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Tenemos que ayudarlos a volver

Abro cierro, cierro abro, restrinjo, flexibilizo, flexibilizo, restrinjo. Llevamos casi un año en este baile y nos espera como mínimo otro tanto hasta que lleguen las vacunas, hasta que completemos un buen número de vacunados, hasta que el mundo se estabilice y podamos más o menos volver a cierto grado de ese viejo equilibrio que llamábamos normalidad, que sin dudas será una nueva normalidad, distinta a la normalidad que antes de la pandemia llamábamos normalidad.

Quien más quien menos, todos sabemos que esto va a ser así y somos muchos los que nos preparamos mentalmente para afrontarlo, los que podemos predisponernos y planificar, pero también son muchísimos los que no pueden, los que ya no tienen cómo absorber más impactos en su actividad económica, los que tienen el poder adquisitivo limado, los que se aferraron con lo que pudieron para no caer pero ya no dan más, y muchos, muchísimos los que hace rato que cayeron en una situación de pobreza, pese a que resistieron. El problema está ahí, en todos los que tienen vedada la posibilidad de predisponerse, prepararse y planificar, en los que no tienen cómo, porque la pandemia los expulsó de su mundo laboral y las ayudas no le llegan o le son insuficientes.

La brecha se estira, se agranda y se profundiza. La pandemia laceró todos los mercados laborales del planeta, todos, no hay un país del mundo en el que el virus no esté dejando su huella con cifras impactantes de desempleo. Argentina no sólo no fue la excepción, sino que sufre el impacto económico y social de la decisión de instaurar el aislamiento social, preventivo y obligatorio más prolongado del globo. Eso explica el impacto brutal del Covid en la actividad económica y en los indicadores laborales, eso explica por qué casi 4 millones de argentinos han perdido su trabajo, según la encuesta permanente de hogares del INDEC, que muestra en lo que “no muestra” el agravamiento bestial del cuadro social pese a la delgada red de ayuda estatal.

La pandemia marginó y colocó en la inactividad a varios millones de personas, cerca de 4 millones se quedaron sin ocupación, pero son invisibles a las estadísticas porque “no buscan empleo”, que es la clave para que la tasa de desocupación que mide la PEA (Población Económicamente Activa), detecte e incluya el dato. La tasa de actividad se derrumbó, pero como en medio del aislamiento no salían a buscar trabajo, o estaban encerrados o con la circulación restringida, el ítem quedo menguado respecto a la realidad. Conclusión: las cifras de la desocupación real no están medidas en las estadísticas, la pandemia los ocultó.

Hay más desocupados y “nuevos” pobres de los que estamos pudiendo medir, hay una brecha social cada vez más amplia. Las asimetrías no son buenas para nadie, ni fáciles de recomponer y son precisamente lo peor que nos va a dejar este virus cuando finalmente la humanidad logre dominarlo. Cuando esto se termine, a la pobreza estructural histórica, los argentinos habremos sumado unos cuántos millones de nuevos pobres, unos cuántos millones que se quedaron sin trabajo, unos cuántos millones a los que el Covid hundió en la pobreza.

Los números son realmente alarmantes, mucho más por el grado de invisibilidad que impone el contexto que atravesamos. Ni siquiera podemos poner en cifras lo que nos pasa y si no podemos pontificar, mucho menos planificar, o al menos empezar a pensar en cómo revertir y recomponer. ¿Qué va a pasar con toda esa gente cuando se corra la ayuda del Estado, qué va a pasar con la salud, la educación, la vivienda y el trabajo de todas esas personas que producto de la pandemia cambiaron su situación económica y social?

¿Cuántos argentinos están esperando que se reactive la rueda económica, cuántos quedaron varados aguardando que sus actividades arrancaran de nuevo, para cuántos ya es demasiado tarde, para cuántos no hay vuelta atrás, retorno ni posibilidades? ¿Qué va a pasar con todos ellos? Todos esos argentinos tienen que estar al tope de la preocupación gubernamental, tienen que estar en la agenda política, tienen que compartir la prioridad con el resto de los temas urgentes. Tenemos la obligación ética y social de ayudarlos a volver al mundo laboral y hay que hacerlo antes de que sea demasiado tarde.

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