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¿Aprendimos?

Estamos llegando a un punto de inflexión, un momento crítico. Los expertos advierten que Argentina está cerca de atravesar la segunda ola de Covid-19 y temen por lo que pueda llegar a suceder. Los ejemplos que sacuden a los europeos y el colapso sanitario de Brasil, son la muestra de lo que puede tocarnos enfrentar. Pero no es todo, cuando todo pase, cuando el mundo finalmente haya superado esta pandemia, vendrá otro virus mortal, que provocará otra pandemia, y después otra, a la que seguirá una más, y otra más. En enigma no es saber si habrá o no otra peste mundial, va a haber no una, muchísimas más, el verdadero enigma es si aprendimos algo de tanta muerte y tanto sufrimiento.

En general no le dábamos demasiada trascendencia a la ciencia, la desconexión entre el trabajo científico y la ciudadanía ha sido una constante a nivel mundial. Las investigaciones nos resultaban irrelevantes, intrascendentes, hasta que llegó el Covid-19 y con un cachetazo de realidad nos cambió de un solo golpe esa percepción. De un topetazo nos percatamos del valor de la ciencia, de la importancia de la inversión estratégica, de la necesidad indiscutible de apoyar el trabajo de miles de profesionales que viven peregrinando para conseguir financiamiento para investigar. Ahora sabemos que el trabajo de ellos es esencial, ahora sabemos que sin ellos otra hubiese sido la historia, ahora no tenemos ninguna duda sobre la necesidad y la importancia de destinar fondos a la ciencia.

Hasta acá, sentíamos que la investigación científica era irrelevante para nuestras vidas, desoíamos, éramos escépticos y apáticos, la ciencia nos importaba un bledo. No nos alarmábamos cuando esporádicamente escuchábamos las quejas de los investigadores por la falta de presupuesto para trabajar, cuando contaban la desinversión en sus áreas, la miseria de sus sueldos, la necesidad creciente de engancharse en lo que los americanos denominan rat race (carrera de ratas), escribiendo, publicando artículos para tratar de conseguir más dinero para financiar las investigaciones y poder seguir adelante.

Mayoritariamente no reparábamos en que un científico necesita años y financiación sostenida en el tiempo para que sus investigaciones obtengan resultados. No nos importaba demasiado la sangría de médicos, biólogos, físicos, ingenieros, matemáticos, que optaban por ir a buscar afuera lo que nuestro país no les daba. Nos entraba por una oreja y nos salía por la otra cuando escuchábamos que especialistas de distintas disciplinas, ultraformados, ganaban sueldos de miseria y carecían de cualquier perspectiva de tener una carrera estable en nuestro suelo. Fuimos social y políticamente obtusos frente a sus reclamos.

Sin embargo, contra todo y a pesar de todo, la ciencia ha seguido trabajando, con medios cada vez más limitados y ante la indiferencia general. Leer ahora todas las admoniciones de virólogos, infectólogos y epidemiólogos del mundo, advirtiendo que en algún momento llegaría una pandemia global povocada por un virus, da escalofríos. Cómo no los escuchamos, cómo fuimos tan necios. Lo dijeron cuando atravesamos el SARS en 2002, luego en 2009 con la gripe porcina, en 2014 con el ébola, en 2019 con el zika y nada, no los escuchamos, seguimos concentrados en nuestras urgencias cotidianas sin reparar en que desoírlos iba a cambiar nuestras vidas.

Sin embargo, contra todo y a pesar de todo, la ciencia y los científicos estaban ahí y lo demostraron con creces. Es por eso que sólo en 10 meses, esos que trabajan con sueldos magros y recursos exiguos, llenaron el mundo de vacunas, luego de correr una carrera contra reloj. Lo que hicieron no tiene precedentes en la historia, la ciencia hizo un esfuerzo descomunal, nunca el universo científico había trabajado por la humanidad con tanta generosidad y colaboración altruista. La ciencia respondió consciente del momento y la gravedad de lo que enfrentábamos, la ciencia estuvo a la altura de las circunstancias de lo que el mundo necesitaba para transitar esta pandemia.

La ciencia hizo lo que tenía que hacer, la incógnita es saber si el mundo y los gobiernos, serán capaces de atesorar la enseñanza, si podrán capitalizar el aprendizaje, si de ahora en adelante pondremos las ciencias en la lista de prioridades de la inversión. El gran enigma es saber si aprendimos, o si tanta muerte y tanto sufrimiento serán en vano.

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