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La hora de la verdad

Miremos lo positivo, seamos resilientes, toda tragedia pone a prueba nuestra capacidad de hacer frente a la adversidad, de sobreponernos al dolor y transformar aun las situaciones más difíciles en algo positivo. Podemos afrontar y superar los acontecimientos graves, y este lo es, de una manera sana, adaptarnos a lo que nos toca y, por qué no, salir fortalecidos o mejor aun, transformados. Miremos lo positivo, el coronavirus desafió a la humanidad, nos obligó a la solidaridad, a repensarnos, a mirarnos el ombligo y recapacitar. Este virus nos empujó a replantearnos cómo estamos viviendo y hacia dónde estamos yendo, nos sacudió y destruyó todas nuestras mezquinas certidumbres.

Algo tenemos claro, todos: no podemos pensar en salvarnos solos, acá el pellejo propio está atado al del resto. El coronarivus nos puso en caja, a todos. Nos recordó que somos vulnerables, que no somos ni más ni menos que nadie, que todas las posesiones individuales son absolutamente inútiles, que no podemos blindarnos individualmente, que el futuro es colectivo o no es. Esta pandemia nos está dando una gran oportunidad.

Específicamente para nosotros, los argentinos, el virus ya obró milagros, milagros que podemos sostener en el tiempo o echar por la borda. Porque, por si no lo han advertido, como consecuencia de toda esta tragedia, desaparecieron las grietas, se silenciaron los rencores, los señalamientos inútiles de unos a otros, las visiones encontradas del país, se evaporaron las mediocridades, todos se encolumnaron por una vez y de una vez en aras del bien común. No hay disonancias estériles. Y, para evitar malinterpretaciones, aclaramos a los duros de entendederas, que no estamos alentando la ausencia de disenso, que es sano y democráticamente necesario, referimos a las discrepancias inútiles e inconducentes, a los disensos marketineros que lejos de buscar soluciones alimentan la épica partidaria sólo para la foto, referimos a los slogans con dedito levantado para ocupar espacio en los medios, sólo para hacer que algo pasa mientras no pasa nada.

Miremos lo positivo, seamos resilientes, la tragedia nos inundó de gestos solidarios, floreció lo mejor de nosotros en muchos aspectos. Aparecieron campañas, colectas, gente que nunca había abierto la billetera sintió la necesidad de mirar al otro, gente que siempre tendió una mano redobló esfuerzos, muchos políticos y dirigentes donaron parte de sus sueldos. La pandemia nos conminó a ser mejores, nos obligó a trabajar en unidad en pos de un propósito superior. Abundan los gestos humanitarios, se visibilizaron los más vulnerables, lo importante volvió a ser importante y estar primero en la agenda, no hay atajos, no hay distracciones, lo vital, lo urgente, es preponderante.

El coronavirus provocó un quiebre inédito, acá no reditúa ningún oportunismo, y eso, para nosotros, es una circunstancia única e irrepetible, que puede provocar, si podemos sacar provecho de este aprendizaje, un giro trascendental. La pandemia nos obligó a gestionar para todos entre todos, nos conminó a ponernos de acuerdo en lo importante, a buscar soluciones colectivas, a planificar en conjunto, a coordinar dejando la grieta a un lado, a practicar la generosidad y la humildad, a pensar en el bien común. Y estamos pudiendo, nos salió juntarnos, nos salió buscar soluciones colectivas, nos salió vencer la tentación de buscar el rédito personal, nos salió pensar sin ventajas sectoriales, nos salió encolumnarnos, nos salió estar a la altura de las circunstancias.

Nos falta lo peor, que va a venir cuando salgamos de la emergencia sanitaria y empecemos a transitar la crisis económica que va a ser monstruosa. Y ahí vamos a tener el segundo gran desafío. Ojalá seamos capaces de no echar por la borda lo que construimos hasta acá en medio de la tragedia, ojalá no aparezcan los fanatizados, los ventajeros, los estúpidos de siempre, a arruinarlo todo, y que si aparecen podamos ponerlos en su lugar. Ojalá de esta salgamos fortalecidos, ojalá nos sirva para desterrar la politiquería, la insensibilidad, el egoísmo, ojalá podamos entender que hay otras maneras de gestionar, que pudimos ser mejores y que podemos seguir siendo mejores de lo que éramos.

Este virus nos empujó a replantearnos cómo estamos viviendo y hacia dónde estamos yendo, nos sacudió y destruyó todas nuestras mezquinas certidumbres. La que sigue es la hora de la verdad, en la que sabremos si aprendimos o si, pese a todo lo que nos pasó, no aprendimos nada.

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