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Boxeo: El "Indio" Cabral, peleador sanguíneo

Alfredo Horacio Cabral empezó adornando las noches inolvidables del Parque "Angel Larrea" de Pico FC y terminó siendo aclamado en las luces del Luna Park.

Por Raúl Bertone

Un buen día apareció en el mundo del boxeo como el “Pampeano de América”. Todos empezaron a hablar de la potencia de sus puños. Poco tiempo le bastó proyectarse rumbo a la opinión popular como un verdadero “toro de rodeo”, capaz de voltear de una piña al más pintado de la escena. Con su andar de pibe juguetón copó la banca en más de una parada y se erigió, lentamente, pero con seguridad, en el boxeador argentino de mayor futuro.

Alfredo Horacio Cabral empezó adornando las noches inolvidables del Parque “Angel Larrea” de Pico FC y terminó siendo aclamado en las luces del Luna Park. Su potencia física, unida a su fortaleza moral, le permitió cosechar dividendos y escalar posiciones. Nacido en la localidad pampeana de Santa Isabel el 7 de enero de 1956, sobre un ring lucía la fiereza que lo caracterizó siempre, fiereza que le surgía de adentro. Y que se exteriorizaba en su gesto, en su contextura física, en su esquema agresivo, rotundo, contundente. Fundamentado en una excelente condición atlética, buscaba en forma pertinaz los distintos planos de su rival para desnivelar con su potencia cuando sus puños tomaban contacto con la humanidad de quien estaba enfrente.

Montecarlo, en la noche del 30 de junio de 1979, lo proyectó al mundo. Cabral había perdido definitivamente el anonimato para entrar en la marquesina grande de quienes buscan destinos superiores. Esa velada consagratoria lo ponía en las puertas de un cruce por el título en la categoría donde reinaba el japonés Masashi Kudo, quien no aparecía como rival para resistir sus embates. El nacido en un pequeño pueblo del oeste pampeano había destrozado, en un solo round, a un peleador de nivel como Elijab “Tap Tap” Makethine, abriendo los ojos de los popes del pugilismo internacional.

Fue entonces como Tito Lectoure preparó sus baterías para lograr un combate por la corona. Todo estaba en marcha para su consagración. Pero en la madrugada del 7 de julio de 1979 -se cumplieron 41 años-, cuando regresaba de Bahía Blanca, después de asistir a una pelea de su hermano, la muerte lo esperaba en la Ruta Provincial 33. La muerte disfrazada en la irresponsabilidad de la maniobra de un automovilista apurado. Y pagó su tributo Cabral, ya ídolo, que en lugar de ocupar el trono boxístico, pasó a hacerlo en el corazón de la gente.

El jueves 5 Cabral llamó por teléfono a Lectoure. “Hola, ¿Tito?. Vea, quería avisarle que cambié los planes. Yo le prometí estar allí el sábado al mediodía pero resulta que me programaron para pelear el viernes próximo aquí, en Bahía. Y como mañana pelea mi hermanito Raúl con Ubaldo Correa, me quedo a verlo y me voy a América apenas termine. No quiero estar viajando mucho. Si no se ofende, mi manager Enrique Gianera irá a cobrar la plata de la pelea con Makethine. ¿Así que son siete mil dólares?. Bárbaro. Me enteré que encontraron la valija con los juguetes para mi pibe. Bueno, entonces quedamos así. Chau!”.

Dos días después el “Cacique” se iba de este mundo. Fue en una curva. A la altura de la estación La Vitícola, en el kilómetro 29. Algo más de las dos de la mañana. El Peugeot 504 verde. El Fiat 125. El impacto frontal. El drama posterior. En ese Peugeot viajaban Alfredo Cabral, su hermano Raúl, Carlos Villegas, Enrique y Oscar Gianera. La morgue del Hospital “Leónidas Lucero”. Carlos María Giménez y el reconocimiento de los cuerpos sin vida de Cabral y Gianera. La noticia conmocionando al país. En una entrevista realizada por La Reforma, había dicho que “el boxeo es como la vida. Yo voy para adelante en el ring como voy para adelante en la vida”. A Cabral, en el boxeo, no le gustaba defenderse. En la vida tampoco. Le interesaba mucho más vivirla. Y vivir no es fácil. Como tampoco es fácil pelear sobre un cuadrilátero.

Hizo 41 peleas en el campo profesional, ganando 35 (21 antes del límite). Apenas un mes antes de su trágico final, había derrotado en una batalla inolvidable al también pampeano Miguel Angel Castellini, quien visitó la lona en dos ocasiones antes de concluir tras ocho rounds. Su debut ocurrió un 6 de febrero de 1976 en Daireaux, venciendo de forma concluyente a Natalio Orlando Ibarra en apenas un minuto y medio de pelea. Quería ser campeón mundial. Tenía todo para lograrlo. El 7 de enero de ese año ‘79 había cumplido 23 años y entre otros sueños, acunaba el empezar a construir una nueva casa para sus viejos.

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