos auto percibimos muy progres, pero es una ficción, una mentira que hemos sostenido y fortificado para sentirnos libres de culpa y cargo. Como refiere irónicamente la directora de investigación de la consultora que realizó el estudio, Paula Zuban: “los argentinos no discriminamos, el que discrimina es el otro”.

Lo cierto es que la encuesta, que se realizó sobre una muestra de 1200 casos en todo el país, reveló que el 32% de los argentinos encuestados está totalmente en desacuerdo con la afirmación “en general somos tolerantes con quienes no piensan como nosotros” y un 25% dijo estar “algo en desacuerdo” con ese concepto. Eso equivale a decir que el 57% de los participantes admite la escasa tolerancia que tenemos para aceptar opiniones contrarias a la propia. Por otro lado, el 62% de los encuestados expresó desacuerdo con la expresión: “Argentina es un país donde no se discrimina a nadie”. Mientras que un 83% del total acordó con el axioma “el Estado debe imponer multas y sanciones a todos los actos discriminatorios”, en un reconocimiento tácito de la discriminación que subyace en nuestra identidad.

Creemos que no, pero somos intolerantes por motivos que creíamos absolutamente superados, eliminados y extirpados, discriminamos al prójimo por su orientación sexual, su ascendencia, su color de piel, su religión o su ideología. Al revés, sumamos nuevas intolerancias, como la mirada torva o el señalamiento a los enfermos o sospechosos de estar contagiados de Covid.

Otro de los núcleos de nuestros prejuicios y discriminaciones, se sitúa en torno a las problemáticas de género. La subestimación de la violencia de género en todas sus formas, el abuso, el acoso callejero, la brecha salarial, las violaciones y los femicidios, siguen siendo habituales y tangibles en expresiones de fastidio y el uso de terminología como “feminazi” para señalar a quienes están intentando “avanzar demasiado rápido, o demasiado fuerte”, o están queriendo colarse en lugares que “no les corresponde” o que “no se han ganado”.

Somos lo que somos, no lo que decimos que somos. Somos lo que somos, aunque no nos guste, aunque detestemos mirarnos en el espejo. Somos intolerantes, prejuiciosos y discriminadores, somos racistas, xenófobos y misóginos. No somos lo que decimos que somos, las murallas discursivas que construimos son insuficientes para ocultar las prácticas que no queremos ver. No importa lo que decimos, importa lo que hacemos.

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