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Derogamos, ¿y ahora?

Recibimos con alivio el sabio anuncio del ministro de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación, Juan Cabandié, anticipando la derogación del decreto 591/19 firmado por Mauricio Macri, que literalmente podía convertirnos en un basural de las potencias del mundo, pero ahora falta el segundo paso, tan o más importante como el primero: hacer algo con nuestra propia basura.

El tristemente famoso decreto de Residuos Peligrosos era una flexibilización de la normativa que previamente prohibía la entrada al país de todo tipo de residuos. La derogación de ese espanto es lo que había que hacer, sin embargo, no debería Cabandié dar por terminado el tema, Argentina tiene que empezar urgente a resolver los problemas de gestión de residuos propios. No estamos haciendo casi nada, y decimos “casi”, para salvar el porcentaje que se reutiliza, que ni siquiera se sabe a ciencia cierta cuál es, pero sí que es mínimo

Somos un país que recicla muy poco y eso es atribuible a la falta de un régimen unificado que disponga reglas claras para la industria, a la discontinuidad de medidas que rotan en el tiempo junto con los cambios de los funcionarios, a la falta de educación ambiental, a los pocos controles y penalidades y lo que engloba todo: a la ausencia de políticas respecto a la basura.

Claro que una cosa es no hacer nada con la basura propia y otra muy diferente es abrir las puertas para que nos traigan “residuos peligrosos”, que es lo que había firmado Macri en agosto del 2019, decreto que, por suerte, va a pasar a la historia sólo como un intento descabellado de congraciarse con los mercados internacionales. La normativa habilitaba el ingreso de desechos considerados reciclables y/o reutilizables sin necesidad de que el país de origen certifique su “inocuidad sanitaria y ambiental”, tenían que cumplir algunas condiciones, pero eran tan maleables y laxas, que se diluía cualquier posibilidad de control serio.

La derogación del decreto macrista era lo que había que hacer, pero si Cabandié aspira a avanzar en el tema tendría que comenzar a apuntar sus esfuerzos a propiciar la denominada economía “circular”, que consiste en una economía de bajo impacto ecológico que promueve la disminución tanto del consumo de recursos como de la generación de residuos. Eso sí, hay que estar dispuestos, porque implica cambiar muchos hábitos.

Abrazar la economía “circular” obliga a consumir menos productos innecesarios, a compartir entre varios los bienes que se usan poco, a diseñar productos que duren más, que sean más fáciles de reparar y también de actualizar, a separar, recuperar y reciclar todo lo posible, a obtener energía a través de la combustión de residuos, entre otras tantas estrategias que nos son ajenas y por ahora, lejanas.

Una transición hacia este tipo de economía es lenta, complicada y, sobre todo, necesita muchísimos años ininterrumpidos de sostenimiento de políticas públicas, que sin duda es nuestra mayor debilidad, acostumbrados como estamos a que el que llega borra de un plumazo lo que hizo el anterior y arranca de nuevo, sin importar si lo que estaba era bueno, malo, mejorable o descartable, todo va a parar a la misma bolsa.

Por eso, tal vez podríamos conformarnos con empezar por los primeros peldaños, no tan grandilocuentes, pero igual efectivos, porque en este tema, siempre algo es mucho mejor que nada.

Empecemos por esos primeros tres pasos: separar, recuperar y reciclar, pero empecemos, y que sea política de Estado, y que se cuele en las escuelas y que sea una normativa del gobierno en todas sus áreas en todo el territorio nacional, que todas las reparticiones públicas separen, recuperen y se ocupen de dónde y cómo enviar el material para que sea reciclado, que el Estado dé el ejemplo. Y sumarle otra pata fundamental: disminuir la generación de desechos, de emisión y uso de sustancias contaminantes, tanto en los hogares como en las empresas y el Estado. Eso lo podemos hacer, no es ni tan lejano ni tan ajeno.

Aplaudimos la sabia decisión del ministro Cabandié, no vamos a transformarnos en el basural de ninguna potencia de turno como pretendía el decreto del espanto que derogó, ahora tiene que concentrarse en cómo resolver los numerosos problemas de gestión de nuestros residuos. Hay prácticas internacionales en materia medioambiental y ecológica que podrían adaptarse a la realidad local, pero hay que tomar la decisión y arremeter.

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