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Automovilismo deportivo: Aquellos circuitos para guapos

El automovilismo deportivo por estos lares tuvo un proceso de gestación que se prolongó por varios años hasta adquirir fisonomía y vida propia.

El automovilismo deportivo por estos lares tuvo un proceso de gestación que se prolongó por varios años hasta adquirir fisonomía y vida propia. Fue una evolución lógica, una consecuencia directa del crecimiento de la otrora aldea hasta transformarse en ciudad, y de los adelantos propios que se experimentaban tanto en materia vial como en motorización en general. En los años ‘30 y principios de los ‘40 se corría utilizando automóviles en serie, pero rápidamente se generalizó el uso de coches abiertos, preparados o de competición, del tipo baquet.

El domingo 8 de septiembre de 1940 el circuito denominado “El Chiche”, enclavado en el campo del mismo nombre, propiedad entonces de los hermanos Forte, albergó una competencia dirigida exclusivamente a los Ford T de preparación libre. Siete fueron los audaces que se alistaron ese día de sol pleno, convocados por Sportivo Independiente. En la línea de largada estuvieron José Valerdi, Ramón Borthiry, Ernesto Pellegrino, Alberto Cattáneo, Raúl Charette, Mariano Medrano y Alfredo Cattáneo.

Por la mañana tuvo lugar la serie preliminar, que llevó la firma de Medrano, seguido de Charette. Pellegrino, Borthiry y Alberto Cattáneo debieron desertar en ese momento por inconvenientes mecánicos, pero tras ser solucionados pudieron ser de la partida en la prueba final. Medrano picó en punta, estableciendo una vuelta de ventaja sobre Charette, su escolta, mientras Valerdi y los hermanos Cattáneo se mostraron con intenciones de dar pelea. Las mayores apuestas en la previa estaban para el piquense Medrano, reforzadas con el andar de su Ford; con 45 vueltas transcurridas al circuito imponía tal velocidad que lideraba con comodidad, por lo que buena parte del público comenzó a prepararse para dejar el reducto ante lo que ya parecía una victoria consumada. Pero en el giro 49, a falta de dos para el final, sucedió lo inesperado.

Fue en ese momento que Medrano se tuvo que bajar de su máquina tras sufrir la rotura de transmisión, viendo como se postergaba la posibilidad de un triunfo por el que había hecho tanto. Borthiry y Pellegrino habían desertado un rato antes, lo que hizo que la lucha por el primer puesto quedara relegada a cinco exponentes. La victoria se la terminó llevando Charette, el bravo piloto de la bonaerense localidad de América, uno de los habitués de aquellas citas fierreras que se establecían en la zona.

El andar aventurero, ciento por ciento intrépidos, esos cultores de nuestro automovilismo primigenio desbordaban de pasión. Hombres hábiles, hechos al trabajo y al sacrificio de los polvorientos circuitos. Con el corazón inmenso, siempre estuvieron dispuestos para la pelea leal y sin retaceos. Ese tránsito heroico de los Ford T, los Overland, los Whippet o el celebrado Chevrolet en un tiempo donde las pupilas intentaban perforar las nubes de arena, una característica esencial de aquellos circuitos para guapos.

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