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Los no escuchados

Los protagonistas han sido convidados de piedra. Llevamos casi un año y medio discutiendo sobre ellos sin ellos.

¿Y los chicos? No hemos escuchado a los chicos, no les hemos dado espacio para que expresen su voz, no sabemos qué piensan, qué sienten, qué opinan. Todo lo que hemos resuelto y realizado en materia educativa en este año de pandemia, ha sido pensado y decidido por adultos preocupados por ellos y por la educación, pero en ningún caso han participado. Todos los cambios han emanado de las autoridades educativas de cada nivel hasta llegar a las escuelas en las que los directivos y los docentes, asumieron las transformaciones. Luego, en casa, han sido madres y padres, pero no los chicos, nunca los chicos. Ellos son los grandes ausentes, los no escuchados.

Los protagonistas han sido convidados de piedra. Llevamos casi un año y medio discutiendo sobre ellos sin ellos. Haciendo foco en controversias como más o menos presencialidad, burbujas, Zoom, Meet, chat, transformaciones, conectividad, como adaptar la enseñanza a los nuevos modelos, qué contenidos priorizar, cómo evaluar, cómo garantizar la continuidad, el salto de un ciclo al siguiente y otros tantos detalles. Hablamos de ellos, pero sin consultarles y sin considerar sus opiniones y sus sensaciones. Ellos perdieron el vínculo presencial con los docentes, ellos perdieron el mundo social que los rodeaba y era su habitualidad, ellos tuvieron que adaptarse a los nuevos modos de enseñanza, ellos perdieron sus juegos, las conversaciones con sus amigos, el patio, el aula, la escuela, ellos se quedaron sin clases, sin sus hábitos de estudio, sin su mundo.

La pandemia causó un golpe sin precedentes en el sistema educativo, pero el gran cimbronazo fue para los chicos. A ellos les arrebataron la escuela, ellos de verdad son los que no pudieron ir a clases, los que tuvieron que adaptarse a un nuevo esquema de trabajo, los chicos son los que están pagando y pagarán los costos más altos de este virus, a ellos y, sobre todo a los chicos de sectores más vulnerables, les dejará secuelas, algunas irrecuperables. Sin embargo no los hemos escuchado, no hemos articulado los canales para que nos puedan decir qué sienten, cómo se sienten y qué piensan.

No hemos sabido tener en cuenta el Artículo 12 -1 de la Convención sobre los Derechos del Niño: “Los Estados Partes garantizarán al niño que esté en condiciones de formarse un juicio propio el derecho de expresar su opinión libremente en todos los asuntos que afectan al niño, teniéndose debidamente en cuenta las opiniones del niño, en función de la edad y madurez del niño”. Hablamos todos, discutimos todos y decidimos todos, menos ellos.

Podrán decir que en la emergencia no fue posible consultarlos, argumento válido para los primeros meses de pandemia, pero insostenible después de un ciclo y medio atravesados por la enfermedad. Podríamos haber usado muchísimas estrategias para abrir canales de diálogo y sobre todo, para propiciar la escucha de los alumnos. Podríamos haber hecho el intento de dejarlos que se expresaran. No alcanza con decir que son el centro de todas las acciones educativas, el gran desafío era generar espacios para que pudieran exponer sus puntos de vista sobre las cuestiones que los afectan de manera directa y, por supuesto, hacer algo con esa escucha.

Necesitábamos dos pasos: escuchar sus voces y considerar genuinamente sus pareceres. Involucrarnos con sus propuestas y hacernos cargo de lo que expresaran era nuestro deber como adultos y no lo hicimos. Trabajamos mucho para adaptar la educación a lo que imponía el escenario sanitario, los primeros meses fueron tiempos de transformación y ajuste contra reloj, fue una verdadera epopeya. Pero transitados esos primeros momentos, la voz de los alumnos tendría que haber entrado al debate, ellos y sólo ellos pueden decirnos qué les pasa, qué siente, qué quieren y qué necesitan, no les garantizamos el “derecho de expresar su opinión libremente en todos los asuntos” que los afectan, y mucho menos fuimos capaces de tener “debidamente en cuenta” sus opiniones.

Fallamos, no los escuchamos, no los dejamos hablar. Ellos, los que de verdad perdieron el aula, los amigos, los juegos, el recreo, el guardapolvo blanco y las risas en el patio, han sido los grandes ausentes en el debate educativo, los no escuchados, los convidados de piedra.

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