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¿Cuánto más podremos soportar?

No pudimos elegir, la cuarentena nos obligó a cambiar los hábitos y está claro que nos sentimos mucho más cómodos con lo conocido, que esto nos sacó de nuestra zona de confort y que, aunque le hayamos puesto onda y empujado todo lo posible apechugando el encierro a fuerza de kilos y kilos de creatividad, estamos llegando a un punto complicado. A esta altura ya no sabemos cuánto más podremos soportar con los permisos a cuenta gotas, con las cuatro paredes como horizonte y las mismas caras para convivir durante las 24 horas de cada día.

Psicológicamente esta cuarentena se pone cada vez más complicada, sobre todo porque no sabemos cuánto nos falta transitar, cuando se termina. Eso no nos permite un horizonte, planificar, conectar con lo que se viene. Eso nos obliga a readaptarnos ante cada nuevo anuncio de extensión o flexibilización de la medida, y sobre todo les cuesta a los chicos y a los viejos, que ya no dan más de ganas de salir y cambiar de aire.

Como dijo la intendenta Fernanda Alonso, “hay gente que colabora con el cumplimiento de la cuarentena, cuidando a toda la sociedad a fines de que podamos sostener la condición de emergencia que atravesamos, y otros que no, que incumplen, buscan excusas para circular como si nada pasara”. Algunos cumplen y otros no, en general venimos bien, nos portamos bien, de hecho, Argentina logró achatar la curva de contagios gracias a que mayoritariamente todos hicimos lo que había que hacer, a que mayoritariamente acatamos las medidas dispuestas por las autoridades, pero las ganas de salir ya están llegando a un límite, hay muchos que ya no dan más y se empieza a notar.

A esta altura todos sabemos que no hay que relajarse mucho porque el virus sigue al acecho, sabemos que sigue dependiendo de nosotros, de nuestra conducta social y de nuestra responsabilidad, pero aún así se está haciendo cada vez más complicado, porque lo que empieza a estar también en juego es la salud mental. La de los chicos, a los que ya no hay manera de explicarles que todavía no pueden ir a la escuela, a jugar con sus amigos, a practicar su deporte o a dar vueltas con la bici en la plaza. La de los grandes, que mueren por un asado con amigos, trotar al aire libre, un picadito después del trabajo o unos buenos mates compartidos. La de los adultos mayores, que están solos y no pueden recibir la visita de sus hijos y sus nietos, que deben conformarse con una comunicación telefónica o una videollamada. La de todos los que atravesamos cumpleaños virtuales, aniversarios y festejos sin besos, sin abrazos, sin brindis, sin encuentros.

Lo que nos pasa es lógico, somos seres sociales, no teníamos recursos previos para afrontar lo que estamos afrontando, no es natural recluirnos, menos en países como el nuestro, donde las demostraciones afectivas son nuestra marca en el orillo, parte de nuestro ADN. Por eso muchos están sufriendo las consecuencias del aislamiento, la alteración de nuestra vida normal. El encierro afecta, psicológica y socialmente.

Un estudio del CONICET sobre los efectos del aislamiento en la adultez explica que uno de los principales factores de estrés humano es el componente social. Las situaciones de reclusión y aislamiento pueden provocar emociones tales como ansiedad, depresión, sentimiento de soledad y desamparo. También se ha estudiado la vinculación del encierro con sintomatologías del cuerpo físico, como la modificación del umbral de dolor.

Por su parte, la revista médica británica The Lancet desarrolló una investigación para determinar las principales manifestaciones psíquicas y emocionales en personas que llevaron a cabo cuarentenas en situaciones de emergencias sanitarias similares. Analizaron a personas forzadas a practicar aislamiento en casos de SRAS, ébola, influenza H1N1, MERS y también influenza equina. Los principales síntomas registrados fueron: ansiedad, irritabilidad, insomnio, falta de concentración e indecisión, estrés post-traumático, angustia, enojo, agotamiento emocional, depresión, miedo y nerviosismo.

No pudimos elegir, la cuarentena nos obligó a cambiar los hábitos, llevamos casi dos meses recluídos, ¿cuánto más podremos soportar? ¿Cuánto más sin enfermarnos, sin consecuencias graves para nuestra salud mental? Estamos llegando al límite, se nota en la calle, se nota en el humor social y en las violaciones a las medidas restrictivas. No podremos soportar mucho tiempo más, empezamos a cansarnos y se empieza a notar.

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