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El fin del mundo a la vuelta de la esquina

Capaz que nuestro problema sea que tenemos demasiado. ¿No será ese el germen de todos nuestros males? Tenemos el dulce de leche, la carne, la mano del Diego, las páginas de Borges, Las Leonas, las Cataratas del Iguazú, a Lio Messi, a Cortázar, Esperando la Carroza, el glaciar Perito Moreno, los mejores vinos del mundo, las ballenas, Ricardo Darín, la puna jujeña, Relatos Salvajes, el tango, a Daniel Barenboim, Bioy Casares, Artl, Sábato, Favaloro, Leloir, Pérez Esquivel, Piazzola, la negra Sosa, Jairo, Charly, Spinetta, Soda, Sumo… reventamos de maravillas y talento, somos casi un milagro.

Tenemos todo, o casi todo, pero no podemos salir de los extremos, no logramos superar nuestras antinomias, nos gusta no entender al otro, disfrutamos pensando en matar a esa otra mitad que piensa diferente a lo que pensamos, aún a sabiendas que eso nunca va a suceder. Igual no nos damos por vencidos y nos negamos a conciliar con el opuesto. Somos inmaduros y también un poco imbéciles, pasan las décadas y no logramos superar nuestros conflictos, abrazamos nuestros fanatismos y antinomias. No somos proclives a ceder un tranco en nada, no logramos aprender a perder para ganar.

Hace un tiempo atrás, cuando Ignacio de los Reyes, periodista español que residió en nuestro país unos cuántos años, volvió a su patria, hizo una lista con las cosas que asimiló siendo corresponsal en Argentina. Puso en ella todo lo que aprendió a amar de nuestro país y todo lo que iba a extrañar de nosotros cuando se fuera. Seguramente no fue su intención más que compendiar, de manera muy subjetiva, aquello que le resultó llamativo y característico de nosotros y nuestra cultura. Sin embargo, su descripción nos retrata con un nivel de perfección digno de destacar.

En una de sus referencias, decía que “en Argentina el fin del mundo siempre parece a la vuelta de la esquina, pero rara vez suele llegar, Tan acostumbrados están los argentinos a vivir al borde del precipicio, que han inventado un arte, el del ‘atado con alambre’, que ha vuelto a este país creativo e ingenioso, sobreviviente y con una capacidad infinita de adaptarse a la montaña rusa que es este fascinante lugar”.

También refirió que “la vida es vertiginosa y el ritmo político de Argentina, más”. Lo que hoy es seguro puede cambiar radicalmente al día siguiente, explicaba, aclarando que esa fue una lección que le costó aprender y que entendió a los golpes, porque no es simple asimilar que en nuestro país las cosas no son lo que parecen.“El político que parece un líder indiscutible en enero, puede no ser nadie en diciembre. Y viceversa. El equipo que arranca con dudas un Mundial de fútbol puede llegar a la final del campeonato. El “default técnico” que muchos temían en julio de 2014 –Ignacio estaba aquí en ese momento- no trajo el apocalipsis al país”

También tuvo que aprender a lidiar con nuestras disputas dentro de la disputa, un universo que para cualquier forastero resulta ininteligible. Aprendió la palabra “interna”, aprendió que siempre en nuestros espacios hay alguna pugna por poder en bambalinas. Definió a la interna como “una de esas palabras que todo periodista extranjero debe aprender para entender que detrás de cada historia hay un conflicto, una rivalidad, una tensión, a menudo entre grupos que buscan fines similares”. La interna de la interna, tan común en cada espacio en el que se dispute una partícula de poder. La interna sindical, la interna radical, la peronista, la del pro, la interna de la interna de la interna, fiel reflejo de nuestro amor por debatir, por discutir todo todo el tiempo, a veces, discutir porque sí nomas, casi por deporte.

Nuestro eterno Boca-River, Macri-Cristina, el interior-la capital, el campo-la ciudad. Nuestro ADN anclado en uno u otro extremo, nuestra incapacidad para escuchar y aportar en vez de criticar y criticar sin mover un dedo. No hemos madurado ni política ni cívicamente, nos negamos a aceptar que nos guste o no, más temprano o más tarde, para avanzar hay que ser capaz de sentarse a la mesa de diálogo con todos, hay que estar dispuesto a ceder y perder para poder ganar. Mientras eso no suceda, mientras sigamos anclados en nuestras antinomias, seguiremos teniendo todo o casi todo, pero nos seguirá esperando el fin del mundo a la vuelta de la esquina.

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