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Debería tener consecuencias

¿Si no eran “la gente” ni “el pueblo”, qué eran? ¿Nos invaden alienígenas? ¿Eran cosas, patos disfrazados de personas, hologramas? Para el jefe de Gabinete Santiago Cafiero, “los argentinos que se manifestaron” el pasado 12 de octubre, los que protestaron contra el Gobierno nacional, no son “la gente”, no son “el pueblo”, no representan la percepción de la ciudadanía, es decir que tampoco son ciudadanos. Son entes.

No hagamos ningún juicio de valor sobre la manifestación en sí, usted puede estar de acuerdo o puede discrepar con los motivos que impulsaron la protesta en las calles, no importa, no es esa la discusión. La verdadera controversia es el trasfondo conceptual que hace que, nada menos que el jefe de Gabinete, pueda expresar semejante barbaridad. Lo que dijo, no admite discusión, es un disparate injustificable en la boca de cualquier hombre de la democracia, mucho más de alguien que detenta su cargo.

Digamos que Cafiero aclaró que cree en “el derecho a manifestarse”, que “es parte de la democracia”. ¡Menos mal! También explicó lo que intentó decir: que esos “argentinos y argentinas que se manifestaron no son la gente, no son todos, no son el pueblo, no son Argentina” ¿Y qué serían Cafiero, si no son la gente, si no son el pueblo, si no son Argentina, quien lo es, quien representa “EL PUEBLO” así, con mayúsculas, sólo los argentinos y argentinas que están de acuerdo con lo que usted piensa?¿Los que se movilizaron a la Quinta Presidencial de Olivos para respaldar al Presidente en el mismo momento en el que otros manifestaban su oposición, esas personas sí son el pueblo, son la gente, son Argentina, esos sí Cafiero?

El pueblo, palabreja vapuleada y manoseada si las hay, una palabra de la que siempre se ha colgado la política, una palabra de tantas acepciones, tan maleable, tan confusa, tan flexible y adaptable a las conveniencias, tan maltratada y fustigada. Pobre palabra pueblo. Algún día nos tendrán que explicar si existe un pueblo bueno y uno malo, si el pueblo son los pobres, los que son más, los que son menos, los ciudadanos. ¿Son todos? ¿Son los que votan, o son los que votan “bien”? ¿Son las mayorías o las mayorías y las minorías?

Cabría preguntarse también a quién cree que representa el jefe de Gabinete, si a todos o sólo al buen pueblo, a los que comparten su idea política, su concepción preexistente al momento en el que asumió la función pública, momento en el que más allá de su procedencia partidaria, debe trabajar en pos del bien común, representando a todos. ¿Cree que solo representa a los que coinciden con él o también incluye a los que disienten?

Sin duda, las palabras del jefe de Gabinete fomentan y profundizan la grieta. Separa, discrimina, segrega y sobre todo, destrata, porque es muy descalificante, mucho más saliendo de la boca de quien tiene una de las mayores responsabilidades políticas del país, que atribuya la categoría de pueblo o no pueblo, según expresen cercanía o no con el Gobierno.

Con un riesgo grave e insoslayable, porque supone exactamente lo opuesto a lo pertinente en el sistema democrático, un riesgo que subyace: el sesgo autocrático que rodea lo que el funcionario expresa. De sus palabras se desprende que el poder, la verdad, lo bueno y lo legítimo, es lo que él encarna, lo que él representa. El resto no es, no existe, no simboliza, no representa. El resto son los enemigos, los malos, los inapropiados.

“La voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público”, señala el inciso 3 del artículo 21 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, lo que significa que quien no sea pueblo, quien no pertenezca al pueblo, no expresa la voluntad de nadie, no participa del gobierno del país, lo que haga o diga no interesa. Lo ratificó el mismo Cafiero al expresar que “la agenda que estuvimos llevando adelante no va a cambiar pese a la manifestación y el banderazo”. Y agregó “no va a cambiar la agenda porque a la oposición no le guste”. Consenso, diálogo, acuerdo, intercambio, concilio, son palabras ausentes en el diccionario del jefe de Gabinete.

El trasfondo conceptual de las expresiones de Santiago Cafiero es grave, injustificable e inadmisible, mucho más de una persona que ocupa un cargo en un Gobierno democrático. Expresarse libremente es lícito en cualquier país democrático, y eso no debería tener ninguna derivación, ninguna. Pero sí debería tener consecuencias que un funcionario discrimine, destrate y excluya.

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